Entrevista de Luis Javier Capote Pérez sobre "Dos o tres labios"
sábado, 30 de junio de 2018
viernes, 22 de junio de 2018
DE TRADUCTOR A EDITOR, CON UN ABRAZO (HOMENAJE A MAURICIO JALÓN)
Los
traductores estamos acostumbrados a trabajar en silencio, en soledad, “lejos
del mundanal ruido”. Practicamos una labor casi autista, una especie de retraída
cantería en la que cada piedra es labrada y trasladada de un lugar a otro no
tanto para construir sino para reconstruir a la vez que deconstruimos: pieza a
pieza, un texto desaparece para reaparecer transformado en otro texto. Solemos
perpetrar este tipo de operaciones casi clandestinas con la sensación de que el
resultado no estará nunca a la altura. Bifrontes, seres divididos, incluso
bífidos, aunque pocas veces venenosos, los traductores somos paladines de la
ambigüedad y titiriteros de las sombras, asumimos que nuestro trabajo implica el
uso dudoso de máscaras que deforman nuestras voces y sobrellevamos nuestra
silenciosa tarea con poca esperanza de que alguna vez nos comprendan. Cuando un
traductor se encuentra con un editor como Mauricio Jalón, experimenta algo que
se repetirá pocas veces en su vida: el toque finísimo de la complicidad, la
impresión de estar siendo escuchado y comprendido de verdad, una sabiduría compartida
de la forma más natural posible.
Cuando le propuse a Mauricio publicar la traducción de El paseo bajo los árboles nunca pensé que ese libro se convertiría en una auténtica promenade también para mí, un recorrido por nombres, autores, libros, vinculaciones, lecturas compartidas, descubrimientos. A través, primero, de cartas, luego de correos electrónicos y, por último, de encuentros personales en Madrid –creo que el primero fue en la cafetería-pecera del Círculo de Bellas Artes–, el libro de Philippe Jaccottet fue trenzando entre nosotros una amistad y una conversación que, a pesar de las distancias, se ha mantenido hasta hoy. Un traductor no está acostumbrado a que un editor se tome un libro tan en serio como para componer una exhaustiva cronología del autor, buscar las referencias de todas las citas, incluir notas explicativas de lo más pertinentes, revisar con solvencia la propia traducción y proponer sus sugerencias sin traza alguna de imposición o autoritarismo. Cuando Mauricio me regaló otros libros de la editorial Cuatro me fui dando cuenta de que el de Jaccottet no era una excepción: todos ellos eran libros singulares, en los que el editor había intervenido con suma discreción, con elegancia pero con pasión, para ofrecer una edición única, no sólo increíblemente rigurosa e inteligente sino también delicada, hermosa, como un regalo pensado para determinados lectores.
Amigo, cómplice, lector apasionado, conocedor sin igual del autor a quien el traductor está traduciendo, cuando se trabaja o se conversa con Mauricio se tiene la impresión de estar atravesando un bosque en el que a cada paso se pueden descubrir rincones sorprendentes. Recuerdo oírle hablar de Camilo Castelo Branco, de Agustina Bessa-Luis, de Juan Benet, de Yves Bonnefoy, de Foucault, por supuesto, de tantos otros autores pasados y presentes, y la sensación era siempre la de estar asistiendo a auténticas vivencias, a lecturas hechas desde lo profundo del ser que, quizá por eso mismo, eran capaces de compartirse y despertar tanta curiosidad, tanto deseo.
Me da mucha pena no poder acompañarte hoy, Mauricio, en este homenaje que te hacen tus amigos. Y agradezco a Félix Gómez Crespo la oportunidad que me ha brindado de escribir estas líneas para, de algún modo, poder abrazarte. Estoy seguro de que somos muchos los que, estando en deuda contigo por el saber y por los libros, queremos decirte hoy que lo que más nos conmueve es, sin embargo, tu amistad, esa pasión casi amorosa sin la que el saber y los libros no serían sino lugares comunes, sin alma, sin verdadera importancia. *
Cuando le propuse a Mauricio publicar la traducción de El paseo bajo los árboles nunca pensé que ese libro se convertiría en una auténtica promenade también para mí, un recorrido por nombres, autores, libros, vinculaciones, lecturas compartidas, descubrimientos. A través, primero, de cartas, luego de correos electrónicos y, por último, de encuentros personales en Madrid –creo que el primero fue en la cafetería-pecera del Círculo de Bellas Artes–, el libro de Philippe Jaccottet fue trenzando entre nosotros una amistad y una conversación que, a pesar de las distancias, se ha mantenido hasta hoy. Un traductor no está acostumbrado a que un editor se tome un libro tan en serio como para componer una exhaustiva cronología del autor, buscar las referencias de todas las citas, incluir notas explicativas de lo más pertinentes, revisar con solvencia la propia traducción y proponer sus sugerencias sin traza alguna de imposición o autoritarismo. Cuando Mauricio me regaló otros libros de la editorial Cuatro me fui dando cuenta de que el de Jaccottet no era una excepción: todos ellos eran libros singulares, en los que el editor había intervenido con suma discreción, con elegancia pero con pasión, para ofrecer una edición única, no sólo increíblemente rigurosa e inteligente sino también delicada, hermosa, como un regalo pensado para determinados lectores.
Amigo, cómplice, lector apasionado, conocedor sin igual del autor a quien el traductor está traduciendo, cuando se trabaja o se conversa con Mauricio se tiene la impresión de estar atravesando un bosque en el que a cada paso se pueden descubrir rincones sorprendentes. Recuerdo oírle hablar de Camilo Castelo Branco, de Agustina Bessa-Luis, de Juan Benet, de Yves Bonnefoy, de Foucault, por supuesto, de tantos otros autores pasados y presentes, y la sensación era siempre la de estar asistiendo a auténticas vivencias, a lecturas hechas desde lo profundo del ser que, quizá por eso mismo, eran capaces de compartirse y despertar tanta curiosidad, tanto deseo.
Me da mucha pena no poder acompañarte hoy, Mauricio, en este homenaje que te hacen tus amigos. Y agradezco a Félix Gómez Crespo la oportunidad que me ha brindado de escribir estas líneas para, de algún modo, poder abrazarte. Estoy seguro de que somos muchos los que, estando en deuda contigo por el saber y por los libros, queremos decirte hoy que lo que más nos conmueve es, sin embargo, tu amistad, esa pasión casi amorosa sin la que el saber y los libros no serían sino lugares comunes, sin alma, sin verdadera importancia. *
* Texto enviado para el homenaje que sus amigos, compañeros y discípulos brindaron a Mauricio Jalón, profesor de Matemáticas de la Universidad de Valladolid, además de historiador de la ciencia, pensador, editor y traductor, el pasado día 19 de junio en la Biblioteca de Castilla y León (Valladolid).
miércoles, 30 de mayo de 2018
viernes, 25 de mayo de 2018
jueves, 24 de mayo de 2018
martes, 15 de mayo de 2018
jueves, 3 de mayo de 2018
LAS OTRAS CRUCES
No las cruces hechas con flores, burguesas, ostentosas. Las cruces cursis, no. Las cruces escondidas. Esas, las que casi no se ven. Las recordadas sólo por los deudos. O las cruces locas, trastornadas, anémicas, cruces con el síndrome de Diógenes, rodeadas de ladrillos y botellas de plástico. Esas sí.
O las cruces que alguien cuida en medio de huertas y aljibes. Junto a las cañerías. Tres cruces de madera como un gólgota de juguete o de entretierra. Siempre hay algún secreto junto a estas cruces. Nos dicen algo, hacen que nos detengamos, nos advierten en un cruce de caminos: por ahí no, por ahí sí.
Y cuando queremos mirar a lo lejos, otra cruz: la que forman el horizonte y las montañas. Alguien se va, pero al marcharse deja un estela que se cruzará con otra: cruces y más cruces sobre el mar. Escapar es aquí sustituir las cruces de madera por las de espuma. ¿Cuáles prefiere? Escoja.
Subiendo, subiendo, encontré este aljibe que reflejaba las nubes –o lo intentaba– y que parecía a punto de convertirse en cementerio, él también, por obra y gracia de la cruz que se obstinaban en formar un tronco y una cañería. ¿Las cruces abastecen, pues? ¿Alimentan, irrigan?
Y ahora, el cíclope. O el tuerto. Con la boca a un lado y la nariz partida. En menudas pendencias no se habrá metido este pájaro. La cruz la lleva por dentro, claro, pero nadie va a venir a sacársela. En las cuencas de los ojos anidan, dicen, los cernícalos, esos pájaros de mírame y no me toques.
Este es el momento en que el caminante, cual náufrago gongorino, se inmiscuye en un formidable bostezo de la tierra, móvil modo linterna en mano, y se encomienda a la luz del otro lado, al ruido del agua –que ya no corre, pero él escucha– por la atarjea y a la protección de las ánimas benditas.
Llega por fin al pueblo de las escaleras. No valen aquí las teorías escalonadas de Cortázar. Cualquier peldaño que se suba da lugar a dos peldaños más que quedan por subir. Imagínense cómo es la cosa. Y, sin embargo, he visto, lo confieso, he visto a ancianos encorvados subirlas como locuelos.
Sí, tú mimetízate, rey. Que para ti esto es como coser y cantar. Escalones a mí. Ya sé que no te gusto. Voy en busca de un secreto y resulta que eres tú quien lo atesoras. Acabo de descubrirlo. Podemos jugar al ratón y al gato en este laberinto de peldaños grises, pero ya sabes lo que quiero. Y ahora, a correr, minino.
Y cuando queremos mirar a lo lejos, otra cruz: la que forman el horizonte y las montañas. Alguien se va, pero al marcharse deja un estela que se cruzará con otra: cruces y más cruces sobre el mar. Escapar es aquí sustituir las cruces de madera por las de espuma. ¿Cuáles prefiere? Escoja.
Subiendo, subiendo, encontré este aljibe que reflejaba las nubes –o lo intentaba– y que parecía a punto de convertirse en cementerio, él también, por obra y gracia de la cruz que se obstinaban en formar un tronco y una cañería. ¿Las cruces abastecen, pues? ¿Alimentan, irrigan?
Y ahora, el cíclope. O el tuerto. Con la boca a un lado y la nariz partida. En menudas pendencias no se habrá metido este pájaro. La cruz la lleva por dentro, claro, pero nadie va a venir a sacársela. En las cuencas de los ojos anidan, dicen, los cernícalos, esos pájaros de mírame y no me toques.
Este es el momento en que el caminante, cual náufrago gongorino, se inmiscuye en un formidable bostezo de la tierra, móvil modo linterna en mano, y se encomienda a la luz del otro lado, al ruido del agua –que ya no corre, pero él escucha– por la atarjea y a la protección de las ánimas benditas.
Llega por fin al pueblo de las escaleras. No valen aquí las teorías escalonadas de Cortázar. Cualquier peldaño que se suba da lugar a dos peldaños más que quedan por subir. Imagínense cómo es la cosa. Y, sin embargo, he visto, lo confieso, he visto a ancianos encorvados subirlas como locuelos.
Sí, tú mimetízate, rey. Que para ti esto es como coser y cantar. Escalones a mí. Ya sé que no te gusto. Voy en busca de un secreto y resulta que eres tú quien lo atesoras. Acabo de descubrirlo. Podemos jugar al ratón y al gato en este laberinto de peldaños grises, pero ya sabes lo que quiero. Y ahora, a correr, minino.
martes, 1 de mayo de 2018
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