sábado, 4 de mayo de 2013
LA PAREJA
No tienen rostro. Son desechos humanos. Inmundicia. Dos espantapájaros
cubiertos con harapos en constante temblor bajo un par de cartones. No tienen
rostro porque nadie los mira. Al pasar, a través del cristal de la puerta de la
oficina bancaria, se ve a dos siluetas entumecidas. Desechos. Podredumbre.
Antimateria. Caca. Y, por la mañana, hay que ver cómo dejan de pestilente el
vestíbulo. No hay ambientador que combata un tufo como
ese. Como si no tuvieran otro lugar donde ir a pudrirse. Los clientes que por
la noche van a sacar dinero del cajero se encuentran con ese espectáculo: una
pocilga, restos de pelambrera, meadas, caspa, roña, babas alrededor de los dos
cadavéricos tapados con una manta asquerosa. Ellos no saben que no tienen
rostro. En algún lugar, muy adentro, de lo que son, en alguna frontera próxima
a disolverse y sin embargo más resistente de lo que debiera, supongo que estos
dos se ven el uno al otro y que la cara de cada uno existe para el otro sin
que, no obstante, sea imposible determinar lo que una palabra como cara puede significar para un desecho
así. Maldita sea mi estampa, maldito mi puesto de director de oficina bancaria
en este país asqueroso, maldito sea el día en que nací para tener que acabar
respirando cada mañana la pestilencia del aire enrarecido al abrir la oficina a
las ocho en punto. Como ratas, copulan allí mismo, estoy seguro, debajo de
los cartones, e imagino sus chillidos en el momento del placer. A quién le
importa lo que fueron. Sus tráqueas a punto de ser degolladas, sus ojos que
casi borbotean ya la sangre de las víctimas, ¿qué son sino una migaja
imperceptible en la gran trilladora de la economía global? No nos engañemos:
nadie los buscará cuando desaparezcan. Los devoró la ciudad, diremos. Se le
atragantaron durante una milésima de segundo a la gran garganta voraz todoterreno.
Pestilencias andantes. Reliquias vivientes de un pasado que no interesa a
nadie. El gran pudridero los acogerá para siempre. Reciclaremos los cartones,
eso sí, pues nadie va a acusarnos de no respetar el medio ambiente. Los sin
rostro —hay quienes los llaman los sin
techo— perdieron su rostro —o su techo— por falta de previsión, por
desidia, por endeudamiento, por drogadicción o por ludopatía, qué sé yo. No son más
que el resultado de su superflua existencia. Sirvieron en su momento para
contribuir con su consumo —que ni siquiera habrá sido excesivo— al
sostenimiento del sistema, pero ahora que no son sino una bola de suciedad
arracimada entre cartones, ¿para qué sirven? Espantan a los clientes, que optan
por introducir sus tarjetas en otros cajeros y, con la excusa de que han
encontrado comisiones más bajas, mejores beneficios o mayores rendimientos en
las entidades de la competencia, empiezan ya a retirar sus cuentas corrientes
de nuestra oficina. Estamos como estigmatizados, somos la única
oficina del barrio que se ha convertido en la covacha de una pareja de
mendigos. La gente cambia de acera o acelera el paso al llegar aquí. Algunos
echan un rápido vistazo hacia dentro en el que, indefectiblemente, los bultos
abrazados se revelan como un amasijo de pelo pegajoso, baba reseca, sudor
rancio y piel ulcerosa. Al parecer, estamos completamente atrapados en un
callejón sin salida: si por la noche cerramos con llave la puerta del vestíbulo
para impedir que se instalen los sin rostro, tampoco los clientes podrán entrar
para sacar dinero del cajero; y si la dejamos abierta, nos exponemos a que cada
noche el vestíbulo se convierta en una pocilga. A veces, por la mañana, llego
antes de lo previsto a la oficina y me detengo junto a la puerta para ver el
espectáculo. A esa hora duermen abrazados el uno al otro. Es cuando más asco me
dan, pues pretenden hacernos creer que todavía hay algo de dignidad en ellos,
algo parecido a la ternura, al afecto, a la necesidad de calor. Entonces,
respirando hondo para no tener que hacerlo en los siguientes dos o tres
minutos, abro de golpe la puerta, vocifero, se despiertan, pisoteo los
cartones, se desperezan, sigo vociferando, se levantan, recogen la manta y
algún cachivache sucio, los empujo fuera y dejo abierta la puerta para que el
vestíbulo se ventile. A veces, después de un desalojo como este, no me queda
más remedio que ir al servicio a vomitar.
lunes, 15 de abril de 2013
SINO POR DENTRO DEL VIENTO
has de
tejer
(recuerda por si acaso
que nadie te esperaba)
hoy
para ti
(escóndete
sal de detrás)
inmundo
yo
(no era esto
no las sábanas frías)
todas
las cosas que se arrastran
no por culpa del
viento
sino
por dentro del viento
hojas
avenidas
ciscos
por las
aceras
grietas
(algo
quiere decirse
recuerda por si
acaso)
socavones
(que nadie te esperaba
sol de detrás)
caminas
con andador
(porque todo se arrastra
para
dejar sitio a su ausencia)
avenidas
sin nombre
(aplaca
las ganas de llorar
adormidera)
llegar
a no temblar
esta tarde
de abril
cada
cual arrastra consigo
enfermedades invisibles
lepras de los ojos
inextirpables tumores
sarcomas del alma
las
lágrimas supuran
otro
viento resuena
en los mismos oídos
su
memoria
es salobre
si
entreabres los ojos
(sal de
aquí
sol de detrás
arrástrame
en la aridez de tu impasible mirada)
martes, 9 de abril de 2013
EL TORNEO
Con todo cariño para Paco Moreno, Luis Granizo, Andrés Febles y Manuel Prieto.
Un aire de extravagante estupidez circula entre los pasillos y las gradas. El público ha venido para ver jugar a los campeones de la provincia contra los nuevos pupilos del club de la montaña. Los papás llevan de la mano a sus hijos con la convicción de que en un futuro no muy lejano se convertirán en los nuevos campeones de la provincia. El entrenador del club de la montaña masculla unos consejos desesperados que ninguno de sus pupilos se siente capaz de poner en práctica. Unas ráfagas de viento, como hacía años que no se sentían soplar, se levantan y tuercen en el aire la trayectoria de las pelotas, que empiezan a caer donde ninguno de los contrincantes se esperaba. Las gradas rezuman un vapor que no se sabe si tiene su origen en las gotas de sudor de los espectadores que el sol de la canícula evapora con crujidos casi inaudibles o en la mirada turbia de los jugadores que se afanan en devolver hasta los tiros más esquinados. Uno de ellos, la primera raqueta visitante, deja entrever el vello incipiente de un pecho bien formado entre los pliegues del cuello de su polo lacoste. Luego, en las duchas, otros jugadores, de su mismo equipo y del contrario, pasarán frente a ese pecho enjabonado, chorreante, y desviarán sin saber por qué la mirada. Los socavones de unos desmontes practicados años atrás en la ladera de la montaña al pie de la cual se construyeron las pistas lanzan sus destellos rojizos de carne reseca al sol del mediodía. En esos socavones tenía encerrados el entrenador a unos perros de caza a los que, según se decía, iba a alimentar solo muy de tarde en tarde. Los jugadores locales que esperan su turno para jugar miran cómo lo hacen sus futuros contrincantes y temen no haber afinado en los entrenamientos su pericia lo suficiente como para derrotarlos cuando les llegue el momento. Escuchan los consejos que el entrenador les susurra al oído sin que en ningún momento se sientan capaces de llevarlos a cabo. A medida que los visitantes van aparcando sus coches en los terraplenes que rodean las instalaciones del club de la montaña, va llegando más público que recorre los pasillos, visita el bar, se instala en las gradas. Entre las tabaibas, las plataneras, los riscos, las pencas adheridas a los riscos, las contracciones de la ladera voladiza y las casas apartadas, el torneo tiene algo de irreal, de soñado, como si ese domingo, un domingo perdido en alguna equivocación de la memoria, nunca hubiera debido existir. Uno de los papás, con ínfulas de falso aristócrata, en realidad un mero empresario de la construcción dueño también de varias discotecas y mayorista de ropa deportiva, azuza a su retoño, segunda raqueta del equipo visitante, contra su futuro contrincante local. Le hace creer con zalamerías que su juego agresivo no encontrará obstáculo alguno en las técnicas pusilánimes y retorcidas del número dos de los anfitriones. Este, que lo escucha todo desde una pequeña terraza escondida sobre el techo de las duchas, medita su estrategia defensiva y traza mentalmente los pases paralelos, cruzados o elevados que tendrá que tirar cuando su contrincante suba a la red para atacarlo. En realidad, la única posibilidad de que los jugadores locales puedan ganar el torneo pasa por mantener intacta la conciencia de la absoluta inutilidad de toda estrategia. Da lo mismo que piquen la pelota, que la liften, que la corten, que la acuchillen, que la acaricien o que la dejen —esas extrañas palabras emplea su entrenador, que, aunque nunca se lo haya hecho saber, no alberga en ellos ninguna confianza—, pues en realidad están expuestos al más crudo de los azares, a la mayor o menor capacidad que sus rivales demuestren para escandalizarse o defenderse de sus extrañas y heterodoxas maniobras en el juego, de sus desplazamientos fingidos, de sus inusuales y en el fondo contraproducentes carreras marcha atrás, de sus alocadas subidas oblicuas a la red, de sus desesperantes globos, de sus dejadas suicidas. Aleccionados por uno de los entrenadores más prestigiosos de la provincia, por uno de los pocos cuyo estilo se corresponde a la perfección, según los expertos, con las técnicas canónicas del juego, ellos, los nuevos pupilos, han acabado haciendo lo que les da la gana, empuñan la raqueta cada uno a su manera propia e inventada, disparan tiros que no parecen obedecer a estrategia alguna y que, por eso mismo, salen de cualquier manera y despistan con frecuencia a sus oponentes. El público, que sabe todo esto, abarrota ya las gradas de la pista principal mientras los campeones de la provincia, en el partido de dobles, vapulean a los jugadores locales que, de momento, no se entienden entre ellos ni cada uno consigo mismo. En vez de entrenar duro el día anterior, sabiendo como sabían que se iban a enfrentar a los actuales campeones de la provincia, los jugadores del club de la montaña se dedicaron a corretear por los senderos de la ladera, a jugar a las cartas en la casa abandonada y a practicar llaves de lucha que los dejaron agotados. En el bar del club de la montaña se han encargado ya las famosas tortillas que darán de comer, sea cual sea el resultado, tanto a los jugadores locales como a los visitantes. Se trata de unos gruesos mazacotes de papas y huevos entreverados de chorizo, aceitunas, cebolla y perejil que se han hecho famosos en toda la provincia y constituyen quizá el verdadero motivo por el que el club de la montaña acaba abarrotado los domingos en que se celebran torneos. Las vallas pintadas de verde que protegen las pistas chirrían cada vez que una pelota golpea contra ellas. En lo alto de una silla de metal también pintada de verde, protegido por una especie de pupitre replegable en el que apoya su cuaderno de anotaciones, el árbitro dictamina si la pelota ha caído fuera o dentro de la pista, canta la puntuación de las jugadas, establece los tiempos de descanso en los cambios de lado, escudriña ceñudo y prepotente a los jugadores que se atreven a protestar, manda callar al público exaltado, se convierte en dueño y señor de un juego que no es suyo solo para fustigar la ilusión, la paciencia y las esperanzas ajenas. Aparentemente aliadas con los jugadores locales —los fundadores del club de la montaña sabían lo que hacían—, las ráfagas, que arrecian, arrebatan los tiros más certeros, ralentizan las bolas ganadoras hasta dejarlas a merced de quien había sido superado por ellas, detienen en el centro de la pista las que iban a caer varios metros detrás de la línea de fondo y hacen que las pelotas tracen los arabescos más descabellados para enfado y desesperación de los jugadores visitantes. El equipo local, que ha perdido el partido de dobles, gana de este modo los dos individuales. Vence así, contra todo pronóstico, a los campeones de la provincia. Las familias de los ganadores aplauden. Los jugadores se demoran, cabizbajos unos y eufóricos los otros, en las duchas. Las tortillas circulan entre las mesas cubiertas con manteles de hule. Los perros que, se dice, sobreviven encerrados en los socavones de la ladera, ladran en el momento en que el barranco devora la última claridad de la tarde. El público se retira con la convicción de que una victoria así, injusta combinación de un hado funesto y de la más artera superchería, no debería pasar a los anales deportivos de la provincia. Una vez que el equipo visitante se ha marchado, los jugadores locales, su entrenador, sus familias y el dueño del bar, autor de las famosas tortillas, sacan una baraja y empiezan una partida de envite.
Un aire de extravagante estupidez circula entre los pasillos y las gradas. El público ha venido para ver jugar a los campeones de la provincia contra los nuevos pupilos del club de la montaña. Los papás llevan de la mano a sus hijos con la convicción de que en un futuro no muy lejano se convertirán en los nuevos campeones de la provincia. El entrenador del club de la montaña masculla unos consejos desesperados que ninguno de sus pupilos se siente capaz de poner en práctica. Unas ráfagas de viento, como hacía años que no se sentían soplar, se levantan y tuercen en el aire la trayectoria de las pelotas, que empiezan a caer donde ninguno de los contrincantes se esperaba. Las gradas rezuman un vapor que no se sabe si tiene su origen en las gotas de sudor de los espectadores que el sol de la canícula evapora con crujidos casi inaudibles o en la mirada turbia de los jugadores que se afanan en devolver hasta los tiros más esquinados. Uno de ellos, la primera raqueta visitante, deja entrever el vello incipiente de un pecho bien formado entre los pliegues del cuello de su polo lacoste. Luego, en las duchas, otros jugadores, de su mismo equipo y del contrario, pasarán frente a ese pecho enjabonado, chorreante, y desviarán sin saber por qué la mirada. Los socavones de unos desmontes practicados años atrás en la ladera de la montaña al pie de la cual se construyeron las pistas lanzan sus destellos rojizos de carne reseca al sol del mediodía. En esos socavones tenía encerrados el entrenador a unos perros de caza a los que, según se decía, iba a alimentar solo muy de tarde en tarde. Los jugadores locales que esperan su turno para jugar miran cómo lo hacen sus futuros contrincantes y temen no haber afinado en los entrenamientos su pericia lo suficiente como para derrotarlos cuando les llegue el momento. Escuchan los consejos que el entrenador les susurra al oído sin que en ningún momento se sientan capaces de llevarlos a cabo. A medida que los visitantes van aparcando sus coches en los terraplenes que rodean las instalaciones del club de la montaña, va llegando más público que recorre los pasillos, visita el bar, se instala en las gradas. Entre las tabaibas, las plataneras, los riscos, las pencas adheridas a los riscos, las contracciones de la ladera voladiza y las casas apartadas, el torneo tiene algo de irreal, de soñado, como si ese domingo, un domingo perdido en alguna equivocación de la memoria, nunca hubiera debido existir. Uno de los papás, con ínfulas de falso aristócrata, en realidad un mero empresario de la construcción dueño también de varias discotecas y mayorista de ropa deportiva, azuza a su retoño, segunda raqueta del equipo visitante, contra su futuro contrincante local. Le hace creer con zalamerías que su juego agresivo no encontrará obstáculo alguno en las técnicas pusilánimes y retorcidas del número dos de los anfitriones. Este, que lo escucha todo desde una pequeña terraza escondida sobre el techo de las duchas, medita su estrategia defensiva y traza mentalmente los pases paralelos, cruzados o elevados que tendrá que tirar cuando su contrincante suba a la red para atacarlo. En realidad, la única posibilidad de que los jugadores locales puedan ganar el torneo pasa por mantener intacta la conciencia de la absoluta inutilidad de toda estrategia. Da lo mismo que piquen la pelota, que la liften, que la corten, que la acuchillen, que la acaricien o que la dejen —esas extrañas palabras emplea su entrenador, que, aunque nunca se lo haya hecho saber, no alberga en ellos ninguna confianza—, pues en realidad están expuestos al más crudo de los azares, a la mayor o menor capacidad que sus rivales demuestren para escandalizarse o defenderse de sus extrañas y heterodoxas maniobras en el juego, de sus desplazamientos fingidos, de sus inusuales y en el fondo contraproducentes carreras marcha atrás, de sus alocadas subidas oblicuas a la red, de sus desesperantes globos, de sus dejadas suicidas. Aleccionados por uno de los entrenadores más prestigiosos de la provincia, por uno de los pocos cuyo estilo se corresponde a la perfección, según los expertos, con las técnicas canónicas del juego, ellos, los nuevos pupilos, han acabado haciendo lo que les da la gana, empuñan la raqueta cada uno a su manera propia e inventada, disparan tiros que no parecen obedecer a estrategia alguna y que, por eso mismo, salen de cualquier manera y despistan con frecuencia a sus oponentes. El público, que sabe todo esto, abarrota ya las gradas de la pista principal mientras los campeones de la provincia, en el partido de dobles, vapulean a los jugadores locales que, de momento, no se entienden entre ellos ni cada uno consigo mismo. En vez de entrenar duro el día anterior, sabiendo como sabían que se iban a enfrentar a los actuales campeones de la provincia, los jugadores del club de la montaña se dedicaron a corretear por los senderos de la ladera, a jugar a las cartas en la casa abandonada y a practicar llaves de lucha que los dejaron agotados. En el bar del club de la montaña se han encargado ya las famosas tortillas que darán de comer, sea cual sea el resultado, tanto a los jugadores locales como a los visitantes. Se trata de unos gruesos mazacotes de papas y huevos entreverados de chorizo, aceitunas, cebolla y perejil que se han hecho famosos en toda la provincia y constituyen quizá el verdadero motivo por el que el club de la montaña acaba abarrotado los domingos en que se celebran torneos. Las vallas pintadas de verde que protegen las pistas chirrían cada vez que una pelota golpea contra ellas. En lo alto de una silla de metal también pintada de verde, protegido por una especie de pupitre replegable en el que apoya su cuaderno de anotaciones, el árbitro dictamina si la pelota ha caído fuera o dentro de la pista, canta la puntuación de las jugadas, establece los tiempos de descanso en los cambios de lado, escudriña ceñudo y prepotente a los jugadores que se atreven a protestar, manda callar al público exaltado, se convierte en dueño y señor de un juego que no es suyo solo para fustigar la ilusión, la paciencia y las esperanzas ajenas. Aparentemente aliadas con los jugadores locales —los fundadores del club de la montaña sabían lo que hacían—, las ráfagas, que arrecian, arrebatan los tiros más certeros, ralentizan las bolas ganadoras hasta dejarlas a merced de quien había sido superado por ellas, detienen en el centro de la pista las que iban a caer varios metros detrás de la línea de fondo y hacen que las pelotas tracen los arabescos más descabellados para enfado y desesperación de los jugadores visitantes. El equipo local, que ha perdido el partido de dobles, gana de este modo los dos individuales. Vence así, contra todo pronóstico, a los campeones de la provincia. Las familias de los ganadores aplauden. Los jugadores se demoran, cabizbajos unos y eufóricos los otros, en las duchas. Las tortillas circulan entre las mesas cubiertas con manteles de hule. Los perros que, se dice, sobreviven encerrados en los socavones de la ladera, ladran en el momento en que el barranco devora la última claridad de la tarde. El público se retira con la convicción de que una victoria así, injusta combinación de un hado funesto y de la más artera superchería, no debería pasar a los anales deportivos de la provincia. Una vez que el equipo visitante se ha marchado, los jugadores locales, su entrenador, sus familias y el dueño del bar, autor de las famosas tortillas, sacan una baraja y empiezan una partida de envite.
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