jueves, 6 de octubre de 2022

LA OFICINA DE SOMBRAS DEFINITIVAS

En la oficina de sombras definitivas, que visité aquella noche, se amasaban los intercambios con la mayor sutileza. Pasadas unas horas recibí una invitación para consumir a medias una gragea fosforescente. Su brillo no se debía a que la materia de la que estaba hecha produjera ningún tipo de luz, sino a que estaba confeccionada para convocar o reunir sobre la capa que la recubría los haces lumínicos que con una periodicidad difícil de percibir debido a la distorsión provocada por las percepciones de otros sentidos distintos de la vista caían sobre la oficina de sombras definitivas para que fuera incongruente seguir reconociéndola por aquel nombre. La gragea estuvo unos segundos debatiéndose entre las comisuras de mis labios, se deslizó indecisa hasta la parte superior de la lengua y allí, contra el paladar, entre las olas de saliva que circulaban de adentro afuera y de afuera adentro, estuvo flotando como una pequeña canoa que transportara un tesoro bien guardado de oro y piedras preciosas desde un lugar indeterminado de la selva amazónica hasta otro lugar indeterminado de la selva amazónica. Luego, al pasar por unos rápidos que coincidieron con un largo pizzicato metálico y un juego de pies –ya estábamos bailando– absolutamente inesperado, el comprimido se precipitó faringe abajo, cayó por el esófago y fue acogido calurosamente por los jugos gástricos, que para entonces ya estaban considerablemente inflamados por licores de distintas clases. Los pies se movían ahora de otro modo, más ágiles, menos torpes, cadenciosos. Vi, o más bien noté, cómo los pies del oferente se entrelazaban con los míos, o eran las piernas, y elaboraban una respuesta persuasiva a la cadencia profunda, casi tenebrosa, que emitían en aquel momento los altavoces. Era una música que inauguraba un entendimiento entre los cuatros pies, entre las cuatro piernas, y ya acaso se habían sumado los torsos, no sé si también los brazos, las manos, las bocas, las narices, los ojos, los pelos, el sudor, las entrepiernas, los hombros, las caderas, las frentes, las pestañas, los labios. Digo que no lo sé porque en la oscuridad que sólo se entreabría en aquella oficina de sombras definitivas a golpes de estrellas fugaces, como resplandores fulgurantes que nos enfocaban una milésima de segundo para devolvernos enteros de nuevo al imperio de lo invisible, lo único que claramente estaba entrelazado eran los pies, y si acaso las piernas; todo lo demás era conjetural, era intuido, o deseado, o presentido, o alucinado, o real, sí, acaso. Bailábamos sobre la alfombra de nuestros propios sudores. Los pies resbalaban y era esa la excusa perfecta para dejarnos escurrir sobre las rodillas ajenas, o para que una pierna creyera que era suya la otra pierna que atrapaba, cuando tal vez no lo era. La media píldora ingerida debía de haber sido ya disuelta en parte por los corrosivos jugos del estómago y, a través de las paredes de los intestinos, habría empezado a filtrarse en la sangre que circulaba ciegamente por todo el cuerpo, del corazón al cerebro, del cerebro a las manos, de las manos al cuello, del cuello a la entrepierna, de la entrepierna a las piernas, de las piernas al corazón, y así en viajes circulares cada vez más rápidos e intensos. Seguíamos bebiendo, y de hecho cuanto más bebíamos más sedientos estábamos. Me brindé a buscar agua. Inicié la travesía de una superficie circular en la que, para mi asombro, había una multitud de cuerpos que hasta aquel momento no había visto, o que, en cualquier caso, no imaginaba tan numerosos, cuerpos que se agitaban y me impedían el paso hasta donde intuía que debía de encontrarse el mostrador. Eran los oficinistas envueltos en sombras definitivas que se habían conjurado para levantar contra mí una malla impenetrable. Con brazos como machetes iba abriéndome paso en aquella viscosa maraña. A veces me encontraba atrapado entre tres cuerpos que formaban un triángulo: había caído en su centro, daba vueltas como un trompo, sólo un salto de trapecista o una finta de contorsionista podía permitirme escapar de allí. Y así era una y otra vez. Quedaba atrapado en polígonos de distintas clases: cuadrángulos, pentágonos, triángulos, hexágonos o hasta octógonos. Por fin pude llegar a una de las barras. Pedí dos botellas de agua sin gas. Acodado al mostrador, esperando a que me las trajeran, veía las caras de mucha otra gente que había ido a lo mismo. Percibía con relativa nitidez sus rasgos: la barra estaba iluminada. Todo el mundo estaba radiante, todos parecían sonreírles a todos, y hasta a mí parecía sonreírme todo el mundo. Creo que también yo les sonreía a todos. Cuando me trajeron las botellas le sonreí al camarero antes de pagarle y el camarero me sonrió cuando me trajo la vuelta. La oficina de sombras definitivas se había convertido en la oficina de sonrisas permanentes. Pero ahora tenía que regresar hasta la parte tenebrosa de todo aquello, un lugar donde no sabía si me estarían esperando, si seguirían estando aquellas piernas con las que las mías se habían enredado, aquellos pies que había confundido con los míos. Lo más posible es que cuando llegara no encontrara ya a nadie. La oficina era enorme y yo no sabía si estaba yendo en la dirección correcta. Además, al quedar atrapado en los polígonos, no podía elegir el flanco por el que iba a intentar escapar, bien utilizando el machete de los dedos, bien escurriéndome por alguna fisura, bien practicando un salto temerario como de canguro. Y todo para acabar atrapado en el siguiente polígono. Así que iba avanzando o quién sabe si retrocediendo en zigzag, acaso de nuevo en dirección al mostrador, quizá hacia la salida o hacia los baños, o de nuevo al centro de la pista circular, pero en cualquier caso ya había dado por prácticamente imposible encontrar el lugar donde mis piernas y mis pies se habían multiplicado como los panes y los peces. A esas alturas sólo me quedaba una botella de agua, que, aunque en principio no estaba destinada para mí, decidí abrir. La música era ahora como una mezcla de los ronquidos de un tiranosaurio, un hipopótamo, un caimán y una pantera. Era como un túnel por el que uno entraba –con cientos de polígonos en medio, impidiendo el paso– y se perdía hasta que ya no sabía si había entrado en el túnel, si estaba fuera de él o si era su mente agujereada de túneles la que imaginaba que estaba en uno de ellos. Sentía que cada uno de los haces de luz iba directa y exclusivamente dirigido a mí. Cuando lograba escapar de algún polígono, me ponía de cuclillas y miraba a través del bosque de piernas que, por lo menos, parecía más fácilmente franqueable. En un par de ocasiones gateé a través de aquellas columnas movedizas, procurando no ser pisoteado ni detectado de ninguna otra forma, y cuando me incorporaba y volvía a salir a la superficie como tras una inmersión en las aguas profundas de un lago creía por un momento que aún había esperanzas de encontrar el rincón –recordaba que no muy lejos de los baños de la oficina– donde acaso aún estaban esperando por la botella que había ido a buscar. Tambores, ahora, bongoes, timbales, platillos, todo tipo de percusión capaz de perforarme los tímpanos, y al mismo tiempo increíblemente capaz de introducirse en mis propias vísceras, en lo más interior de las entrañas, para, desde allí dentro, convertirse como en un segundo corazón que bombeaba con mayor fuerza, unos segundos pulmones superdotados que respiraban como si cada aliento fuera el último, un segundo estómago que hubiera sido agraciado con manjares destinados a la boda de un marajá, y así con todos los órganos del cuerpo, duplicándolos por obra y gracia de una percusión que me electrificaba y me convertía en una especie de aparecido, un sueño viviente, un fuego fatuo en medio de la más profunda oscuridad dentro de la oficina de sombras definitivas. Cuando llegué al punto del que creía haber partido ya me había bebido entera la botella de agua. No sé cuánto tiempo había pasado, podía ser media hora, una hora, dos horas. Confirmé mis temores: allí no estaba ya el oficinista de piernas generosas, aquel ser quizá irreal o imaginario que me había invitado a media pastilla quizá irreal o imaginaria. Pero yo seguía sudando, sonriendo, bailando, como si la oficina no fuera a cerrar nunca y yo pudiera, de nuevo, dejarme succionar por la maraña de polígonos para intentar llegar al mostrador de las bebidas, todas las veces que quisiera.       

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