miércoles, 9 de octubre de 2019

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mientras esperaba a que cambiara un semáforo, en medio de la ansiedad, de pie frente al asfalto ensordecedor, como alguien desorientado en una ciudad que no entiende o como quien perdió hace mucho las señales de ruta, vislumbró esa imagen, pues no llama imagen a lo que ve sino a lo que se entrevé, a lo que se sugiere desde detrás de cientos de cortinas invisibles, saber que estuvo frente a esa imagen y que esa imagen lo sostuvo en medio del desorden, no contribuye a aminorar la inestabilidad que se ha traído consigo del paseo, al contrario: saber que estuvo a punto de retenerla, de identificarse con esa imagen o de reconocer en esa imagen un filamento de lo que pudo ser una vez o de lo que algún día será, es decir, una hebra del precario tejido que conforman juntos su presente, su pasado y su futuro, una chispa en medio de la disipación, no disminuye el sentimiento de orfandad, como si hubiera sido mejor no darse cuenta de nada, andar vagando como una marioneta por las calles, con el rumbo al revés, parado en medio de los puentes viendo el cauce seco del barranco, las oficinas vacías de las mutualidades laborales, una luz al final de los pabellones deportivos como si hubiera allí un campamento donde alguien alumbraría con un quinqué el espacio vacío entre unos sacos de dormir. Seguro: la imagen sigue circulando por las pasarelas que conducen a los pabellones, o permanece a la espera en las plataformas metálicas que sostienen esas pasarelas, como si fuera allá abajo, en el punto en que la ciudad se confunde con las orillas del cauce, adonde la imagen quisiera conducirlo, mientras que él prefiere permanecer en lo alto, asomado al puente desde el que puede, a un lado, ver el mar que se oscurece con las luces de los barcos varados a lo lejos, y, al otro, el contorno de las montañas como trazado al carbón sobre el cielo reacio a ser devorado por la noche, asomado al puente, que es donde mejor se está en esta ciudad, pues en cualquier momento puede dejar de estarse, basta con encaramarse en el borde e impulsarse con las manos como quien salta a una piscina que no existe, sino el abismo de cincuenta metros al fondo del cual las rocas, teñidas por el contacto centenario con las materias fecales, y los arbustos, renegridos por el abandono que la ciudad ha dedicado a su barranco más célebre, serían magros colchones para su caída, caída que al día siguiente sería contabilizada en el registro más secreto de la ciudad como la número seiscientos veintitrés desde que se inició en 1857 la contabilidad de las caídas por los distintos puentes que cruzan el barranco, un registro depositado en el archivo provincial, entre otros legajos de difícil consulta como el que contiene el número de criaturas humanas de menos de un mes encontradas entre los callaos de las antiguas playas junto a las dársenas pesqueras o el que contabiliza la cantidad de casas de contratación de sicarios que desde 1914 actúan con el fin de hacer desaparecer a los habitantes más díscolos de la ciudad, números y cantidades que asombrarían a los cronistas más incrédulos, y que los historiadores oficiales no siempre conocen y, cuando lo hacen, tienden a esconder para que así sus empleadores, los alcaldes de la ciudad, no tengan que dar explicaciones a los medios. De modo tal que, a pesar de perder la imagen que resolvía buena parte de sus incomprensibles circunstancias como transeúnte ocasional de la ciudad, pues, de algún modo, estaba relacionada con anteriores paseos de los que no había tomado registro y que se habían perdido en el tiempo como lágrimas en la lluvia, quiso, creyó o pensó que, parado en el borde la baranda del puente, a medio metro del abismo, pero protegido por kilos de hormigón armado, podría recibir cuando menos un efluvio de la imagen, un aroma o sinsabor de lo que, difuminado por el dióxido de carbono, por el griterío de las manadas barbudas de milenials neandertales y por el coruscante ondear de las banderas de la patria en las oficinas vacías de las mutualidades laborales, se le hubiera ofrecido como una guía propicia, el geolocalizador de su ansiedad, la perfecta contraprogramación de su distorsionado cronograma vital destinado a un accidente o a la caída desde una pasarela silenciada por la puñetera historiografía de esta ciudad de mil demonios, es decir, si no una guía de perfección, sí al menos el camino hacia alguna morada desde donde verlo ya todo más claro, su perfil de aire, su cara aligerada desgracia, como si la imagen presentida y enseguida abolida lo situara en la más radical de las indisciplinas respecto de sí mismo, es decir, dispuesto a bajar por una de las plataformas hasta el fondo del barranco, buscar en una de las cuevas las perdidas señales de ruta, robarlas como se roba el fuego en un campamento, cruzar los pedregosos senderos que atraviesan el cauce bordeado de antiguas tumbas aborígenes de las que ya no queda el más mínimo rastro, buscar en la arenilla los anillos de los recién casados que en la noche de bodas se emborracharon tanto que descendieron al barranco y se perdieron el uno al otro para siempre antes de hacer por primera vez el amor, ascender penosamente por las cuerdas y ganchos dispuestos en las paredes, subir por el barranco a las partes altas de la ciudad, no tan pestilentes como afirma la prensa de derechas, salir por el barranco fuera de la ciudad, encontrarse en tierra de nadie, en medio de la noche, como si fuera un peregrino en busca de posada, y llegar a la casa donde, en uno de los primeros sueños que recuerda, cuando era un menor de edad absolutamente alelado, había un hombre que tocaba la guitarra en una habitación iluminada, un hombre junto al que se sentaba a escuchar los acordes de un grupo de rock cuyo nombre ha olvidado, y acaso ya en el sueño fumaba y se asomaba a la ventana para aspirar el silencio de la noche rodeada por los campos fragantes de un mundo que era imposible que existiera, una casa y un mundo que él imagino como ciertos y que a través de la imagen que ha perdido pueden volver a él para decirle al oído no tanto que volvió a perderlos al perderla esa tarde, como que siguen estando ahí mientras no la recupere, mientras el recuerdo de la imagen perdida siga siendo una especie de imagen de la imagen, la imagen de la imagen que conecta sus diferentes y perdidas vidas entre sí.

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