lunes, 30 de septiembre de 2019

SOPLO DE VIDA, SOPLO DE ESCRITURA: SOBRE NILO PALENZUELA


Todo verdadero vivir es un despojamiento. Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Empiezo con estas palabras del propio Nilo Palenzuela. Se trata de uno de los primeros fragmentos de su libro Parada para salir al campo. Uno de esos libros seminales que, hace unos quince años, iluminaron a quien les habla. Seminal porque alumbraba un territorio fronterizo entre el pensamiento, la narración y la poesía. Seminal porque en cada fragmento podía uno detenerse, pararse, para salir desde él a una realidad abierta, más allá de las palabras, ese campo al que, según el refrán, no se le pueden poner puertas, pero al que Nilo Palenzuela le ponía puertas constantemente: pero puertas abiertas, puertas movedizas, puertas giratorias –nada que ver con el burdo sentido que a esta modalidad de puertas se le ha dado en los tiempos corruptos que vivimos. Se paraba uno allí y se quedaba pensando que era posible escribir de otro modo, que escribir no era únicamente escribir ensayos, poemas, cuentos, reseñas. Que había un territorio de lo indefinible, una escritura de la explosión, libros que se escribían para abrir perspectivas insólitas. Todo verdadero vivir es un despojamiento, nos dice. Parece una frase atribuible a un místico. Ya entonces la asocié con otra, también importante en mi memoria de lector, que sugería que borrarse era un modo de resplandecer. Quien así hablaba, l'effacement soit ma façon de resplendir, no era un místico, sino un poeta contemporáneo, alguien, de hecho, muy alejado de la mística, el suizo Philippe Jaccottet, que escribía, y sigue escribiendo, para borrarse y, mediante esa autodestrucción, resplandecer. Pero el fragmento de Para para salir al campo continúa: Reconocer en cada momento en qué ficción hemos creído con tanta pasión, al tiempo que observamos el paisaje al que dimos el soplo de la vida. Parece fácil comprenderlo, pero no lo es. Es más, como ocurre con ese libro, y diría incluso que con buena parte de la escritura de nuestro invitado de hoy, no hay en ella nunca un mapa que nos permita orientarnos y muchas veces se duda de si se ha llegado a entender lo que se lee. Pues lo que se nos ofrece se ramifica, explosiona, se transforma siempre en otra cosa. La vida, leemos, la vida verdadera –pues ya sabemos, desde Rimbaud, que hay otras que no lo son– es, además de un despojamiento, un reconocimiento, es decir, una toma de conciencia. La toma de conciencia de la ficción en la que hemos creído con pasión, es decir, aquel cuadro, aquel poema, aquel sueño, aquella imagen, aquel recuerdo a los que nos hemos entregado como se entregan los amantes sin pensar en las consecuencias. Reconocer, entiendo, que tales objetos del deseo eran ficcionales, pero que la pasión los convirtió en otra cosa, en verdad propia, en pertenencia íntima, pues el fragmento termina diciendo que esa toma de conciencia será simultánea a una observación: la del paisaje al que dimos el soplo de la vida. Y aquí es donde comienzan las dificultades, pues no estamos seguros de que ese paisaje coincida con la ficción en la que creímos, y tampoco está claro que la vida verdadera pueda ser generada por el soplo de vida que a la ficción le insuflamos. Si no lo he entendido mal, la observación, el reconocimiento, simultáneo de ella, y el despojamiento que a ambos se suma para conformar el verdadero vivir, son tres momentos o tres caras de una misma apuesta: la de la vida que, sin dejar de observarse y reconocerse, se destruye a sí misma en la ficción para volverse auténtica.

Sólo escribe el que no sirve para otra cosa, dice más adelante Nilo Palenzuela en este mismo libro, Parada para salir al campo. Fustigarse como escritor recordando que escribir es la marca de un fracaso, la conciencia de una imposibilidad, es la verdadera revuelta que caracteriza toda escritura auténtica. Ese que no sirve para otra cosa y que, por lo tanto, se ha contagiado del virus de lo inservible, de lo inútil, encuentra en el territorio clandestino de la literatura, en el revés del lenguaje, todo un mundo fascinante en el que nada es como parece ni como le enseñaron que era. Su misión, a partir de entonces, será dar testimonio de la ruina que es su propia vida, y de las alhajas que, en medio de esa ruina, va encontrando a medida que la recorre. Una mirada amorosa lo mantiene pegado al suelo, como si buscara, pero sin buscar, pues lo único que hace es recoger los aldabonazos, las llamaradas, las quemaduras de lo que fue.

Este nuevo párrafo debía empezar con una cita de Cámara oscura, el libro que Nilo Palenzuela escribió a partir de sus conversaciones con el fotógrafo Carlos Schwartz y que constituye lo más cercano a la escritura narrativa, al relato, que nuestro invitado haya escrito hasta ahora. Son 26 fragmentos de una especie de antinovela que dialogan con 53 fotografías de Schwartz. Debía empezar con una cita de ese libro que leí con asombro hace unos años, pero, como no lo encuentro en mi biblioteca, renunciaré a la cita y tiraré de memoria. Es cosa seria lo de los libros que desaparecen, como si tuvieran vida propia. Bien es verdad que el título tampoco ayuda a encontrarlo: Cámara oscura. Sumergirse en las entretelas de la propia vida, o de la vida compartida con los amigos, o de la vida compartida con los autores que nos iluminan, y tirar de un hilo que nos conduce a lo imprevisto. No doy el libro por perdido: yo mismo tendré que sumergirme en mi biblioteca porque seguro que hay algún otro –estas cosas ocurren– que, creyéndose más importante, lo tapa con su orondo lomo de libro tocapelotas. Hagan limpieza en sus bibliotecas, pues estas cosas ocurren.

(Nota de hace una hora: el libro apareció, alabado sea. Estaba entre dos catálogos. Lo peor que puede ocurrirle a un libro. Los catálogos a veces son como los ataúdes: encierran a los libros y los sumen en la negrura. Vaya por detrás la cita, que es lo que importa: Prefiero escribir cartas a las golondrinas que inmolarme. No nací para. No nací para andar quieto. Ni para estar oyendo ruidos de rapaces diabólicas en el interior de la habitación negra. Dirás lo que dirás, verás lo que verás, pero ahí, entre los dedos tienes la piel del mundo en su fatiga.)

Pero… continuemos. Y citemos, una vez más: De escribir, hacerlo a carne viva. Se escribe para vivir, como se miente para sobrevivir, o se roba, o se ama. Hay un punto donde el verdadero escritor deja finalmente de jugar a las ficciones y a las desapariciones. Abandona el gran juego y comprende que sólo algunas cosas merecen las manchas de algunas palabras. Qué miseria la del escritor con su mundo siempre a cuestas, sin ser capaz de lanzarlo alguna vez al infierno. Pasajes y partidas, el libro del que tomo esta cita, se publica como un conjunto de ensayos, pero en realidad puede leerse como una colección de aforismos, de relatos sin historia, de poemas en prosa, de crónicas escritas en países imaginarios. Recuerda a Parada para salir al campo, pero está escrito con mayor desinhibición y más sentido del humor. Nilo Palenzuela muestra aquí una mano prodigiosa para enhebrar visiones, lecturas, contemplaciones de obras de arte, vivencias, con las más diversas reflexiones sobre el tiempo y nuestra laberíntica condición, sobre utopías desfondadas y amaneceres que revolotean cada día con nueva luz, como si el tiempo se reinventara con el paso del tiempo. Lo que asombra en este libro es cómo un tesoro tan deslumbrante de conocimientos puede verterse en unas páginas de un modo tan chispeante, tan poco ceremonioso, y al mismo tiempo tan enriquecedor, tan entrañable. 

Es importante escribir poemas con muchos años / porque ya sabes lo inútil que es escribir poemas. Estos dos versos pertenecen a uno de los poemarios más sorprendentes que conozco entre los escritos en español en las últimas décadas. Un libro, La hoja seca, que Nilo Palenzuela publicó en 2014, pero que recoge poemas escritos durante muchos años y con muchos años. Algunos de estos poemas se publicaron en una bellísima edición de la Escuela de Arte de Mérida junto a unas acuarelas del artista José Herrera. Hay quienes se creen poetas y lo único que hacen es rendir sacrificios ante altares de dioses vacíos. Y hay quienes no se creen poetas y, casi sin darse cuenta, tocan con unas pocas palabras el milagro de la vida. Es posible que todos tengamos en mente ejemplos de lo uno y de lo otro. Si digo que La hoja seca es un libro sorprendente es porque es difícil encontrar un conjunto de poemas concebido con tal grado de libertad, de frescura, de despreocupación. La escritura es aquí un juego casi primitivo. Podemos reírnos, recordar, reflexionar, amar, viajar, navegar o padecer entre las páginas de este libro, cualquier cosa imaginable, pues está concebido como un espacio de libertad y de encuentros singulares. Su arquitectura está llena de pasadizos y jardines, con árboles e islas que no son nunca los esperados, besos que nos enseñan a besar de otra manera y vértigos que son despojamientos o caídas en los lugares misteriosos del origen. Nada de lo que sabemos sobre poesía sirve aquí como guía de navegación. Es quizá en este libro donde mejor se cumple lo que Nilo Palenzuela denominó, en un hermoso proyecto que codirigió hace unos años con Orlando Britto Jinorio, horizontes insulares. Como esas palomas mensajeras que Nilo conoce tan bien por su pasión colombófila, asistimos aquí como a vista de pájaro a una deriva a través de islas de todo tipo, llenas de animales majestuosos o ínfimos, en las que el amor, la pasión, la nostalgia o la incertidumbre son parte del paisaje, encarnaciones de la materia insular. Lo único que se nos exige en esta travesía es una mente libre de prejuicios, una pizca –o un fisco– de socarronería y algo de tiempo para leer a solas –y al sol– al encuentro de los demás.

Junto al avestruz somos unos dichosos enanos. Entramos ya, con esta cita del libro Animales impuros, en la parte final de esta presentación que se me está haciendo ya demasiado larga. Bestiario de seres reales e imaginarios, de animales o presencias cotidianas que nos los recuerdan, el libro puede leerse como un inventario de imágenes y obsesiones, de encuentros y pasajes, un conjunto de metamorfosis posmodernas capaces de aunar los parapentes con los avestruces, los televisores con los pájaros de Hitchcock –y fíjese cómo unos animales no se entienden sin los otros– o las arañas obsesivas de la infancia con la pintada por el simbolista Odilon Redon. Ahora que se nos acaba de marchar Francisco Toledo, el gran pintor mexicano sobre quien Nilo Palenzuela ha escrito sugerentes ensayos, cabe preguntarse si, en definitiva, escribir –o pintar– no tiene sobre todo que ver con el deseo o la necesidad de mantener vivos los lazos invisibles que nos unen con el mundo del subsuelo, del subsuelo físico, ese subterráneo flujo que nos sigue alimentando, y del subsuelo mental, en el que nos reencontramos, muchos años después, con nuestros antepasados, con nuestros miedos y obsesiones, los mismos que, conjurados por la escritura, se convierten en presencias acaso salvíficas o quizá aún perturbadoras, pero en cualquier caso vivas, vivas como la herida en la cicatriz, como la nervadura en la hoja y como la pléyade de amores y deseos detrás de la ventana, detrás de la desierta claridad de una lámpara.

* Palabras leídas el 20 de septiembre de 2019 en el Ateneo de La Laguna para presentar la lectura de Nilo Palenzuela dentro del ciclo 'Mapas provisionales'.

  

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