lunes, 9 de septiembre de 2019

RAROGNE O LOS PASEOS DE UN TRADUCTOR


                                                                                            Julián Rodríguez, in memoriam

En el invierno de 2013 visité por primera vez Rarogne, en el cantón de Valais. Acudía con una beca para traducir un libro de Maurice Chappaz, La haute route.* Enseguida me di cuenta de que eran el lugar ideal y la estación perfecta. El trabajo de traducción resultó más duro de lo que pensaba, y tras unos primeros días de acomodación en la Zentriegenhaus, la casa-taller que el cantón pone a disposición de los traductores beneficiarios de la beca, me propuse distribuir mi tiempo de manera regular. Decidí que traduciría el libro de Chappaz de 10 a 13 h. y de 16 a 19 h. La pausa del almuerzo se prolongaba con una sobremesa en la que escuchaba música, veía alguna película o leía alguno de los libros que había llevado para amenizar los tres meses de estancia. Al final de la tarde, en cambio, cuando terminaba mi jornada de trabajo, salía a dar un paseo por los alrededores de Rarogne. Los caminos estaban helados, helado en parte estaba también el Bietsch, el arroyo que cruza Rarogne y desemboca en el Ródano, helados estaban el aire, las ramas de los árboles, las orillas del río. Sin embargo, yo me sentía lleno de una energía candente, quería entrar en combustión, fundirme con aquel paisaje solitario de invierno. Cuando llegaba a lugares en los que la nieve era demasiado abundante y no se podía avanzar, buscaba alternativas, daba rodeos, me agarraba de los troncos de los árboles para no perder el equilibrio. Luego me di cuenta de que, en cierto modo, en esos paseos estaba llevando a cabo una frenética actividad que replicaba la descrita en el libro de Chappaz. En La Haute Route el escritor valesano nos describe en catorce capítulos un viaje al mismo tiempo exterior e interior a través de una de las más conocidas rutas alpinas. La torsión de la sintaxis intenta reflejar los estiramientos corporales del autor. Las onomatopeyas buscan reproducir los mil y un sonidos del cuerpo en el silencio de la nieve. Los breves textos situados al margen, en letra cursiva, que nos vamos encontrando a medida que avanza la lectura –como las antiguas glosas medievales–, simbolizan los descubrimientos, los cambios de perspectiva, las atalayas desde las que la mirada se adentra en un mundo cada vez más fascinante.

 

Los fines de semana no trabajaba. Los reservaba para excursiones más largas. Recuerdo sobre todo la que hice a Eischoll, un pueblo situado a 1200 metros de altura que se divisaba desde las ventanas de la Zentriegenhaus. Se llegaba hasta él en un teleférico. Allí la nieve era más densa, más abundante que en Rarogne, a orillas del Ródano. Llegaba un momento en que realmente no se podía continuar avanzando. Los carteles que señalaban las distintas direcciones de los senderos eran señuelos que dejaban un regusto de aflicción: no se podía ir más allá, se estaba obligado a no ver lo que escondía la montaña. Yo no sabía esquiar, como Chappaz. No estaba provisto de calzado ni vestimenta adecuados. No era un aventurero, sino un traductor que intentaba aproximarse al texto que traducía viviendo experiencias similares a las que allí se recogían. Podía serpentear entre las casas de madera, los graneros, las cuadras. Podía imaginarme las avalanchas que un pueblo como aquel sufría en primavera. Respiraba el silencio del impoluto cementerio lleno de grandes cruces de madera a los pies de la iglesia. No conversaba con la gente, que era amable pero arisca y por lo general permanecía en el interior de sus casas. También fui a otros lugares, algunos de ellos vinculados íntimamente a Chappaz: el bosque de Finges, fascinante escenario de encuentros y desencuentros; Geesch, al lado de Rarogne, donde Chappaz residió dos años después de la Segunda Guerra Mundial; Veyras, la comuna de Sierre donde a partir de 1958 residieron durante veinte años Chappaz y su mujer, la escritora S. Corinna Bille, y en cuyo cementerio está enterrada C., como la llama Chappaz en otro de sus libros mayores, Le Livre de C., escrito tras la muerte de su esposa. Traducir es una suerte sutil invasión de un mundo que no nos pertenece y que, con el paso del tiempo, se nos entrega para que, a través de nosotros, acabe formando parte de la vida de unos cuantos lectores.

 

Recuerdo que al cabo de un mes y medio de trabajo en las condiciones descritas –las mejores condiciones posibles– terminé la traducción de La Haute Route. Dediqué unos días a contrastar los pasajes más complejos con las traducciones de este libro al alemán y al italiano, debidas respectivamente a Pierre Imhasly y Maurizio Citran. La primera, más literaria y libre, me ayudó a desentrañar términos específicos del Valais y a resolver las endiabladas onomatopeyas. La segunda, más literal y ceñida al original, me fue útil para comprender mejor algunos pasajes de sintaxis compleja. Los traductores de un mismo libro a distintas lenguas formamos una especie de comunidad invisible cuyos miembros casi nunca se conocen entre sí a pesar de compartir un secreto, haber cruzado el mismo territorio pedregoso y fascinante y haberlo incorporado como parte de nuestras propias vidas.

 

Seis años después, en la primavera de 2019, volví al Valais. En esta ocasión, el proyecto que ganó la beca del cantón fue la traducción al español de Polenta, de Jean-Marc Lovay. Durante la estancia de 2013 había traducido algunos poemas de Lovay, había comprado algunos de sus libros e incluso, gracias a su editora, Marlyse Piétri, de la editorial Zoé, le escribí una carta a Lovay, que me contestó amablemente a las pocas semanas. Traía la traducción de Polenta empezada desde España, por lo que no creí conveniente marcarme un horario tan estricto como la vez anterior para traducir. Sin embargo, pronto me vi inserto en una inercia, en una especie de memoria involuntaria que me llevaba a traducir tres horas por la mañana y tres por la tarde. Una extraña compulsión me hizo traducir incluso los fines de semana. Me sentía absolutamente atrapado por el mundo de Polenta, un territorio claustrofóbico, obsesivo, de repeticiones rituales y conversaciones absurdas en medio del extraño triángulo formado por el narrador, Hector y la chiquilla, un mundo de psicosis, enfermedades y crímenes soñados que giraba en mi cabeza y que yo iba creando de nuevo mediante el teclado del ordenador. Los largos párrafos de la novela, cuyo sentido era muchas veces difícil de captar, pero que tenían la capacidad de envolver y seducir, como si en vez de una narración se tratara de un texto poético, exigían una dedicación continua, sin interrupciones. Creo que por eso, durante más de un mes, no descansé ni siquiera los fines de semana. Había caído en el pozo, en el estanque, en el laberinto de Polenta y, por muy asfixiante que fuera, sentía que mi misión entonces era reconstruir la novela en mi lengua materna.

Curiosamente, no encontré la dirección de Jean-Marc Lovay que años atrás me había facilitado Madame Piétri. No era posible, pues, consultarle nada al autor, al menos en esa fase inicial de la traducción que es la más compleja: como si se metieran las manos en la arcilla para formar una figura, pero la arcilla no tiene forma, o su forma es incierta, y nuestras manos son torpes, lo desconocen todo o casi todo de la figura que quieren construir. Cuando terminé ese primer borrador de la traducción, desde luego muy imperfecto, pasé a una segunda fase que consistió en releer párrafo a párrafo mi traducción para contrastarla, párrafo a párrafo, con el original. Tachar, añadir, restablecer, reconstruir, variar, pulir, y sobre todo tomar decisiones que, aunque no fueran definitivas, harían que la figura resultante de nuestro trabajo adquiriera ya un contorno inequívoco. Fueron varias semanas de trabajo minucioso. Seguía sin descansar los sábados y domingos. Por último, una vez completada esa segunda fase, pasé a la operación final: leer en alto, sólo en español, el texto de Polenta. Fueron tres días, mañana y tarde, en los que deambulaba por la casa con los folios impresos en la mano como quien ensaya un papel para una obra de teatro. De hecho, recitaba, buscaba el ritmo adecuado, procuraba olvidarme del original y encontrar el tono necesario para que ese mundo de cabañas, de nieve, de cereales, de búhos, de miedos, de deseos, de violencia, de pobreza, de inmovilidad y de infortunio quedara correctamente dicho en español. Es lo que podría llamarse la fase mística de la traducción: la fase en la que el texto, desprendido de su cuerpo original, vuela solo, como si levitara, adquiere una vida propia y se olvida del peso del origen.


Mientras tanto, cada tarde, hacia las ocho, daba un paseo por los alrededores de Rarogne y recordaba los lugares donde había estado seis años antes. La primavera me permitió explorar lo que el invierno sólo me había permitido presentir. Uno de los últimos días visité Pinsec, el pueblo del Val d’Anniviers donde Lovay escribió Polenta en 1973. Vi los animales y los chorros de agua, los letreros en las puertas de las casas y los graneros, toda la soledad, toda la desolación.


Estoy seguro de que en el futuro, en otra estación, volveré a Rarogne. Sé que allí todo está esperándolo a uno si uno sabe esperarlo en su corazón.


* La traducción de La Haute Route sería publicada con el título de La Alta Ruta por la editorial Periférica en 2018. Esta misma editorial publicará próximamente Polenta, de Jean-Marc Lovay.   

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