jueves, 5 de septiembre de 2019

EL HOMBRE QUE VIVE EN LOS BARRANCOS


El hombre que vive en los barrancos, cuando sale, acaso porque tiene hambre o porque tiene ganas de fumar, llega a las primeras estribaciones de la ciudad y las contempla como si hubiera sufrido una alucinación, como si hubiera consumido raíces venenosas, algo parecido al múerdago o a la belladona. El hombre que vive en los barrancos porta una barba de cañones gruesos, difíciles de afeitar, y viste un pantalón sucio y una chaqueta de chándal descolorida, de esas que se encuentran en los vertederos cercanos a los clubes deportivos. Ese hombre atraviesa la primera calle que se encuentra, tambaleándose, y en la esquina le pide a alguien un cigarrillo que continúa fumándose cuando regresa a los barrancos. Habla solo y suspira como si su vida estuviera marcada por el agobio o la desesperación. Se sienta a veces a la entrada de un supermercado y, mientras expulsa el humo compulsivamente, mira con ojos desplomados a los clientes que entran y salen. El hombre que vive en los barrancos nunca compra comida, pues se alimenta de la caridad o de las sobras, y a veces, cuando tiene suerte, de algún animal muerto que encuentra en los cauces secos: conejos, lagartijas, ratas, palomas. Ha adaptado su dieta a su hábitat y también es capaz de alimentarse de distintas clases de bayas y frutos que crecen en árboles dispersos por las laderas y en los cauces. Al hombre que vive en los barrancos no se le conoce más actividad que la de recorrer los cauces en busca de alimento o de algún cachivache perdido que pueda utilizar para trocarlo por comida o cigarrillos. El hombre que vive en los barrancos debe de tener un nombre, una familia, pero nadie lo llama por su nombre y para la poca gente con la que trata de vez en cuando en los intercambios de cigarrillos o comida es una especie de expósito: como si no tuviera padres y como si fuera el barranco, uno de los tantos barrancos que rodean la ciudad, quien lo hubiera engendrado. No se sabe si recuerda algún tipo de vida anterior a la que lleva ahora, pero lo cierto es que nunca habla del pasado y si alguien le pregunta por algún acontecimiento de su vida anterior afirma no recordarlo, asegura que su memoria se remonta a los barrancos y que cree haber vivido en ellos desde siempre. El hombre que vive en los barrancos no ha olvidado la lengua con la que se comunica con los habitantes de la ciudad, pero el vocabulario que emplea es el mínimo imprescindible. En los días, semanas, que pasa solo deambulando por las laderas y los cauces, entre formaciones rocosas o desfiladeros, no se tropieza con nadie y su pensamiento ha ido desprendiéndose de los moldes verbales para acercarse a una especie de interacción inmediata con el mundo. Piensa más a través de imágenes que a través de palabras. Cuando siente ganas de fumar, ve con la mente la forma de un cigarrillo, siente el olor del tabaco, paladea de antemano el sabor del humo que le recorre la garganta y sólo recurre a la palabra cigarrillo cuando es absolutamente imprescindible. De resto, pasa sus días en una mudez visionaria, nutriéndose de animales en descomposición y plantas alucinógenas que, mezclados en su estómago desacostumbrado a cualquier refinamiento, le producen la sensación de flotar entre los arbustos, caer suavemente de las laderas a los cauces, remontar como un cernícalo hasta los roques más elevados y rodar como una piedra por los desfiladeros abajo. A veces ha estado a punto de matarse sin saberlo. Para él no era más que un viaje, una levitación, un desprendimiento placentero, pero lo cierto es que ha sufrido caídas que han estado a punto de acabar con él. En esas ocasiones ha aparecido ensangrentado por los alrededores del club náutico y entonces el portero lo ha llevado a un pequeño cuarto donde, con la ayuda de un botiquín, le ha limpiado sin muchos miramientos las heridas antes de pedirle que se vuelva por donde vino. El hombre que vive en los barrancos no ha estado nunca con una mujer. A las que ha visto de lejos, en los caseríos de las montañas, las ha saludado a veces, pero ellas nunca bajan hasta el barranco y casi siempre van acompañadas de sus maridos. Con las mujeres de la ciudad no habla, salvo alguna rara vez en que una clienta del supermercado le ha preguntado algo. El perfume que desprenden, la limpieza que denota su piel tersa y cuidada lo trastornan, lo desequilibran, y prefiere retirarse hasta donde encuentra a algún hombre al que pedirle un cigarrillo. Para el hombre que vive en los barrancos el tiempo que pasa en la ciudad no tiene la misma realidad que el que pasa en los cauces o laderas. Vive, por tanto, no sólo en dos realidades espaciales diferenciadas, sino en dos dimensiones temporales distintas y separadas. En los barrancos el tiempo es fluido, lo mismo que los cauces se prolongan desde las montañas hasta el mar e incluso, cuando llueve, llevan agua en abundancia y se convierten en ríos. En la ciudad el tiempo es sólido, se divide en compartimentos estancos: la entrada, la espera en el supermercado, la petición de cigarrillos, el regreso. El hombre que vive en los barrancos nunca aprendió que el ser humano fuera algo distinto del lugar donde vive. Por eso, cada vez que abandona los barrancos, sufre.  

2 comentarios:

  1. Buen texto! Para leerlo sobre los barrancos con un medio cigarrillo.

    ResponderEliminar
  2. ¡Gracias! Me parece una buena idea. Medio cigarrillo para durante y el otro medio para después. Como tiene que ser. Un saludo.

    ResponderEliminar

ENTRADA DESTACADA

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mient...

ENTRADAS POPULARES