jueves, 11 de julio de 2019

LA ENFERMEDAD DE LA ISLA


Es, unas veces, el excesivo silencio. Otras, el ruido desbocado, interminable.

Cree haber identificado el origen de la inquietud, pero la inquietud se sobrepone al origen, pasa sobre él y lo arrastra consigo hasta donde el cuerpo, e incluso todo posible destino reservado a las postrimerías, se revelan inermes, indefensos.

Ocurre, la desazón, todos los días. No da tregua. Es algo que está ahí hasta cuando parece no estar. Algo perverso e invisible, agazapado bajo la piel, dispuesto a florecer en cualquier momento.

Es la inestabilidad, la ruina presentida. Como estar atado a una cuerda atada a un árbol atado a una raíz atada a una piedra atada a una tierra atravesada de temblores. Y esos temblores, el amortiguado zumbido de cada mínimo seísmo, llegan hasta él en forma de leves e implacables sacudidas.

Tiene que ver con la isla. Cree que podría tratarse de una enfermedad producida por la isla. Es la isla la que le causa los tormentos, la que desprende ese vaho infecto que él respira sólo para dejar de ahogarse.

Y, cuanto más lo respira, más se ahoga. La isla infecta, origen de la enfermedad, atravesada por una red subterránea de puntos de infección, supura por cada accidente del terreno los turbios resplandores que a cada paso lo deslumbran y laceran.

Ha trazado mapas mentales de los lugares a los que no debe acercarse para no verse manchado por la azarosa corriente de las emanaciones. Pero, al estar atado, su libertad de movimientos es relativa. Periódicamente vuelve a pasar por los mismos terrenos bajo los cuales bullen silenciosos y nocivos efluvios.

Padece la enfermedad de la isla. Hace tiempo que la detectó. Descubrió sus síntomas, pero no le parecieron distintos a los de otras alteraciones somáticas o anímicas. Poco a poco fue comprendiendo que las consecuencias de la enfermedad serían devastadoras porque se trataba de un trastorno nuevo, incomparable a lo sufrido hasta entonces.

Las pocas veces que ha logrado escapar de la isla se ha encontrado con la paradoja de no saber si los síntomas se aplacan o se intensifican. No está seguro de si la lejanía de la isla alivia o agrava. Sabe fehacientemente que no cura y por eso, cada vez que ha regresado, su reencuentro con la enfermedad no tiene de traumático sino el reconocimiento de su carácter crónico, incurable.

Ensaya posturas corporales con la esperanza de que en alguna de ellas se encuentre la clave del aplacamiento. Se recuesta, se estira, se pone de cuclillas, en posición fetal, boca abajo, de puntillas, con la cabeza gacha, con los pies en alto, con la espalda recta, de rodillas, boca arriba, con los codos contra el estómago. En ese abanico de posturas que va recorriendo a lo largo del día no encuentra sino la confirmación de que la enfermedad está instalada no en una parte del cuerpo sino en su totalidad.

Intenta lo mismo con la respiración. Ha inventado varios modos de respirar con la esperanza de que, al mantener el mayor tiempo posible el aire expulsado, la enfermedad, que acaso permanece en su cuerpo junto con el aire, lo abandone durante ese intervalo. En alguna ocasión ha llegado a creerlo: que era en el aire donde la enfermedad habitaba. Sigue sin saber si esto es verdad y, si lo fuera, de qué modo respirar un aire diferente al que expulsa.

Es, unas veces, el ruido desbocado, interminable. Otras, el excesivo silencio.

Como si la isla se enroscara alrededor de su cuerpo, suele sentirse envuelto por una gasa malsana que, en vez de curarle las heridas, se las abre una y otra vez para volver a fingir que se las cura.

No sabe si es preferible buscarle un nombre a la enfermedad o, por el contrario, dejarla sin nombrar. En el primer caso, la enfermedad cobraría vida propia y, de algún modo, se separaría de él para poder atacarlo luego con más saña. En el segundo, la enfermedad seguiría apegada consustancialmente a su cuerpo y, desde dentro, no dejaría nunca de atormentarlo.

En sus sueños más favorables, lleva la isla sobre la espalda como si fuera una tortuga que ha emprendido un viaje interminable: la isla entonces no pesa, pero no deja nunca de estar sobre su espalda. En sus sueños más terribles, sin embargo, es él el que, infinitamente pesado, va a lomos de la isla, que lo lleva de viaje al fin del mundo.

Cuando se despierta, está acostado boca arriba y es un nuevo día. La isla es entonces un recuadro de luz recortado en la ventana. Sabe que en unos pocos minutos se habrá convertido en la pestilencia que le recorre la sangre.


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