lunes, 4 de marzo de 2019

UNA LUZ INTERIOR


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Cuando se termina de leer Despedida que no cesa, el lector queda como flotando en un espacio desconocido. Siente haber atravesado capas de oscuridad hasta desembocar en una luz que no se sabe de dónde proviene. Esas capas de oscuridad, que ha ido cruzando a lo largo de su lectura, y que han terminado depositándolo junto a una luz desconocida, pero apaciguadora, tuvieron su origen, en realidad, en una luz inicial que fue enseguida carbonizada. La novela comienza la última tarde de un verano que está a punto de transformarse en otoño. Su primera frase es ya suficientemente enigmática: “El jardín despedía una luz singular, como si cada hoja brillara desde dentro”. En el otoño, que vendrá después, todo quedará opacado y se habrá de vivir del recuerdo de la luz perdida del verano. Esta novela transcurre entre esas dos luces, que son en cierto modo la misma, y lo que entre ellas se abre es el agujero insondable de la pérdida. Ese estado de flotación que se experimenta al leer esta obra, de ligereza incluso, de desprendimiento, tiene que ver con la liberación. El cuerpo del lector ha quedado liberado del peso de la angustia, lo mismo que el personaje protagonista, el narrador que cuenta la muerte de su hijo de diecisiete años, alcanza lo que Nagarjuna, en la hermosa cita inicial de la novela, denomina “la luz del discernimiento verdadero”. La lucha por alcanzar esa luz ha sido despiadada, pero secreta, sin ser notada se describe paso a paso, como el fluir de la vida que se abre paso por entre un cauce muy estrecho. El dolor ha traído consigo la ausencia del tiempo, la pérdida del hijo significa la desaparición de la conciencia, del propio ser, que queda así cosificado o anonimizado en un algo, un alguien, un cuerpo vacío que es conducido por los demás, que ha quedado apartado del mundo o, más bien, que ha desaparecido para el mundo. Los capítulos iniciales, en que se narra con palabras que duele leer la muerte del hijo, el estado indecible de shock en el que queda su padre, con quien vivía, contrastan con la luz que desprenden cada una de las apariciones del hijo en las rememoraciones posteriores. En un aparente desorden que no es sino la reconstrucción de un tiempo perdido, pero no en el sentido proustiano, sino en una acepción que podríamos aproximar más al concepto del tiempo en la física cuántica, se nos van ofreciendo momentos de la vida de Fabius en la inocencia de los doce años, en la fragilidad de sus primeros meses de vida o en la rebeldía adolescente de los dieciséis años. En un proceso complejo que no llegamos nunca a comprender del todo, la escritura, de la mano de la memoria, vuelve a llenar de contenido el tiempo, hace que fluya otra vez la vida y restaura la luz que una vez se perdió. Nada volverá a ser lo mismo, y esto el narrador lo sabe mejor que nadie, pero lo que ha descubierto es el valor preciso de la vida. Lo afirma en uno de los últimos párrafos: “Desde que he estado en el pozo, siento el valor de la vida. Siento a las personas a mi alrededor, veo su fragilidad. Cada una de ellas es una lucha contra el frío, la muerte. La lucha es la vida, y a veces, un final de la lucha, una pausa, un estar suspenso, una fusión con un ser querido. A veces, en momentos regalados”. Esta capacidad de sentir, de un modo intuitivo, el valor y la fragilidad de cada vida, y de fundirse, a veces, con la vida de los otros, de los otros a los que amamos, es un descubrimiento, la puerta hacia esa luz final en la que la conciencia queda extinguida para abrirse a la visión de su propia irrealidad.

Pero no son únicamente la luz y el tiempo los que se fragmentan en algún momento de la novela para finalmente rescatarse transformados en otra luz y otro tiempo, sino que también, como he dicho, son la propia voz narrativa, la voz del padre que cuenta su desgracia, y su propio cuerpo encarnado por la voz, los que sufren una experiencia que es difícil de describir y que en el libro se traduce unas veces en paralización, otras en un extraño abandono del cuerpo, que parece contemplar la realidad  desde arriba, desde fuera, una especie de extorsión o irrealidad, aniquilación o vaciamiento que vienen a ser como un grado cero de la experiencia, es decir, de la escritura. De ese vacío, como en flashes o relámpagos inesperados, surgen los recuerdos de una historia de amor que el lector recompondrá al finalizar la novela. Una historia de amor entre dos adolescentes, el hijo que surge como fruto de ese amor, los primeros y difíciles años, el distanciamiento, la ruptura, la soledad, la lejanía del hijo, la paternidad en suspenso, convertida en un insatisfactorio régimen de visitas, la añoranza de lo que no pudo ser, la recuperación del hijo, ya adolescente, el lento pero reconfortante proceso de acercamiento entre padre e hijo, y finalmente lo impensable, la catástrofe, la “desgracia impeorable”, si se me permite emplear el título de una de las obras de Peter Handke, autor a quien sé que Wolfgang Hermann admira y con quien mantiene amistad. De aquel vacío, del vacío inicial (o final, según el punto de vista que adoptemos), surge el relato, no solamente como un proceso de confrontación con el propio pasado, sino como la puerta de acceso a esa nueva mirada sobre el mundo, al nuevo régimen de relaciones con los demás, un relato que revive la herida al tiempo que la cauteriza y tras el cual la piel se ha transformado en otra, en una piel mucho más favorable a la ternura, a la fusión, al abrazo entregado.

Conozco a personas a las que no les gustan las despedidas. Se van “a la francesa”, es decir, sin despedirse, porque le temen a ese momento de separación. Pasar de la comunión al desamparo es difícil, toda despedida es un acto de valentía, cuánto más una despedida que no cesa, que se sabe incorporada al fluir de la vida para siempre. Lo que más asombra y admira de este libro es acaso su capacidad de hacer que esa despedida insufrible se convierta en un relato lleno de luz. Haber iluminado con el “discernimiento verdadero” una historia tan dura, haberla escrito con la iridiscencia de esa luz interior, que parece emanada directamente del corazón, es, en mi opinión, el gran mérito y el gran milagro de la escritura de Wolfgang Hermann, y estas palabras de presentación no tienen otra finalidad que agradecérselo.

* Texto leído en la presentación del encuentro con Wolfgang Hermann que tuvo lugar el pasado 26 de febrero en el Ateneo de La Laguna.



  

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