martes, 5 de marzo de 2019

RECUERDOS CON MI MADRE EN OFICINAS A ORILLAS DEL TIEMPO


Debía de ser en períodos de vacaciones, navidades o semana santa, pero no en verano, pues los veranos solíamos pasarlos en el sur. En esos recuerdos vinculados a oficinas, a trámites, a montes de piedad, en los que acompaño a mi madre, yo soy muy pequeño y a veces miro desde abajo un mostrador al que se asoma la cara de un señor con bigote. Mi madre lleva un bolso del que saca unos papeles, intercambia unas palabras amables con el empleado, entrega unos documentos o empeña algún objeto, quizá de mi abuela, un reloj, una cadena, o deposita una cantidad para recuperarlo, y entonces yo veo su sonrisa de perfil, le oigo dar las gracias, dejo atrás para siempre esa oficina donde el colgante o la pulsera de mi abuela estuvieron retenidos durante no sé cuánto tiempo.


Hay muchos recuerdos como ese. Siempre estamos solos mi madre y yo. Hemos tenido que atravesar la ciudad, callejear por barrios que no son los habituales, adentrarnos en alguna galería, preguntarle a un portero, subir uno o dos pisos de escaleras –a veces recuerdo incluso el tacto del pasamanos de madera, liso, algo frío– hasta llegar, al final de un pasillo, a una oficina muy estrecha en la que nunca hay nadie y parecemos los únicos clientes esa mañana. El empleado sale de una habitación que no vemos al llegar, pero no inmediatamente: nos hace esperar durante unos minutos delante del mostrador, pero sabemos que está allí dentro por el sonido de una conversación telefónica, o por el de una máquina de escribir tecleada con paciencia. Cuando sale a recibirnos, el empleado, tímido, esboza una sonrisa que no parece demasiado auténtica, y sus ojeras denotan falta de descanso, un trabajo abrumador para una sola persona, las coacciones de un jefe que no acude a diario pero que, cuando lo hace, exige mucho más de lo que el empleado puede acometer por sí solo. Mi madre intuye todo esto, pero yo sólo intuyo la intuición de mi madre. Somos en ese instante una posibilidad de conversación, aunque la timidez del empleado y la acumulación del trabajo lo obliguen a resolver con la mayor premura el trámite, a encerrarse de nuevo en la oficina contigua y despedirnos con otra sonrisa que, esta vez, parece ensombrecida por un toque de melancolía. La soledad volverá a succionarlo mientras nosotros bajamos las escaleras, salimos a la calle y nos vamos a una cafetería a tomarnos un jugo de naranja. En el bolso de mi madre faltan ahora unos papeles o, con suerte, hay un reloj que pudo rescatarse de la casa de empeños, pero el jugo de naranja hace que lo olvidemos todo, la oficina, el empleado, los trámites, la soledad. Para mí, en esos momentos, acompañar a mi madre a resolver unos asuntos que no entiendo es como bañarme en un mar de olas muy suaves por las que puedo dejarme transportar hasta una orilla mullida.


Recuerdo, especialmente, una de esas visitas. Debía de tener yo seis o siete años, pues el bolso de mi madre y mi cabeza están a la misma altura frente al mostrador de la oficina. Hay un sofá a la derecha, pero yo prefiero permanecer de pie, miro con avidez una cristalera –lo estoy recordando ahora– que da a la calle y por la que entra mucha luz, aunque los muebles oscuros de la oficina, el tono viscoso de la voz del empleado, que parece contrariado, e incluso la parte del mostrador, demasiado alto, que me impide ver la cristalera completa, sustraen gran parte de la luz que entra del exterior. El recuerdo es más intenso que el de otras ocasiones. Puede deberse a que era más importante lo que mi madre debía resolver allí, acaso yo la había notado nerviosa por el camino, más preocupada que de costumbre por las complicaciones administrativas. Me transmite, lo percibo, cierto desasosiego y, mientras conversa con el empleado a quien apenas le veo la cara, me escurro por un lado del mostrador para contemplar la oficina, las mesas, los archivadores, los tinteros, el papel secante, las perforadoras, los calendarios, la radio, que a esa hora debía de sonar baja, todo un mundo nuevo para mí en el que siento que, durante un tiempo incalculable, mi madre está atrapada sin saber bien por qué. La conversación se demora más que otras veces. No hay la cordialidad habitual, sino una seca negociación en la que ninguna de las dos partes parece querer ceder. El ventanal sumerge la oficina en una luz que la hace flotar fuera del tiempo. Alguna vez ha regresado a mí en sueños esa imagen y la he ubicado en otra ciudad, en otro país, en algún lugar del cono sur en el que mi madre y yo somos emigrantes de primera generación y los empleados, de segunda o de tercera. El proceso llega en algún momento a su fin. Mi madre consigue que su demanda sea atendida o que le sea devuelta la pieza empeñada, o acaso simplemente poder recoger un envío con recargo de aduana, cualquiera de esos trámites que en esta ciudad, hace cuarenta años, debían de resultar especialmente tediosos. El bolso de mi madre está de nuevo junto a mi cabeza. Sé que guarda en él algo valioso. Me tranquilizo. Vamos a salir de aquí triunfantes. Sospecho que nunca más tendremos que volver. Tengo la sensación de que ese lugar ha estado a punto de engullirnos como una espiral y propulsarnos a una dimensión paralela del tiempo. Por suerte, mi madre se despide del empleado gris, me toma de la mano, bajamos en silencio la escalera y, cuando estamos en la calle, hemos regresado a la realidad, somos quienes somos, madre e hijo sonrientes, y nos espera un delicioso jugo de naranja.

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