sábado, 2 de marzo de 2019

LA BAYETA


Ahora no toca exterminarlos: toca convivir con ellos. Toca dejar que ocupen las paredes blancas, el techo mugriento, las persianas de mimbre, la loza puesta a secar.

Hubo una época, la recuerdo bien, casi la recuerdo mejor de lo que comprendo este tiempo de ahora, hubo una época en que dedicaba varias horas cada tarde a exterminarlos. Primero probé con sustancias venenosas que rociaba sobre ellos, pero me desagradaba el olor que dejaban en el aire, las manchas de humedad en las paredes, así que tuve que buscar otros métodos. Usé los paños de cocina, que doblaba a la mitad, pero eran demasiado fofos y ellos se escapaban fácilmente; usé toallas de mano, algo más recias, pero casi siempre lograban escabullirse entre los surcos de la tela, quizá aturdidos,  a veces, por el golpetazo, pero en cualquier caso indemnes, a salvo. Tardé un poco en encontrar la solución definitiva, la estratagema que iba a permitirme exterminarlos, aunque para ello tuviera que desplegar un minucioso y paciente trabajo de acoso y derribo una tarde tras otra. Humedecí una bayeta de las que se usan para secar el fregadero y la doblé en dos para que el golpe dado con ella fuera lo suficientemente preciso e inesperado. Así, con cautela, sigiloso, me acercaba a uno de ellos y me colocaba a su espalda, con la bayeta alzada por encima de la cabeza, estirada hacia atrás, calculando la distancia justa para golpear la pared, el plato, la mesa, el techo, el cable, el mueble, la cafetera, la persiana, la puerta, el poyo, la ensaladera, el extractor donde uno de ellos se hubiera posado. Entonces… ¡zas! Mi ataque era casi siempre infalible y allí, en la pared, en el plato, en la mesa, en el techo, quedaba aplastado un pequeño cuerpo, una muesca insignificante que recogía con la misma bayeta y tiraba por el sumidero. Resultó fascinante el momento en que los pocos que iban quedando detectaron su final, de algún modo lo olfateaban o intuían, pues empezaron a agruparse en el techo, a cierta distancia unos de otros, como si tuvieran la esperanza de no ser alcanzados allá arriba. Entonces colocaba debajo una silla, me subía en ella, calculaba el ángulo y lanzaba la bayeta contra el objetivo. A veces, en las esquinas más alejadas, tenía que lanzarla literalmente, pues era imposible llegar con la mano, y era entonces cuando más difícil era aniquilarlos. Ellos parecían saberlo y cada vez más reculaban hacia las esquinas del techo, por encima de la nevera, en la parte de arriba de los muebles de cocina, como si fuera ese el último lugar inexpugnable. Pero yo me volvía cada vez más avezado en el lanzamiento de bayeta y mi puntería dejaba menos resquicios, cada vez menos escapatorias. Llegó, al fin, el día en el que los exterminé. La cocina resplandecía impoluta. El fregadero, el microondas, la cafetera, las persianas, la freidora o las tazas de café no eran ya los lugares en los que se posaban, es más, parecían no haberlos conocido nunca, y yo podía sentarme a degustar un té o podía fregar la loza o preparar unos espaguetis a la carbonara sin que a mi alrededor ellos revolotearan o estuvieran posados junto a mí en posición de descanso.

Hace poco volvieron. Coincidió con un aumento de las temperaturas. O quizá tuvo más que ver con una basura que quedó demasiado tiempo sin sacar. Empecé a verlos en los lugares de siempre, con las costumbres de siempre, pero esta vez eran más numerosos, más descarados. Dejaba un plato sin fregar por la noche y por la mañana había decenas de ellos sobre él. Una mera cuchara que quedara sobre la mesa tras el desayuno provocaba que por la tarde las persianas se habían llenado de ellos. Daba igual que tirara la basura todos los días, que fregara por las noches, o nada más terminar de comer, daba lo mismo que no dejara ni una miga de pan sobre la bandeja o que guardara toda la fruta en la nevera: allí estaban ellos otra vez, pero en mayor cantidad, abrevando en el fregadero, libando en los manteles, descansando en las puertas de los muebles de cocina. Supe de inmediato que había llegado el tiempo de convivir con ellos. No les proporcionaría la menor posibilidad de alimentarse, vería cuál era su capacidad de resistencia. Sabía que cualquier minúsculo, o hasta microscópico, resto de materia orgánica les bastaba para engordar. Íbamos a tener que convivir un tiempo. Ellos tendrían su espacio en mi vida. Yo tendría mi espacio en la suya. Formaríamos una especie de familia. Yo me desintegraría en su comunidad sin individuos y ellos empatizarían con mi individualidad sin colectivo.

Llegará un día en que no quedará memoria de que una vez fueron exterminados, de que luego dejaron de serlo y convivimos. Llegará un tiempo en que una bayeta no será una bayeta, sino el resto visible de una comunión.    

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

ENTRADA DESTACADA

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mient...

ENTRADAS POPULARES