sábado, 9 de marzo de 2019

EL CAMINO


Muchos años después, emprendí el mismo camino, el camino que no había podido terminar, pero desde el extremo contrario al de entonces. Esta vez, sin embargo, sabía que no iba a poderlo terminar, pues conocía su distancia y era consciente de que la noche caería como una losa sobre el cuerpo. Habían pasado casi veinte años y yo no había vuelto a acercarme por allí. Había evitado ir como si fuera un lugar maldito. Sabía que aquel camino se había convertido en una obsesión, en un malsano rasguño en la memoria. Desconocía lo que me había impedido entonces terminarlo, pues nada se había interpuesto entre el camino y yo: era algo extraño, una sensación que no sabría verbalizar, lo que, apenas a la media hora de empezar, me había hecho darme la vuelta. Sentía como si me vigilasen, pero no desde fuera de mí, sino desde dentro. Cuando veía una retama, había en su interior ojos que se confundían con los míos. Una tela de araña desprendía de su centro una irradiación que me cegaba como si colapsase mi entera capacidad de ver. Era acaso el sol, la caída a pico del sol sobre el cuerpo en medio del camino, lo que me había impedido continuar. O tal vez el volcán. Allá arriba, inmenso o, mejor, sin una dimensión cuantificable, tumultuoso y voraz, vertiginoso y terrible, el volcán amenazaba succionarme en cualquier momento, arrastrarme hasta sus laderas estriadas, izarme hasta su cráter blanquecino. En cada paso repercutía una vibración, cada paso sonaba como si no fuera exclusivamente en el camino donde se daba, sino en la piel del tiempo, una piel muy delgada y sensible, una costra formada sobre innumerables heridas que yo venía ahora a rasguñar con mis pisadas de senderista aficionado. Ahora, muchos años después, todo era distinto. No importaba gran cosa casi nada. El volcán estaba del otro lado, pues, como dije, había iniciado el sendero desde el extremo contrario. Desde ese otro lado, ahora, el volcán no parecía ya una amenaza. Seguía siendo inmenso, sí, no había cambiado ni un ápice desde entonces, y sentía su tiempo geológico superponerse al mío biológico como una ola que arrastra un grano de arena hasta el interior del océano, pero, a diferencia de entonces, esa succión, esa capacidad infinita para subsumirme en el tiempo del volcán no me turbaba, al contrario: era un alivio, me sentía ligero a su lado, como un niño que correteara a los pies de un gigante benévolo. Otra, muy otra era ahora la amenaza: procedía de entonces, de la presencia en mi memoria de aquel otro camino, que era el mismo, pero intacto, no pisado todavía, no conocido como lo era este de ahora, aunque lo hubiera abordado desde el extremo contrario. En filigrana, bajo el camino que había empezado a recorrer, se transparentaba el camino de entonces, con la impotencia de entonces, con los murmullos de entonces susurrándome que no debía seguir. A mi alrededor iba agolpándose la tarde y lo que había sido bendecido por la gracia de una luz prístina, dorada, caía en manos de la sombra con la facilidad con que se apaga en un castillo el tumulto de las antorchas: roque a roque, cresta a cresta, planicie a planicie, los lugares iban perdiéndose en la intangible penumbra, y la luz se retiraba al extremo del castillo, a un borde o línea de demarcación entre lo visible y lo invisible, y se convertía en una rosa frágil, en un balbuceo rosáceo. Llegaba un momento en que no se sabía si de aquel borde procedía la luz que quedaba o si era allí donde se derramaba la luz final para morir. El camino se había transformado ya hacía rato en la imposibilidad del camino. Por mucho tiempo que hubiera dejado pasar, estaba maldito. Nunca lo recorrería por completo. No eran sino cuatro kilómetros y medio, pero entre su principio y su fin, que eran intercambiables, se interponía la putrefacción de la memoria, la lepra del recuerdo. Había, de hecho, en sus inmediaciones, un antiguo y poco conocido sanatorio donde en otro tiempo llevaban a enfermos desahuciados. Cuando salió a mi encuentro, de improviso, me pregunté si sería parte de la maldición del camino, si esos cubículos abandonados serían algo más que la proyección de mi propia calamidad. Supe que nunca volvería a transitar por allí. Había intentado recorrer el camino en dos momentos distintos de mi vida. Sus sinuosidades, las pavorosas figuras que se iban mostrando a medida que avanzaba, bloques rizomáticos con los que el viento jugaba desde hacía milenios, paredes de piel de cocodrilo, farallones de lava o máscaras funerarias, quedarían para siempre contraídas en la imposibilidad de recorrerlo. El camino, todo él, quedaría, de hecho, convertido en un vertiginoso bucle del que yo no saldría jamás y al que tampoco podría entrar nunca. Poco antes de volver, como si fuera a quedarme en una de las celdas del antiguo sanatorio, miré por la ventana y vi que lo habían dispuesto todo para la cena. Una cena de retama cocida, arena gratinada y viento al pilpil en salsa de eternidad.    

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