sábado, 2 de febrero de 2019

PERFORACIONES


No es que la ciudad esté vacía, cosa que podrían desmentir, por ejemplo, el antiguo edificio de los multicines habitado por el polvo y los cascajos, o tantos solares en los que ya no se construye y crecen plantas cuyos nombres jamás conoceremos. No es que la ciudad esté vacía, sino que hay un vacío alrededor de la ciudad. Ese vacío intenta infiltrarse por todas partes, enroscarse en nuestros pasos, derramarse sobre las aceras para llenarlas de chicles, vómitos, vasos de plástico, preservativos usados, sangre de gente apuñalada.


Caminamos por un lugar rodeado de vacío y nuestra mirada, en cambio, a medida que avanzamos, intentar perforar lo que no es perforable, lo que no tiene sustancia, lo que, si existe, existe a la manera de la nada aunque no sea lo mismo que la nada: ese límite viscoso de la ciudad. Esto es válido tanto si la atravesamos en un recorrido transversal como si lo hacemos de arriba abajo, tanto si emprendemos un ascenso entre las partes bajas y las altas como si, una vez situados en alguno de sus márgenes, decidimos abrirnos camino directamente hasta el centro, donde lo único que nos espera es el lugar con la mayor concentración de vacío a su alrededor.


Podemos sentarnos en la terraza de una cafetería situada en los sótanos del antiguo edificio de los multicines, protegidos por un muro por encima del cual la acera supura de vez en cuando transeúntes o sombras y que nos hace llegar, amortiguado, el sonido de las histéricas bocinas del tráfico. Y en ese café hundido, o bien en el té del sótano de antaño, lo que saboreamos no es el vacío del té ni el del café, sino la sensación de que la bebida está siendo perforada por algo que viene de otro lado, una vaharada de efluvios imprecisos que, a cada sorbo, contaminan nuestro café caído, nuestro té pisoteado.


El baño de la cafetería situada en los sótanos del edificio de los antiguos multicines sigue siendo el que fuera el baño de los antiguos multicines. Para llegar hasta allí hay que atravesar el antiguo vestíbulo, que, aunque pueda parecerlo por los techos desmoronados, los trozos de cristales repartidos por el sueño y las paredes desportilladas, no fue objeto de un bombardeo sino tan sólo víctima de un abandono de décadas, el mismo antiguo vestíbulo en el que las familias hacían cola para ver con unas gafas de cartón películas en tres dimensiones de las que salían propulsados hacia los niños unos dinosaurios con las fauces abiertas, y entonces la sala se llenaba de un griterío que sólo podía comprenderse si se llevaban puestas esas gafas –había niños que se las quitaban para no sufrir y otros que lo hacían para ver desde fuera el sufrimiento de los demás, pero sin comprenderlo del todo.


La ciudad, encerrada entre el gris oscuro del asfalto y el gris claro del cielo, no está vacía: la rodea un vacío que intenta infiltrarse por cada pasadizo mientras la mirada procura atravesarla por esos mismos pasadizos. A medio camino, pues, se encuentran el vacío y la mirada, se colocan el uno enfrente de la otra, mientras la ciudad agoniza encerrada entre dos grises, y no hay ninguna posibilidad de que el vacío o la mirada puedan cederse espacio mutuamente, pues son instancias antagónicas que no se pondrán nunca de acuerdo. La mirada sube por las laderas atraída por los árboles que parecen estar muy cerca del cielo, y el vacío, que viene de ese mismo cielo, atraviesa las ramas de los árboles para disponerse a bajar por la ladera. Lo mismo ocurre por el lado contrario, el del mar y el horizonte. En el punto en que se tocan el vacío y la mirada se establece el equilibrio que mantiene en vilo a la ciudad. La permanente y lúcida agonía que respiramos al terminar nuestro café de entresuelo o nuestro té prehistórico es tan sólo el resultado de ese equilibrio de fuerzas.


Avanza hacia nosotros, cada vez más cerca del centro de la ciudad, un vacío que no logramos imaginarnos, y a medida que nos desplazamos, casi a ciegas, o por lo menos con la menor incidencia de determinación o voluntad, la mirada se desprende de nosotros como si, sujeta hasta entonces por el bozal de la memoria o de la identidad, se hubiera liberado de todo obstáculo que le impidiera salir en busca de lo que está más allá de la ciudad. No hay ninguna posibilidad de que lo alcance, nos decimos ya al subir las escaleras que nos sacan del sótano del antiguo edificio de los multicines, pues, por muy transparente que fuera el aire, que no lo es en absoluto, y por muy vertiginoso que sea el impulso centrífugo de la mirada, acabaría tropezándose con el viento propulsado desde el vacío envolvente, un viento que no sopla ni puede percibirse, algo así como un viento quieto parecido a la raíz profunda de un árbol, o a las rocas que yacen en el fondo del mar, y ese viento se situaría delante de la solemne aventura de los ojos para decirle a la mirada que cualquier camino ha sido cegado, que no hay transferencia posible salvo la que tiene lugar entre la desaparición y la pérdida.


Y cuando estemos ya camino de casa, al final del paseo, nos habremos convencido de que era verdad que la ciudad no estaba vacía, pues habremos visto vida a raudales por las calles y estaremos seguros de habernos sentido nosotros mismos vivos, verdaderos, reales en nuestras andanzas matutinas, un poco decepcionados, es verdad, por no haber podido concederle a la mirada ese capricho que nos exigía, pero también complacidos por haber logrado mantener a raya el vacío, ese viento quieto, profundo, desconocido.

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