domingo, 10 de febrero de 2019

EL PROBLEMA DE UN ESCRITOR


Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. Esa era la frase que figuraba al final de la biografía de un escritor que había hecho todo lo posible por borrarse. Publicó un único libro de cuentos en una edición de escasa tirada. Escribió una novela, la presentó a un concurso, ganó el premio, pasó por una oficina a recoger el manuscrito enviado, se fue de juerga para celebrarlo y perdió los papeles, es decir, el manuscrito, en alguno de los tugurios que visitó aquella noche. Años después terminó dos guiones cinematográficos para películas que nunca se rodaron (¿acaso se rodaban películas por entonces en la isla?). Pasó treinta años escondiéndose: en los bares, en las cuevas del barranco, en pensiones de mala muerte. Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. El panel que habían atado a una farola frente al hotel contenía, además de su biografía, un fragmento de uno de sus cuentos. Un hombre, que era posiblemente él mismo, el propio autor, o su álter ego, gustaba de pasear en las noches sofocantes de verano por la rambla. En una terraza, siempre la misma, se tomaba unas cervezas. Pero el ambiente no le parecía tan juvenil, tan bullanguero, como entonces, decía. Como en su juventud, se suponía. Algo se había perdido, sin que se supiera por qué. Y él era una especie de superviviente. Su ritual de pasear por la rambla constituía un ejercicio de resistencia, una modo de pervivencia del pasado. Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. Esa era la primera frase de la biografía que había leído, y lo primero que entendí es que el problema del escritor, fuera cual fuese, había sido superado gracias al alcohol. Me había sorprendido leer que el alcohol lo había ayudado a dominar su problema. Había entrevisto que esas noches regadas con cervezas y, quizá, en épocas más tardías, con vino y con whisky, se habían convertido en mecanismos para deshacerse de traumas y dificultades, y las bebidas alcohólicas habían aparecido en mi mente como canalizadoras de toda la desgracia que un escritor pobre, homosexual y autodestructivo podía acumular en los años finales de su vida. Lo que la frase quería decir, me di cuenta enseguida, era justamente lo contrario. Que el escritor había luchado contra el alcohol y lo había vencido. Que había logrado reivindicarse como ciudadano respetable a pesar de su pasado disoluto. Me dije que lo que pretendían era blanquear su biografía, convertirlo en un converso y hacer que las cervezas del cartel se volvieran inofensivas. Toda una escritura organizada para derribarse a sí mismo, toda una vida planteada como una progresiva y sistemática autodestrucción, quedaban reducidas a un caso ejemplar de superación y autodominio. Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. Faltaba por ver cuál era el problema, en qué consistía aquello que la bebida había logrado dominar. Quizá el problema era la propia escritura. Acaso se trataba de que la escritura había sido borrada por el alcohol: la propensión a escribir cuentos se había vuelto cada vez menos impetuosa gracias a las cervezas; la novela premiada se había perdido en una noche de juerga tras haber ganado el premio que iba a convertirlo en uno de los escritores más prometedores de la isla; los guiones, escritos con la convicción de que nunca se rodarían las películas, habían sido destruidos acaso en arrebatos etílicos en medio de los cuales tal vez vislumbrara algunos fotogramas, escenas rodadas en barrios marginales, actores y actrices relumbrantes. ¿El problema de todo escritor no es la escritura? Bebiendo, emborrachándose, terminando tirado de madrugada en las jardineras de la rambla, había logrado darle carpetazo a su patética necesidad de escribir. Las palabras no ensuciarían más sus sueños. Las noches en los cafés tristes quedarían para siempre sin decirse, regadas en whisky barato de contrabando, entre las risas putañeras de los que no escribían ni maldita la falta que les hacía. Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. Había sido un héroe, al final. Había vencido al monstruo y lo había hecho con las únicas armas que podían vencerlo: la destrucción, el abandono, la inconciencia. Había vencido a los sueños con desnutrición, a los relatos con vino del país, a toda la morralla de la imaginación y el pensamiento con toneladas de Johnnie Walker. Un día se despertó en una cueva del barranco. Apestaba, y no sólo a alcohol. No sabía cómo había llegado hasta allí. Su mente era una nebulosa. No recordaba la cara de sus padres. Su nombre flotaba como una sardina recién pescada a la altura de sus ojos, agitándose a punto de morir. Pero había algo nuevo en aquella mañana. Por fin, tras tanto intentarlo, después de treinta años dando la batalla, había vencido a la escritura. Supo que en realidad no había escrito nada, que acaso había soñado escribir y que, si por casualidad llegaba a encontrarse el manuscrito de su novela perdida o algún viejo ejemplar de su libro de cuentos, su supuesta autoría no significaba nada: sus amigos podía haberle gastado una broma haciéndole firmar esos libros o bien podría haberlos escrito otro con un seudónimo que coincidía con su nombre. Él nunca había escrito nada. No era sino un borracho que despertaba un día cualquiera en una cueva del barranco. Casi no tenía ni nombre. Al final de su vida consiguió dominar su problema con el alcohol. Algo, me dije, que no consigue casi nadie.  

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