martes, 12 de febrero de 2019

BAJO EL NUEVO PUENTE

Bajo el nuevo puente, cuyo pretil no deja ver el barranco, pues ha sido construido en forma de pendiente elevada, acaso para que a nadie se le ocurra la idea de tirarse, o simplemente porque el barranco avergüenza, porque siempre se ha creído aquí necesario esconder que habitamos una ciudad descoyuntada; bajo el nuevo puente, en una zona de sombra junto a una acera por la que nadie transita, una acera de la vía de cornisa, diseñada para que nadie transite por ella pero para que al mismo tiempo pueda ostentarse como instalación deslumbrante, pavimentada con los materiales más novedosos y alumbrada con farolas de diseño; bajo el nuevo puente, en ese recoveco que dejan en sombra las dos aberturas de un pequeño túnel, como si se hubiera calculado que no iba a llegar hasta allí la luz de ninguna farola, pero que desde lo alto del puente, desde la pasarela peatonal por la que transitaba yo a aquella hora, se distinguiría en la penumbra lo que allí se ocultara, distinguí, creí distinguir un cuerpo que no parecía estar ni de pie ni sentado, ni tampoco tumbado o arrodillado, un cuerpo que parecía estar de cuclillas como si buscara un objeto caído a sus pies; bajo el nuevo puente, allí donde las sombras se reúnen con la poca luz que proyectan las farolas, pese a ser de diseño, en una zona propicia para que las cosas se pierdan y no se encuentren nunca, alguien que parecía llevar un abrigo, alguien corpulento, o en todo caso de envergadura superior a la media, se había acuclillado con el objetivo aparente de buscar un objeto que se le hubiera caído, aunque lo cierto era que parecía llevar en esa posición un buen rato, sin moverse, sin encender una linterna para buscar nada, lo que me hizo pensar si no estaría buscando simplemente empequeñecerse, quedarse reducido a lo que el cuerpo ocupa cuando se contrae triplemente, pues no en otra cosa consiste ponerse de cuclillas, contraer las piernas, contraer el torso, contraer el cuello, empequeñecerse o desaparecer en una zona de sombra desde donde nadie tendría que verlo, nadie salvo que hubiera alguien en el preciso punto de la pasarela peatonal de lo alto del puente donde yo me detuve; allí, bajo el nuevo puente, no parecía haber nada si daba unos pasos o si se los retrocedía, eso lo comprobé dando unos pasos y retrocediéndolos, pues me dije que no era posible tanta casualidad como la de haber mirado hacia aquella zona del barranco justo en el lugar en el que era posible vislumbrar un cuerpo que se hubiera parado en la cuña de sombra, sobre todo porque cuando camino suelo ir mirando más hacia mis pies que hacia delante, aunque es verdad que a veces levanto la mirada hechizado por la luz de una ventana, o de una habitación entera que brilla transparente y cuyos habitantes flotan como en una pecera mientras miran la televisión o beben una copa de vino; bajo el nuevo puente, me dije, ese que ha sido construido para conectar zonas de la ciudad que antes estaban separadas, pero que impide mirar hacia el barranco, no sea que el barranco nos susurre lo increíble que sería desplomarse treinta metros en caída libre y dar con nuestros huesos sobre su lecho rugoso, en la zona de sombra donde si alguien se detiene lo hace para desaparecer, no sólo de la vista de los demás, desaparecer en una ciudad en la que nadie deja que nadie desaparezca, sino también desaparecer dentro del propio cuerpo, encerrar su cuerpo en su cuerpo, doblegarlo, doblarlo, duplicarlo acaso, tragárselo, inocularse el propio cuerpo como una vacuna contra el cuerpo, en esa zona situada entre los dos grandes ojos del túnel de la vía de cornisa, había alguien que en aquel mismo instante estaba acuclillado mientras yo podía verlo como por un catalejo, desde un punto de visión privilegiada que desaparecía con mi propio movimiento, lo que me llevó a pensar que, en cierto modo, y sin que fuera posible saber si lo hacía a propósito o no, la persona corpulenta que aparentemente se había agachado a buscar algún objeto caído a su pies me estaba obligando a detenerme, me forzaba a no moverme de mi sitio si no quería dejar de tener aquella visión, pues de una especie de visión se trataba, mágicamente alumbrada por una posición precisa, misteriosamente producida por mi fortuita mirada hacia la parte baja del puente, lo que, en cierto modo, podía querer decir que algo estaba a punto de ocurrir allí, quiero decir que si había sido “elegido”, voluntaria o involuntariamente, por el individuo del abrigo para presenciar su búsqueda o su intento de disminución, algo debía de ocurrir después, podría ser que encontrara lo que estaba buscando o que consiguiera desaparecer dentro de su propio cuerpo como una paloma en el interior de una chistera, cualquier acontecimiento era posible, pues lo único cierto era que aquella persona estaba completamente quieta en la zona de sombra donde tan sólo yo podía contemplarla y que daba la impresión de que el siguiente paso tuviera que ver con una salida o con una incorporación mayor en la negrura; pues a una zona de sombra, me dije, no se accede si no es para abandonarla en dirección a la luz o para adentrarse cada vez más en la oscuridad; allí, bajo el nuevo puente, junto a la acera por la que no pasaban transeúntes, junto a la vía de cornisa que apenas atravesaba un coche muy de vez en cuando, y es seguro que los conductores de ese coche sí verían el bulto agachado en cuclillas y se quedarían pensando qué hacía en ese preciso lugar alguien que portaba un largo abrigo y parecía inmovilizado o fundido con la sombra, allí, bajo el nuevo puente, el personaje misterioso no hacía movimiento alguno, como si tuviera la vista fija en un punto del suelo, en un lugar que sólo él veía y que yo me imaginaba como un pequeño agujero, una incisión o incluso un trozo de cristal de una botella rota que, iluminado por la magra luz de las farolas, reflejaba parte de la ciudad, las columnas de un puente nuevo, una pasarela elevada, la figura delgada, sin rostro, de alguien detenido allá arriba, alguien que parecía buscar a lo lejos una imagen perdida para, en ella, desaparecer.

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