sábado, 29 de diciembre de 2018

LA LUZ DE LAS LINTERNAS


Para bajar estas escaleras es preciso encender la linterna, menos mal que hoy en día los móviles vienen provistos con linternas, pues hasta hace unos años hubiéramos debido usar mecheros o caminar a ciegas, pues es total la oscuridad aquí, tanto en las escaleras como en el paseo al que conducen. Menos mal que hoy en día basta con llevar un móvil en el bolsillo para iluminarnos los pasos. ¿Ves allá enfrente, en la montaña, esas otras luces de linterna? Son también linternas de móviles, las han encendido unos jóvenes cuyas voces llegan hasta aquí, hasta el paseo que da sobre el barranco. Conozco ese costado de la montaña, pues lo he transitado a veces de día. Hay un sendero que sube varios kilómetros hasta un estanque rodeado por una valla metálica. Pero esos jóvenes no vienen de tan arriba, sólo han subido unos cientos de metros para fumarse unos canutos y beberse unas cervezas. En una noche así, intersticial, a dos días del fin de año, pero en sábado, apetece quizá algo diferente a lo que se hace normalmente, apetece subir por el camino de la montaña hasta alguna explanada, o hasta una de las casas abandonadas, casi del todo derruidas, en las que se puede, sin embargo, permanecer un par de horas tocando una guitarra mientras se fuma y se bebe a la luz de las estrellas. ¿Oyes las voces frescas, risueñas, acompañadas por la luz de las linternas? Ya deben de estar de vuelta, los jóvenes, pues parecen estar bajando y cierta alegría se trasluce en el tono. Desde aquí se los oye y se los ve, deben de ser cuatro o cinco, y no saben que los observamos, pues hemos apagado la linterna y estamos callados escuchando el silencio sólo roto por esas risas transparentes que se van descolgando montaña abajo. Hacía mucho tiempo que no veníamos a este lugar. Cuando aún no ha anochecido, se ve a grupos que se reúnen al final del paseo, en una especie de mirador sobre el barranco, y que cuando llega la noche se transforman en sonido puro, en voces, risas, música, un sonido que se va apagando a medida que los grupos se retiran y se queda vacío el mirador. A veces hemos estado allí, en ese lugar, cuando ya se ha marchado todo el mundo, y nos hemos preguntado por su ausencia. Hemos pensado que hasta hacía poco rato había una serie de grupos que se susurraban historias, que canturreaban acompañados de guitarras, que fundían sus cuerpos con la luz destilada por los astros. Y nos hemos preguntado por qué nos habíamos quedado hasta el final, si era para encargarnos de custodiar todo lo perdido, lo ido, lo pasado, o si acaso lo hacíamos para que nuestra conversación, nuestros secretos, las canciones que también nosotros cantábamos, no fueran atesorados por nadie cuando nos marcháramos. ¿Crees que hay una conexión entre el mirador y la montaña? Sé que desde el mirador hay un acceso hasta el barranco, y que una vez que se ha cruzado al otro lado es posible subir por la ladera hasta el camino principal que recorre la montaña. Pero dudo que esto pueda hacerse de noche, ni siquiera con linternas, salvo que se conozcan muy bien los recovecos del barranco. A veces, cuando hemos venido a esta hora, de noche, cuando todo el mundo se ha ido, y nos hemos apostado en la baranda del paseo que da sobre el barranco, nos hemos preguntado cómo hubiera sido ser ellos, ser los jóvenes que, en noches como esta, llevan sus guitarras, unas latas de cerveza, unos canutos, hasta el recinto de una vieja casa abandonada, o hasta alguna pequeña explanada junto al camino, cómo hubiera sido ser ellos para sentir la libertad absoluta de la noche, la confusión de sus sustancias con nuestras sustancias, la dispersión de las voces y la conjunción de los cuerpos, todo ello sin ser precisamente nosotros, siendo ellos, siendo otros, ¿o acaso no somos ellos ahora que los contemplamos reír mientras descienden con la loca luz de las linternas enredada a sus pies? ¿No somos o hemos sido ellos, no lo seremos alguna vez, cuando queramos, nosotros que contemplamos desde esta oscuridad, sin ser detectados, el tiempo que se escapa, la rueca que forma el hilo que habrá de ser cortado, el fondo ciego del barranco al que un día habremos de lanzarnos? ¿No eres tú aquel que acaba de hablar, no es ese tu tono de voz, no es esa la palabra que pronunciaste un día de finales de diciembre, antes de fin de año, hace tanto, y no soy yo quien te contesta y te dice que aún es temprano para regresar, quien te convence de volver a la casa abandonada para seguir bebiendo hasta que amanezca sin preocuparnos por el estado en que nos encontrará la luz de la mañana? Estamos aquí, al pie de la escalera, en el paseo sin iluminación, mirando las estrellas, escuchando unas voces que no nos pertenecen, soñando con pertenecer a otro mundo, al borde de nosotros mismos, sin la conciencia de quiénes somos exactamente, sin saber muy bien por qué estamos aquí ni cuándo volveremos, sin preguntarnos nada, tan sólo escuchando, escuchando unas voces, vigilando el regreso de los jóvenes montaña abajo, dibujando en nuestras mentes el recorrido de las luces de sus linternas encendidas y uniéndolo a lo que conocemos del trazado del camino. Pronto también nosotros nos recogeremos, pero no antes de que ellos regresen y apaguen sus linternas. Hemos de asegurarnos de que todo queda a oscuras, una noche más.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

ENTRADA DESTACADA

LA IMAGEN

Es una imagen, siempre una imagen, pero ¿qué hacer cuando la imagen se ha perdido? Saber que la hubo hoy, que al doblar una esquina o mient...

ENTRADAS POPULARES