viernes, 28 de diciembre de 2018

EL LUGAR DONDE VIVO

No es la primera vez que me ocurre, pero creo que es la primera vez que me da rabia: no poder proseguir una lectura porque se interpone la escritura, el deseo de escribir, una compulsión que se materializa en un cosquilleo de los dedos, una musiquilla inaudible que rezuma por los poros de las yemas y que, si se dispone de un teclado –pues se trata en estos casos de una escritura que se teclea, martilleante, contusa–, se vuelca sobre las teclas y se da a luz a sí misma, una escritura que hace nacer la escritura pero que en realidad ha sido procreada por unas líneas leídas, por una asociación de palabras, por unas palabras leídas que recuerdan otras escuchadas, o unas palabras que, al leerse, desvelan lo que nunca se acabó de leer, ¿o acaso es posible que sea el mero acto de la lectura, en abstracto y sin necesidad de recurrir al texto que se lee, lo que genera la escritura? No estoy seguro. Quizá el proceso es más simple y se trata tan sólo de que unas palabras producen una imagen que produce a su vez el deseo de decirla. En cualquier caso, no sé muy bien qué palabras leídas fueron las que me llevaron a visualizar aquella bañera que compartí hace tantos años con alguien a quien acababa de conocer. Es posible que fuera un verso que reza el lugar donde vivo, un verso sencillo que podría haberme hecho recordar cualquiera de los lugares donde he residido, pero que leído ahora, así, quizá por hacerlo en estos días de vacaciones, días de distancia y de respiración, de agobios menos pesarosos y tiempos más flexibles, me ha llevado a recordar aquella residencia universitaria y la bañera del cuarto de baño donde una vez compartí con alguien a quien acababa de conocer unos juegos eróticos bastante inocentes para nuestras respectivas edades. Lo curioso es que en mi recuerdo el lugar en que conocí a esa persona está ubicado en unas calles que no son las de la ciudad donde vivía entonces, sino las de una ciudad posterior, más grande y cosmopolita. De hecho, los demás recuerdos asociados a esa persona, especialmente el de un desayuno compartido en una terraza de una avenida principal en donde juraría haber saludado a varias personas más, conocidas o recién presentadas, gente que se marchaba o que llegaba, están todos ubicados en aquella ciudad posterior. El recuerdo de la bañera, sin embargo, por algún extraño motivo, está incrustado en el estudio de la residencia universitaria donde viví en la primera ciudad, unos años antes, y es del todo imposible que esa escena haya ocurrido allí, pues fue en la segunda ciudad, si mi memoria no se confunde por completo, donde conocí a aquella persona. Un día nos cruzamos por la calle y me llamaron la atención su pelo largo, su tez morena, su belleza hasta cierto punto salvaje para alguien procedente del norte de Europa, su desenvuelta forma de andar, como si fuera todo el tiempo abriendo puertas invisibles o como si se preocupara muy poco por llegar a algún sitio y simplemente disfrutara de la acción de caminar. Todo eso, unido a una complexión robusta, a un atractivo indudable frente al que sólo cabía dejarse subyugar, hizo que me fijara en él. Creo que uno de los dos debió de empezar a seguir al otro a lo largo de aceras con árboles, por jardines frondosos, como los que hay en las urbanizaciones llenas de recovecos, y esos jardines y esos recovecos hacían que apareciéramos y desapareciéramos el uno para el otro. Aparecer y desaparecer incentivaba el deseo: ¿volveríamos a vernos al cabo de la siguiente esquina? Nada era demasiado seguro, como no lo fue nunca en aquella extraña relación que se prolongó durante algo menos de un mes. Lo único seguro fue la tarde de la bañera, los juegos de descubrimiento a los que nos entregamos con absoluta pasión, pero precisamente esa seguridad total está recolocada en el recuerdo, trasladada a un lugar anterior, extraída del tiempo real de nuestra relación, como salvada de la incertidumbre a la que al parecer estuvimos siempre condenados, ya desde el principio, desde las idas y venidas a través del laberinto de las calles y los jardines, como si quisiéramos vernos y dejarnos de ver y no encontrarnos nunca de verdad. Eso fue así incluso en la escena, que me viene ahora mismo a la memoria, que puso punto y final a ese juego del escondite: mi aparición en un bar al que creía haberlo visto entrar, y mi aproximación a la barra, sin haberlo descubierto todavía, hasta que acabé divisándolo en la última silla, sentado de espaldas, en medio del humo, con la melena cayéndole sobre los hombros, pero con la cara ladeada hacia la puerta, como si me esperara, o como si no estuviera seguro de que yo lo había visto entrar y temiera haberse escondido demasiado deprisa en aquel antro. Hasta en aquellos momentos, y en la conversación que mantuvimos, y que parecía absolutamente sincera, hubo siempre un reducto de incertidumbre. No recuerdo ahora si fue esa misma noche, creo que sí, cuando se vino a mi casa, pero sí me acuerdo con total intensidad de cómo me acerqué por detrás mientras él estaba mirando a través de una ventana, hacia el jardín, con la melena flotando en medio de la noche, y cómo le acaricié los hombros mientras el olor de su pelo aturdía la habitación, dejaba el rastro más punzante en cualesquiera de los sentidos, pues era más intenso que el tacto y que la vista, que el gusto y que el oído: el olor de su melena era capaz de matar si no se estaba preparado para lo peor, y yo no recuerdo haberlo estado, no recuerdo haber estado preparado para nada de lo que luego ocurrió, su invitación a visitar la casa de sus padres, la primera noche que pasamos en la buhardilla, la fiesta que allí, en ausencia de sus padres, tuvo lugar la segunda noche junto a muchos de sus amigos, la habitación comunal en la que esa noche dormimos quince o veinte personas sin que que yo estuviera seguro de si él dormía o no a mi lado, pues era tal la oscuridad, tal el mareo de la resaca, que unas veces creía reconocerlo por el olor de su melena y otras sentía que a mi lado dormía otra persona, chico o chica, mientras él iba y venía, se levantaba y se acostaba, me acariciaba y me abandonaba como había ocurrido siempre en su caso, salvo aquella vez en la bañera, donde fue indudable el encuentro, sin fisuras, con la luz plena del cuarto de baño iluminando los cuerpos desnudos bañados por el agua y el jabón, una luz que, lo recuerdo ahora, se encendía mediante una célula fotoeléctrica, y que era sin duda la del cuarto de baño del estudio de la residencia universitaria de la ciudad donde viví varios años antes de conocerlo. Es allí, en esa luz indudable, en esa bañera que iluminaba la presencia misma de los cuerpos, y cuya ausencia bastaba para que la luz se apagara e incluso donde, si no recuerdo mal, había alguna esquina en la que los cuerpos eran indetectables y la luz se apagaba después de unos minutos, hasta que un movimiento brusco, un regreso hacia el centro, bastaban para volver a encenderla; es allí donde la memoria sitúa la escena de la bañera, que ocurrió de verdad pero no allí, no pudo ser allí porque en aquella época todavía no nos habíamos conocido. Después de aquella fiesta en casa de sus padres, quizá por la acumulación de los cuerpos y la difuminación de los límites, o bien porque tuvo lugar allí algún encuentro del que no fui consciente, el contacto entre él y yo se fue debilitando. Fue como si la incertidumbre se decantara no por la cercanía sino por la distancia. Creo que el desayuno del que antes hablé fue nuestro último encuentro o, al menos, nuestra última cita, pues mucho más tarde, cuando la relación, o lo que fuera que nos vinculara, ya se había terminado, nos encontraríamos varias veces en una sauna. Una de ellas, recuerdo, estábamos sentados casualmente muy juntos, en medio de otros cuerpos, y volví a sentir el olor de su melena inolvidable. Creo que pasé la mano por su pelo mojado, por sus hombros, por su espalda erizada, y que él me sonrió con una mezcla de piedad y deseo antes de levantarse. Si mi memoria no me engaña, esa fue la última vez que lo vi. 


Y ahora sí seguiré leyendo. El libro se titula Sin mover los labios.

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