domingo, 23 de diciembre de 2018

ANTES DE CAER


Antes de caer, antes de caer, o de dejarse caer, una vez más, como una bola de superficie rugosa, con semipatas parecidas a muñones, extremidades que tiemblan al menor contacto con la turbiedad del asfalto o las aceras, antes de caer, o de dejarse caer, en dirección al mar, sin entreverlo nunca, o sentir siquiera su brisa, la fría brisa nocturna que el mar exuda en estos días de otro año que termina, habría que intentar leer hasta el final el libro que se dejó una vez a medias, tanto tiempo atrás, aquel que describía los vericuetos que nos saldrían al paso, el que contenía un mapa poco fiable de la ciudad, un mapa que, a pesar de sus incoherencias, era el único que podía servir para llegar hasta abajo, hasta donde desembocan todas las calles como los hilos de agua que recoge un embudo, habría que sentarse, en el borde herido entre una hora y la siguiente, en un rincón del cuarto menos visitado, allí donde los muebles se amontonan sin criterio porque son propiedad de quienes ya no existen, y sus dueños, quienes ya no existen, disponen los lugares precisos en que cada mueble irradiará hasta el fin de los tiempos su misteriosa incandescencia, allí, en un rincón de ese cuarto concebido para la expulsión, habría que sentarse a leer, a terminar de leer el libro dejado a la mitad, o hacerlo de pie en un ir y venir ansioso entre puerta y pared, entre puerta y pared, el libro de instrucciones, el manual de las exploraciones clandestinas que contiene el secreto de cada uno de los lugares de paso, de cada una de las estaciones que el pie habrá de hollar sin dejar de sentir el ardor insoportable de su tránsito, habría que hacerlo, sí, antes de caer, antes de dejarse caer, rodando como una bola de contorno rugoso y repulsivo, por una de esas calles que conducen al barrio portuario, al barrio que todos conocemos desde niños, ese lugar donde fuimos felices cuando peor se nos trató y que por eso mismo nos resulta ahora extremadamente seductor, pues no sabemos cómo ni por qué hemos perdido la sabiduría que antes nos daba el contacto directo con la baba heredada de ese racimo de casas junto al mar, no lo sabemos ni sospechamos siquiera cómo ha sido posible que nos cueste tanto decidirnos a caer, o a dejarnos caer, por una de esas calles, y son muchas, que llevarían directamente al origen de todos nuestros males, al lugar en el que nuestra enfermedad se curaría al ser incorporada a la primitiva enfermedad del nacimiento, son muchas, lo sabemos, y no nos atrevemos a pensar ni siquiera en elegir uno de esos accesos, cualquiera de esas bocacalles sucias que, en un giro imprevisto, dan de lleno en el corazón de la ciudad, nos depositan en la indeseada desnudez del mar abierto que, lo sabemos, lo sabemos, dejó de existir hace ya mucho tiempo para nosotros, y sin ningún esfuerzo ni ninguna resistencia permiten acercarse a las emanaciones primordiales, aquellas que ya no queremos ni sabemos aspirar, como si no nos fuera en ello la vida, como si se pudiera seguir viviendo de este modo, con una desconexión tan brutal de esas verdades íntimas que cualquier asomo de pureza, cualquier incitación perturbadora nos frena y reconcome, cercena los deseos de salir, de aproximarnos, recorrer, explorar o calibrar las posibilidades de un encuentro, sí, es verdad, basta una música fuera de lugar, un perfume traído por el viento desde lejos, una reminiscencia de algo que no sabemos si existe todavía, para paralizarnos en el instante mismo en que íbamos a comenzar a andar, sí, es verdad, pero no por eso desaparece lo que estábamos a punto de vislumbrar a nuestra espalda, la zozobra de lo que nos precede, el instante que nos propulsa, lo sabemos, y antes de caer, antes de dejarnos caer una vez más por las calles tantas veces transitadas, pero también, tantas otras, olvidadas, sabemos que estamos obligados a documentarnos, que sería preciso recurrir a los conocimientos que nos facilitaría nuestra propia ignorancia, pues hubo una vez, la hubo sin duda, en que fuimos otros y supimos que seríamos los que somos ahora, o al contrario, en cualquier caso sería preciso no perder de vista la importancia de todos esos conocimientos, retomar la lectura del libro que dejamos a medias aquella tarde, la tarde en que estábamos tomando un té tranquilamente en casa y nos pidieron que fuéramos a hacer la compra, o aquella otra en que la espera desveló todos sus agujeros como si fuera una tela raída e inservible, la espera junto a un reloj, junto a un teléfono, la espera en la sombra, junto a una puerta, junto a un espejo de grueso marco de madera, junto a unas estanterías llenas de figuras de falsa porcelana, la espera junto al abatimiento, la espera en el centro de la disolución, sería aquel el instante que ahora habría que recuperar como se retoma la lectura de un libro dejado a medias una tarde, pues antes de caer, antes de dejarse caer por el siniestro laberinto de calles en dirección al puerto y su inmundicia, debería saberse, sería preciso saber que el mar cuya fragancia llegaba hasta la casa de entonces, y cuya azul lejanía nos hacía soñar como posesos en la ingrávida esquina de un balcón, fue arrebatado hace tiempo, aspirado por la devoradora boca de los días, pues nos dieron el cambiazo, como si dijéramos, con ese mar que ahora no es un mar sino un depósito inmundo de cáscaras de sueños, antes, sí, antes de caer, antes de dejarse caer rodando como una bola nauseabunda hacia las partes bajas de la ciudad, que deberían, en principio, detener la caída del cuerpo, si hubiera parapetos suficientes, barandas sin resquicios, contenedores bien alineados en las dársenas pesqueras, antes de todo eso, si hubiese ocasión, debería abrirse un libro por la página marcada, poner los dedos sobre las palabras que no supimos entonces leer, o no pudimos, amontonar las cuencas de los ojos de todos aquellos que nos precedieron en ese acto de impúdica, clandestina lectura, como si fuera preciso, para dar ese paso, el paso que nos llevaría hasta el final del muelle, allí donde un faro proclama la terminación de la ciudad, convocar todos los ojos posibles sobre una sola palabra, introducir todas las palabras leídas en los ojos de todos, ya borrados, ya borrados los ojos, borradas las palabras, y salir, y caer, y dejarse caer hasta el fondo de la ciudad sin mar, hasta el fondo del mar, hasta el fondo del mar, ¿no es cierto?    

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