lunes, 15 de octubre de 2018

DE MIEDOS, TEMBLORES Y AVENTURAS


Para Héctor Hernández Montecinos



Como siempre fui miedoso, no me atrevía a introducirme en los parques. Permanecía en el borde, por fuera de las verjas o junto a las estatuas de los puentes, en los claros de los primeros árboles, aún dispersos, aún no tupidos como en mi fuero interno imaginaba que poblarían el corazón del parque o del bosque donde sucedería todo aquello que sólo me era dado imaginar. Permanecía alerta, acechando las entradas y salidas, acercándome tímidamente a alguno de los visitantes, que por lo general me rechazaban porque o bien, si estaban llegando, lo que querían era entrar rápido hasta las profundidades en busca de aventura o bien, si venían de vuelta, lo hacían con los deseos ya extinguidos y no necesitaban a ningún desesperado de los que se quedan en las inmediaciones, aguafiestas, empalagosos y cargantes. Siempre fui así, miedoso y retraído, quizá porque en la adolescencia había sido víctima de una mala experiencia, de un atraco por parte de tres maleantes a los que aquella noche se les había terminado el crack y me retuvieron durante una hora con amenazas de lo más extrañas hasta que consiguieron que los acompañara a sacar un par de miles de pesetas al cajero más próximo. Eso había ocurrido la primera vez que entré en una de esas zonas prohibidas que la ciudad mantenía bien guardadas, pues se trataba de paseos laterales, de circunvalaciones absurdas por las que ningún viandante, sobre todo a ciertas horas, tenía motivos para aventurarse, y cuya presencia allí, sobre todo si actuaban con cierta parsimonia, mirando a un lado y a otro, o se detenían como para fumar o simplemente, con las manos en los bolsillos, ocupaban el cerco de luz de una farola, o los bordes de ese cerco, como animales asustados, mirando hacia la oscuridad, escudriñando entre las sombras la presencia de otros visitantes con las mismas sospechosas actitudes, todo aquello, aquella inexplicable situación que podía durar unos minutos antes de disolverse para reaparecer después en otro lugar, indicaba que la zona caliente se había reactivado, que era entonces cuando empezarían a darse los requerimientos, las aproximaciones, los susurros de quienes hasta entonces habían permanecido invisibles por fuera de los cercos de luz de las farolas, entre los árboles, en las proximidades de los bancos más solitarios, dando unas vueltas circulares por los paseos improbables, cuya existencia sólo ellos parecía conocer, hasta que aquella noche, sin saber por qué, me adentré en uno de esos sitios prohibidos, yo que sólo los conocía hasta entonces desde fuera, o por lo que un par de amigos me habían dicho, decidí explorar por mi cuenta uno de aquellos lugares de encuentros, inexperto, sin saber cómo actuar, lo que tal vez fue percibido por los atracadores que acechaban a los novatos como yo, y de repente me vi sujetado, en medio del paseo, por un brazo que me tumbó al suelo, mientras otro, por detrás, amortiguaba mi caída y un tercero me retenía con la mano en el cuello y me preguntaba por el dinero que llevaba encima. Esa accidentada iniciación fue quizá uno de los motivos por los que años más tarde, cada vez que en una ciudad me documentaba sobre los lugares de encuentro, llegaba sólo hasta las inmediaciones, me apostaba junto a los primeros árboles, o entre los setos, y esperaba a ver aparecer a los visitantes que iban o volvían de sus cacerías nocturnas. Con envidia veía en sus rostros el ardor del deseo o la satisfacción del cumplido placer y me daba rabia actuar como un registrador de aquellas sensaciones ajenas, como un espectador de las danzas iniciales de la seducción o de los laxos rituales postcoitales, maldita la gracia que me hacía limitarme a esas actividades vicarias que no se correspondían ni con mi edad ni con el ímpetu, sólo conocido por mí, de mi deseo. Hasta que un día, en el Parque del Retiro de Madrid, muy cerca de la estatua del príncipe de las tinieblas, me introduje a través de unos parterres, si puedo describirlo de manera tan cursi, unas avenidas estrechas atestadas de sombras humanas cuyos rostros era imposible ver, y cuanto más me adentraba más figuras había, unas paradas en seco como estatuas y otras discurriendo lentamente como fantasmas, apareciendo y desapareciendo en los cruces de los senderos. Me senté en un banco, con el corazón desbocado, no tanto de deseo cuanto de temor o temblor, y al poco rato vino a sentarse a mi lado una de esas figuras en las que la ceguera quiso que imaginara a un joven de aproximadamente mi misma edad, alguien que, por la forma de desplazarse, no parecía demasiado mayor y que no había elegido aquel banco por casualidad, sino que había venido ex profeso a sentarse a unos palmos de mí. Recuerdo que el silencio era absoluto y que formaba parte de la increíble tensión de aquel instante. Dentro de ese silencio podían escucharse las sacudidas del deseo, los llantos de la perversión, las ráfagas del desamparo y las voluptuosidades y sudores de los pálpitos primerizos, entrecortados, quizá míos, quizá no. Entre la figura sentada a mi lado y yo no debían distar más que unos centímetros, e imaginaba cómo su cuerpo buscaba en el mío un espejo en que perderse, la piel donde su piel dejara de ser suya, un ojo que le diera a su ojo la capacidad de ver en la oscuridad. Miraba hacia mi derecha y no lo veía, no lo escuchaba, no nos habíamos tocado, ni siquiera sentía su respiración, y, sin embargo, la seguridad de su presencia era superior a la de cualquier compañía diurna, palpable, cierta y racional. ¿Cuánto tiempo permanecimos en esa postura, quietos los dos en el banco de piedra, sabiendo lo que el otro sabía, desconociendo lo que cada cual desconocía, entregados a la inefable presencia que se basta a sí misma y que atraviesa el tiempo hasta llegar a un día como el de hoy y afirmarse como la más increíble de las experiencias: la de haber hecho el amor en la oscuridad, sin tocarnos, sin vernos, sin besarnos, sin hablarnos, sin ni siquiera saber si estábamos de verdad allí, esa increíble desposesión, esa incalculable y opaca transparencia de los cuerpos? A partir de aquella noche todo fue diferente. No dejé de ser la misma persona miedosa, tímida, que daba siempre unos pasos de reconocimiento antes de introducirse en la solidez de lo inconmensurable, pero sí supe a partir de entonces lo que podía esperar de aquellos recovecos y espesuras. Lo que buscaba allí no siempre lo supe a ciencia cierta. Lo que encontré, sin embargo, fue siempre para mí un misterio.  

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