jueves, 20 de septiembre de 2018

PARA NO SOÑAR MÁS


Lo que imaginé cuando me dijo que iba a construir una pieza hecha de cristal, que había acudido a un maestro vidriero para que le puliera las distintas facetas de lo que iba a ser su pieza más perfecta, fue una especie de órgano o caverna, una construcción onírica mitad concha mitad ciprés, frágil como las sutiles edificaciones que los niños levantan con arena, bella como el más raro de los moluscos y misteriosa como sólo puede serlo un objeto que se refleja a sí mismo. Órgano o caverna porque me lo imaginaba resonante, reduplicador del sonido, recogido hacia dentro, escondido en su propia irrealidad, inexplorado, intocado, profundo, infinito. Concha o ciprés porque lo creía conectado con la naturaleza, parte en cierto modo de ella, cristalográfica fantasía procedente de las profundidades o ansiosa por tocar el cielo con su altiva verticalidad. La imaginaba vertical, sí, pero también porosa, multiplicada hacia dentro, indagadora de su propio origen, conectada con el fondo por un cordón de plata cristalina que le transmitía todas las sustancias, el humus de lo desvanecido y la marea de lo muerto. Cuando me contó que había acudido a un maestro vidriero lo imaginé en el taller, rodeado de etéreas creaciones, inmerso en el lenguaje de los vasos transparentes, decidido a extraer de lo invisible el más hermoso de sus deseos, el de la transparencia trascendida, el deseo de un pieza nunca antes construida, construida de destrucción, deconstruida hasta la sutileza: una pieza hecha con las transparencias de toda una vida. Empecé a soñar con lo que en la vigilia había imaginado a partir de su relato. Lo que soñaba no se parecía en nada a lo que había imaginado. Y lo que imaginaba no tenía nada que ver con lo que me había contado. De algún modo, parecía que la pieza se estaba construyendo en dos lugares a la vez: mi sueño y su taller. A mi sueño llegaban, arrebatados por el fuego de la imaginación, retazos de lo que me había contado, de sus conversaciones con el maestro vidriero sobre las propiedades menos conocidas del cristal, sobre los misterios de lo cristalino y su condición de realidad invisible que favorece y desvela lo visible, sobre su extraña génesis casi mitológica, su peculiar forma de envejecimiento, sus infinitas posibilidades morfológicas. En su taller, sin embargo, todo era oscuridad, al menos para mí: lo que conseguía imaginar no tenía respaldo alguno por su parte, es más, evitaba darme detalles del proceso, no únicamente, pensé, porque así debía ser tratándose de un trabajo solitario y penoso, sino porque se había vuelto mucho más reservado de lo que habitualmente era. Las formas crecían de este lado, del lado de mi sueño, arborescentes, se ramificaban por todos los vericuetos del aire, constituían una fantasía sin peso, líquida, evanescente, que difería cada noche y que, por lo tanto, era construida y destruida cada noche, llorada y añorada cada día, pues con cada conversación que mantenía con él se alejaba más de sí misma y era sometida a nuevas variaciones inconscientes. Las inquietantes sombras que empezaron a aparecer cerca del final, en mis últimos sueños, fueron acaso el preludio de lo que iba a ocurrir el día de la inauguración. No pude evitar que algunos cristales se fueran oscureciendo, lo mismo que otros desaparecían pese a la solidez que habían mostrado la noche anterior. La pieza parecía querer destruirse a sí misma. En lo que pudo ser un último intento por mantenerla incólume, en el penúltimo sueño apareció una luz muy poderosa, como la de un mediodía que penetrara desde una ventana junto al mar, y la pieza, que para entonces era un triste espectáculo de opacidad y descomposición, brilló durante unos instantes antes de despertarme. La última noche ya no soñé con ella, ni con nada. Parecía preparado para lo que iba a ocurrir al día siguiente en la inauguración. En algún momento de la tarde barajé quedarme en casa. Poca gente, exceptuando al artista, notaría mi ausencia, y tendría ocasión, en los días posteriores, de ver la pieza reproducida en los periódicos. En el último momento me vestí. Cuando llegué a la galería la gente se acumulaba en el exterior. Varios corrillos comentaban con sorna sus impresiones sobre la pieza. En otro, formado por los aduladores del artista, la exultación, casi mística, se palpaba en las caras. Casi abriéndome paso con los codos, entré en la galería. Lo que vi me marcó para siempre. Una única pieza no demasiado grande ni demasiado alta ocupaba el centro de la sala. Estaba hecha de cristal, pero ese cristal parecía una piel, una piel transparente del color de la piel. En el interior de esa pieza había otra pieza idéntica de cristal negro, opaco, un cristal opaco que, sin embargo, milagrosamente, dejaba entrever en su interior otra pieza igual que la primera, del color de la piel, que contenía a su vez otra pieza de cristal negro, opaco, que, sin embargo, milagrosamente… Nada de aquello podía explicarse según las leyes de la física y tampoco era un truco óptico o mecánico. No podía dejar de mirarlo. Allí, en el centro de la sala, estaba la pieza que yo no me había atrevido a soñar…   

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