sábado, 22 de septiembre de 2018

LOBEDA


En los últimos días me he estado preguntando si la imagen que me ronda desde hace tanto, la de un encuentro en una taberna en Alemania, no estará relacionada con mis recuerdos de Lobeda. Son tan escasos, sin embargo, esos recuerdos, que resultaría extraño que alguno de ellos se hubiera infiltrado en ese espacio incierto de la memoria en el que la imagen de la taberna parece, pese a todo, haberse clavado en algún momento para rondarme desde entonces con su inútil enigma. Me veo entre personas que no recuerdo, sentados todos muy juntos, mientras suena lo que debía de ser una música en vivo, en la planta baja de una taberna de dos plantas, durante un par de horas, bastante entrada la noche. Quienes me acompañan no son ni amigos ni desconocidos: es ese tipo de gente a la que se trata durante un par de semanas, con intensidad, hasta que de pronto, sin motivo aparente y sin que apenas nos demos cuenta, desaparecen de nuestras vidas para siempre. Me veo, en un momento determinado, subir a la planta alta, posiblemente al baño, y conversar allí con alguien, tal vez un desconocido, en alemán, mientras la música sigue sonando en la parte baja de la taberna, mucho más concurrida. Esa conversación de arriba no dura mucho, apenas lo suficiente para que puedan intercambiarse unos teléfonos, se produzcan unas tímidas risas, se abra algún surco de interrumpido deseo. Recuerdo regresar a la planta baja, donde ahora hay más gente en el grupo y nos sentamos aún más apretados, pero felices, en una camaradería para mí desconocida hasta esa noche, tarareamos la música, acaso alguien se anima a bailar, bebemos unas cervezas que periódicamente nos sirven camareras de rústico delantal. Debía de ser en Lobeda, pues es un recuerdo aislado, separado de todos los demás de aquella época, que conservo bastante bien ordenados por personas y sitios. A Lobeda no fui sino dos o tres veces. Recuerdo que la primera vez lo hice en tranvía y que el trayecto hasta allí duraba unos veinte traqueteantes minutos. Tras serpentear por el interior de la ciudad, el tranvía salía a una larga avenida rodeada de bosque, un bosque espeso que, sobre todo de noche, no parecía recomendable recorrer. Lobeda era un antiguo pueblo convertido en barrio residencial. Un lugar solitario con una iglesia de torre puntiaguda en el que los estudiantes encontraban habitaciones más baratas que en el centro de la ciudad. Unas cuantas tabernas le daban una vida nocturna medianamente animada los fines de semana. La segunda vez fui caminando, por la tarde, y atravesé el bosque que había visto de noche desde el tranvía. Era un bosque de abedules con caminos de tierra que, recorridos a media tarde, no parecían peligrosos. Recuerdo sentir una desazón que tenía que ver con la monotonía del paisaje, la superficie plana, sin recodos, sin lugares desde los que mirar con puntos de vista alternativos todo aquello. Caminé durante unas cuantas horas hasta llegar a Lobeda cuando ya anochecía. Quizá fue esa noche cuando fui a la taberna. O pudo ser en otra ocasión, tras un viaje en coche que recuerdo posterior a esas dos visitas solitarias, un coche en el que íbamos unos cuantos, seguramente más de cinco, dispuestos a encontrarnos en Lobeda con algún conocido que vivía allí. Tal vez un chico ceilandés al que por entonces trataba, o quizá era pakistaní. No estoy seguro de que fuera él uno de los amigos con los que fui a la taberna, pues lo extraño es que no recuerdo nada anterior ni posterior a lo que allí ocurrió. No sé, de hecho, cómo regresé a la ciudad, si lo hice en el mismo coche en el que había ido o en otro, si esperé a que saliera el primer tranvía de la mañana o si todo es posible pasé la noche en Lobeda, en casa de algún desconocido. La noche en la taberna debió de haber terminado en un estado que incapacitaba para recordar nada de lo que había pasado después. En aquella época era frecuente que yo recorriera por las noches unos sitios y otros de la ciudad y sus alrededores, y que en cada uno me encontrara grupos de amigos diferentes con los que pasaba bebiendo bastantes horas hasta que cerraban el local o se disolvía, por alguna razón, la camaradería. Pero estoy seguro de que a Lobeda no fui más de tres veces en todos aquellos años. Ahora que ha pasado tanto tiempo, me pregunto por qué. Lo lógico hubiera sido seguir yendo otros fines de semana, o simplemente ir alguna vez en tranvía como un modo de cambiar de aires. Pero algo debió de ocurrir allí, en Apolda, que me hizo descartarla, olvidarla, en cierto modo, hasta que el recuerdo de la taberna regresó a mí un día y me estuve preguntando durante años dónde había sido. Estoy convencido de que esa noche en la taberna, no sé si en la planta baja o en la alta, debió de ocurrir algo que influyó en que yo dejara de ir a Lobeda. Sucesos de ese tipo me habían hecho alejarme de lugares como Sulza, Bucha o Neuengönna, quiero decir sucesos como el que sospecho que debió de ocurrir en la taberna de Apolda aquella noche: malentendidos, fascinaciones defraudadas, pifias, meteduras de pata que, en definitiva, no revestían gravedad, pero que arrasaban con lo que al principio prometía ser una fuente de distracción o compañía. Acaso en la conversación que tuvo lugar junto a los baños de la taberna, o en algún encuentro posterior relacionado con ella que he olvidado, se encuentre la respuesta al enigma de por qué un día dejé de ir a Lobeda, ese pueblecito con una iglesia de torre puntiaguda del que apenas conservo recuerdos.  

2 comentarios:

  1. Un gusto conocer tus letras. Y sí, me quedo con la duda de qué pasó...

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  2. Muchas gracias, estimada Rosy. Quizá la escritura juega con esa incertidumbre, que es la de la memoria misma: elusivas como los recuerdos, las palabras preferirían quedar flotando en medio de una pregunta sin respuesta. Dado que volver allí es imposible, lo mismo que volver a entonces, quedémonos con un aquí y ahora imperfectos pero vivos, nuestros en lo que todos tenemos de frágiles e imperfectos. Un abrazo y gracias por visitar mis travesías.

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