lunes, 16 de julio de 2018

LAS TRAMPAS DEL VERANO Y DE LA LUZ


Insisto, una vez más, en desviarme de la avenida principal y tomar la calle que limita con la montaña. Hay un momento del cielo de julio que queda fraguado como una especie de epifanía irreal: la luna finísima como una cuna que se balanceara sobre el barrio de chabolas, el revoltijo de las casuchas aderezado por una aureola que lo desdibujara, sublimándolo. Las trampas del verano y de la luz. No olvido lo que otras veces he visto en esos pasajes de la desolación. Avanzo junto a una valla que separa la ciudad de la montaña y en la que cada veinte metros cuelgan carteles que prohíben el paso por peligro de desprendimientos. Otro engaño más, en esta ocasión de las autoridades que intentan así impedir que los ciudadanos abandonen los recintos urbanos y se conviertan en trogloditas prontos a declararse insolventes con el fin de no pagar sus impuestos municipales. La casa solitaria, tantas veces imaginada como dormida en el tiempo, una especie de mansión destartalada rodeada de antiguos terrenos baldíos, aparece iluminada en lo que parece su salón: se ven incluso las sombras de lo que podría ser una pantalla de televisión. La imagino tomada por los hijos de los herederos para montar una sesión sadomasoquista, pero definitivamente creo que he pasado demasiados días solo sin salir de casa. Me hace bien tomar un poco de aire. Sé que voy a encontrarme con el mar y que cuando llegue cerca de él no me dirá nada nuevo: lo he escuchado demasiadas veces. O acaso es verdad que todos estos años finales, los de la cuarentena, ya superada, por cierto, en su primera mitad, han sido años carentes de reverberación, difícilmente asociables a experiencias arrebatadoras, o como mínimo productivas en el plano espiritual. Un auténtico desierto para los sentidos, en definitiva. Tal vez. Pero por insistir que no quede. Se ha de vagar como los ciegos, sin rumbo, detenerse en una esquina y mirar las ventanas de cristales ennegrecidos, los balcones por los que la poca brisa del verano impasible se adentra hasta los dormitorios donde los matrimonios duermen de espaldas o en camas separadas, dormitorios cuyas ventanas interiores dan a la montaña cortada a pico, ventanas a las que la esposa de un militar se ha asomado dos o tres veces en su vida pensando cómo quedaría su cuerpo tras lanzarse al vacío y ser desgarrado por las aristas de las rocas hasta caer al pavimento del patio posterior del edificio. La noche ciega de las ciudades de veranos impasibles. Antes de llegar al mar rodeo, como siempre, el Castillo de Paso Alto. Hay aquí algo que me une con recuerdos que no puedo datar. Antiguamente podía accederse a una zona inferior ajardinada con bancos y marquesinas a la que, me parece, nos traía mi madre a mi hermana y a mí, y en la que luego, cuando fui adolescente, estuve alguna vez solo y quizá acompañado. A esa zona no puede accederse hoy en día y está echada a perder, como tantos otros lugares de esta ciudad echada a perder y pensada para que todo el mundo se eche a perder y se vaya a vivir a otro lado pero siga trabajando y pagando sus impuestos aquí. El negocio perfecto. En las crónicas de hace dos siglos se pueden leer las maravillas y hazañas que en el Castillo de Paso Alto tuvieron lugar, incluso desde hace un tiempo se reproducen todos los 25 de julio los actos heroicos de la Gesta del 25 de Julio, quiero decir que sacan de los museos militares unas cuantas casacas y se las endosan a los primos y sobrinos de los concejales y notables de la ciudad, les ponen al hombro moscardones, les encasquetan bicornios con escarapelas y los congregan en la parte noble de la ciudad para simular en un espectáculo lo que hace unos cuantos siglos impidió que ahora hablemos inglés en estas islas y pertenezcamos de pleno derecho a la Commonwealth –oh las trampas del pasado, contra las que nada se puede sino maldecirlo–, pero al Castillo de Paso Alto, el lugar principal de todo aquel despropósito, desde donde el Cañón Tigre lanzó la maldita bala que mutiló a Nelson y evitó que se cumplieran los sueños de quienes opinamos que nos hubiera ido mucho mejor en manos de los ingleses, a ese sacrosanto lugar se lo deja morir, se lo abandona a su suerte y se permite que se convierta en pasto de las ratas y meadero municipal. Y todos tan felices. Venga a nosotros el mar, por fin. Pero un mar minúsculo, atrincherado, encajonado entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. ¿Qué mar de mierda es este? Voy hasta la plataforma metálica de acceso y cierro los ojos. Todo me da vueltas. No hay redención ni retención posibles. Atender aquí a algo que se nos manifieste desde una posición inesperada es tarea casi imposible. No sólo porque no estamos en disposición de atender ni siquiera a los acontecimientos más intrascendentes, sino porque pretender que vayamos a convertirnos en sujetos de la posibilidad de un encuentro en estas mendaces circunstancias es poco menos que pedirle al mar naranjas, peras o plátanos. Muertos, pecios, maletas con cadáveres descuartizados, bolsos con joyas oxidadas, peces boquiabiertos, tesoros de la putrefacción y de la historia –criminalseguro que puede seguir brindando por un tiempo el mar, sobre todo este mar sucio que babea entre la Comandancia de Marina y los espigones de Valleseco. En fin, no voy a dar más pistas sobre el paseo. Cada cual que invente o imagine, que para eso aprendió a leer cuando niño. Piensen en alguien que lleva mucho tiempo sin salir de casa, un personaje sinuoso y escurridizo, que de pronto da un paseo por esta costa de los desbarajustes, contiene el vómito cuando pasa por delante del Club Náutico, retiene las náuseas cuando se topa con el Club Deportivo Militar, y se dirige hacia la ensenada maldita en la que los yonquis acampan algunas noches bajo unos toldos construidos con hojas de palmeras y secretean sus negocios y sus ruinas junto al ronco bramido de las olas que inducen a la locura o a la destrucción. Inventar o imaginar a un personaje así no es difícil. Háganlo y verán cómo el cuento les dura en sus mentes unas cuantas páginas más.  

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