domingo, 1 de julio de 2018

JUNTO AL BARRANCO DE ALMEIDA


1. Basta haber visto un día, hace algunos años, a una mujer que parecía extranjera tomar un camino cuya existencia no se conocía, al final del aparcamiento, junto al barranco, en la parte trasera del Colegio de Arquitectos, al atardecer, introducirse entre un eucalipto y el muro de contención del edificio aledaño a la clínica, como un fantasma que regresa al hogar donde vivió cuando aún no lo era, una mujer joven, de elegante figura, con una carpeta bajo el brazo, dirigirse por el camino hasta lo que parecía una escalera, acceder por ella a lo que debía de ser una puerta y desaparecer en lo que no podía ser una casa, pues no hay casas propiamente dichas en esa zona de la ciudad, junto al barranco, en todo caso un cobertizo, un palomar o un gallinero, una de esas instalaciones en las que es muy probable que todavía hoy siga viviendo gente. 2. Basta esa imagen poco nítida, casi borrosa con el paso de los años, para que, un día, el que contempló aquella escena –sin que su contemplación fuera fruto de una razón distinta del azar– se introduzca por el mismo camino, más abrupto de lo que había creído al recordar los pasos gráciles de la extranjera, sin saber adónde irá a dar, él mismo parecido a un fantasma perdido esta vez en la irrealidad de un mediodía soleado, un fantasma que trastabilla entre flores y piedras, que llega, tras subir una escalera, a un pasaje flanqueado de cobertizos en ruina, al final de los cuales destaca una puerta que parece la de una casa habitada, el pequeño hogar de un fantasma a orillas del barranco. 3. Allí, imagina, vivió alguna vez una extranjera entre gallinas y palomas, una escritora en lengua ucraniana o finesa, alguien a quien se lo pusieron muy difícil para desaparecer pero que, cuando lo consiguió, supo que desaparecer no es volver a nacer ni morir para uno mismo sino seguir siendo quien se es sólo que con el peso del doble que se superpone a quienes somos. 4. ¿Seguiría viviendo allí o habría cedido su hogar a otros extranjeros necesitados de desaparición? 5. El que había contemplado, unos años atrás, aquella escena de tránsito, y ahora, perdido en la espesura del tiempo transcurrido, se preguntaba cómo habría continuado todo aquello, prosiguió su camino y accedió a otro pasaje en el que, bordeando el barranco, se abrían nuevos cobertizos, más casas de dudosa habitabilidad, algunas de ellas al pie mismo del barranco, como si alguna vez hubieran servido de embarcaderos para barcazas fantasmales que se pararan en aquellos parajes para avituallarse. 6. Todo estaba sumergido en una luz que no era la de ese mismo momento, sino que venía de lejos, bañaba los ladrillos desgastados y se perdía en el tiempo llevándose consigo las partículas, los instantes, las imágenes que el visitante hubiera querido guardar de su visita: un gato que dormitaba a la sombra en un zaguán, un hombre que fumaba asomado a una ventana, las pocas y apagadas señales de vida que animaban aquel lugar en el que la vida parecía haberse había dado la vuelta y correr hacia detrás, hacia el nacimiento del barranco, hacia donde la vida todavía no había sido imaginada. 7. Las casas, para desaparecer, se envolvían en árboles, detrás de los cuales era imposible saber lo que ocurría. 8. Las ventanas eran pequeños agujeros que las azadas y los picos habían abierto en los muros más para dejar salir el vaho de la inexistencia que para hacer que entrara la luz del exterior. 9. Si había que pintar algo, era el laberinto de escaleras, pasillos interiores, terrazas y patios lo que se pintaba, mientras que las paredes exteriores quedaban sin revocar, con los ladrillos y el cemento a la vista, de un gris uniforme que convertía toda aquella zona en un teatro de sombras que el sol iluminaba con fuerza sólo para sumirlo aún más en la negrura. 10. El visitante, el contemplador, años atrás, de la fantasmagórica escena que acaso lo había convertido a él también en un fantasma, pensó que vivir allí, si acaso era posible, equivaldría a vivir de espaldas al mundo, entendiendo la vida como una larga contemplación del vacío al que todo está sometido: abriendo cada día una ventana y respirando, a través de las ramas verdísimas de un árbol, la brisa del no saber, la luz del otro lado del mundo.      

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