sábado, 26 de mayo de 2018

LOS BARRIOS INTERMEDIOS


Ahora que pienso en aquella tarde, en cómo crucé el puente para llegar al otro lado del río, donde no encontré nada, y regresé hasta la catedral, sentí la vaharada de las columnas gigantescas, las lágrimas de piedra, el círculo de la bóveda como un espasmo en mi interior, me interné luego en la estación, atravesé sus recovecos subterráneos, conté los números de los andenes a través del pasillo repleto de viajeros solitarios, como yo; ahora que recuerdo aquella tarde en que una avenida me condujo a otra, cada una más alejada del centro que la anterior, en busca de iglesias románicas escrupulosamente reconstruidas, y pese a ello rebosantes de una sensación de impostura, como si fuera atravesando las calles de una ciudad soñada más que vivida, una ciudad posterior a sí misma, que no era sino un simulacro de la que había sido, fascinante, sin duda, como experimento, pero ya invalidada para proporcionarnos otra cosa que decepción entreverada de hastío; ahora que vuelvo con el pensamiento a mi paseo de entonces, me veo en una esquina, con una pequeña maleta en la mano, esperando que un semáforo cambie de color. Las sombras han ido cercando los recuerdos. Me gustaba entonces llegar hasta los extremos de las ciudades, quizá para demostrarme a mí mismo que las había recorrido enteras y que era capaz de regresar después de haberme perdido. Pero aquella tarde estaba parado en una esquina, había visitado varias iglesias románicas únicas en su despojamiento y su esbeltez, coronadas por cimborrios, situadas en barrios cada vez menos céntricos en los que nada se me había perdido. No quería seguir andando, no quería regresar. Prefería permanecer allí en medio de una ciudad a la que nunca habría de volver, en esa zona de nadie que son los barrios intermedios, sin encanto, llenos de edificios que se parecen los unos a los otros y en los que, si nos acercamos a un portal, leemos placas de consultas de dentistas, bufetes de abogados, corredurías de comercio, anuncios de antiguos restaurantes de posguerra ubicados en las primeras plantas, alguno acaso todavía abierto. Las discotecas en las que había estado, en ese o en otros viajes, me habían agotado. Las estancias en pisos de gente conocida en otras ciudades y que me habían invitado a pasar una noche, o a lo sumo un fin de semana, terminaban con caras largas y con el huésped, en aquel caso yo, invitado a dejar el piso a la mayor brevedad posible, si no abandonado en él tras la salida precipitada de los anfitriones con la excusa de una visita familiar. Era entonces cuando llegaba a aborrecer las discotecas y los encuentros, las invitaciones y las noches, y al día siguiente salía a media mañana, tras desayunar solo en una cocina con una pequeña ventana que daba a un patio de vecinos en el que había muchos geranios desplegados en macetas como adalides de la luz contra las huestes del invierno, salía y en mi mano llevaba ya una pequeña maleta de ruedas que traqueteaban por las calles adoquinadas. Me dirigía a la estación para subir al primer tren que saliera hacia la ciudad donde vivía, en el otro extremo del país, pero ese tren tardaría aún un par de horas en llegar. Anotaba en un cuaderno los horarios y me internaba por una avenida, una avenida me conducía a otra, cada una más alejada del centro que la anterior, en busca de las iglesias románicas que me había recomendado visitar uno de mis mejores profesores de la universidad. Iba con la maleta y con mi abrigo, la garganta forrada con una bufanda de lana tejida por mi madre, irreconocible en una ciudad en la que ya no conocía a nadie, dispuesto a darle la espalda por última vez y no volver nunca, pero antes quería ver aquellas iglesias románicas, olvidar allí las voces y las caras de mis anfitriones de paso, entrar en las naves solitarias, silenciosas, de columnas más amables e íntimas capillas, aun a sabiendas de que todo aquello era puro simulacro sin sustancia, como lo habían sido también mis amores en aquella ciudad, las amistades de las discotecas, las conversaciones en los reservados de sillones magenta con gente a la que nunca conseguía comprender del todo, y no únicamente por causa del idioma. Allí, en la espera, en la indefinición, en aquella esquina de un barrio intermedio en donde sabía que terminaba mi relación con la ciudad, tuvo lugar una experiencia que ahora, cuando pienso en aquella tarde, en aquel último día mío allí, no sé si llegué a comprender como lo he hecho luego con otras experiencias similares: estaba a punto de entrar en una zona desconocida, como si fuera a cambiar de piel, como si me estuviera sacudiendo de encima un pasado que no me correspondía; estaba a punto de cruzar un semáforo que iba a conducirme al otro lado de la calle, y esa calle me llevaría a una avenida, esta avenida desembocaría en otra, y esta otra en otra más céntrica, y así sucesivamente hasta llegar a la estación, en cuya entrada me volvería por última vez para tener ante mis ojos la fachada monstruosa, bellísima y ya incapaz de destruirme de la catedral gótica más hermosa del mundo, y despedirme así, sin otras lágrimas que las de piedra o de plomo que se derraman hacia dentro, de aquella ciudad; y dirigirme luego al andén para que un tren a punto de llegar me dejara, horas más tarde, en un mundo que ya no sería nunca el de antes del viaje.

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