lunes, 5 de marzo de 2018

LO QUE ELLOS VEN, LO QUE VEO YO

Lo que ellos ven, me temo, no se parece en nada a lo que veo yo. Ellos vienen a visitar a un hijo, su primogénito, de cuarenta y seis años, alguien que cuando era niño pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto, alguien que, es verdad, no tenía entonces demasiados amigos, pero que luego sí que tuvo unos cuantos. Vienen a visitar y a compartir el domingo con su hijo mayor, que vive solo y no duerme bien, que da clases y dedica su tiempo libre a escribir, y lo que ven es la confirmación de lo que saben: que vive solo y que no duerme bien, que a veces corrige exámenes y que dedica su tiempo libre a leer y a escribir. Lo que yo veo, en cambio, es la escisión, la fractura, el empozamiento, la discontinuidad. Veo la separación y la lejanía, la incomunicación y la distancia. Ellos ven la realidad a partir de un mapa que llevan incorporado desde hace muchos años y que apenas ha sufrido variaciones sustanciales. Yo soy incapaz de ver la realidad, veo sólo una sombra previa a las cosas, y los mapas los he ido tachando y corrigiendo durante mucho tiempo: no pueden ayudarme, ya no entiendo las tachaduras ni las correcciones. Vienen a visitarme y organizan un mediodía que es perfecto para ellos, y que tendría que serlo también para mí, y lo que resulta es un mediodía casi perfecto para ellos y una fuente incesante de preguntas para mí. ¿Cuándo dejó todo de ser como antes? ¿Qué podría yo hacer para volver a ser el que era? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo recuperar el equilibrio, la fluidez, la proporción? Lo que ellos ven, cuando almorzamos juntos mientras el telediario escupe su ramillete de desgracias y estupideces, es a un hijo al que le ha ido medianamente bien en la vida, que disfruta de un puesto de trabajo fijo, alguien a quien la existencia no ha tratado demasiado mal pero que, para decirlo todo, no parece haber hecho demasiados esfuerzos por integrarse en ninguno de los modelos que ellos le han ofrecido y que, por este motivo, lleva una vida un tanto rara, con aficiones difíciles de compartir y con un modus vivendi que ellos, definitivamente, no acaban de entender del todo. Lo que yo veo, mientras compartimos el delicioso jurel al horno que mi madre ha preparado, es esto: los veo a ellos, a mis padres, muchos años después, los mismos de entonces y sin embargo tan cambiados, tan mayores, y me veo a mí mismo apartado, irreconocible, desfigurado, como un extraterrestre que, de pronto, hubiera ocupado mi cuerpo y al que ellos siguieran viendo como su hijo pero que ya no es capaz de sentir nada de lo que sentía antes, pues le han sido extirpadas las glándulas pertinentes, un ser solitario e incapaz de entender qué hace en cada momento allí donde está, por qué hace en cada momento lo que hace: un desastre, en definitiva, en todos los sentidos. Veo fisuras sin cuento donde ellos ven continuidad. Veo a alguien que debió haber llevado una vida diferente, o que cree haber debido haber llevado una vida diferente y que no entiende lo que le ocurre, alguien que extraña lo que no vivió y que se sepulta en el sentimiento de que no haberlo vivido lo convierte en un desgraciado y un abyecto. Lo que ellos ven, o lo que yo veo que ellos ven, es a alguien que persigue ciertas metas, poco claras o poco comunes, es verdad, pero que en cualquier caso ha demostrado su relativa solvencia a la hora de hacerse a sí mismo: alguien que podría haber sido incluso un buen marido, un buen padre o, llegado el momento, un buen abuelo, si la vida no hubiera elegido para él otros derroteros, menos convencionales. Lo que yo veo es un dibujo desquiciado, lleno de tachones, cuyo borrador apenas se reconoce bajo una maraña de rayas demenciales que se amontonan unas sobre otras. Ver eso es doloroso porque cualquier mirada querría ser correspondida con alguna reacción de la realidad. O quizá lo que duela es saber que lo que ellos ven es lo que ya no soy y lo que yo veo es lo que voy camino de ser. Me figuro que, mientras almorzamos y compartimos de postre unas naranjas, unos yogures, deberíamos ser como una piña, una trinidad perfectamente cohesionada, padre, madre e hijo enlazados por un cordón parecido al umbilical: seres conectados por una inefable corriente no destinada a debilitarse. Lo que siento, sin embargo, es que siempre estoy lejos, en otro lugar, fuera de allí, fuera de mí, ni aquí ni allá, ido o perdido, irrecuperable, oculto no sólo para ellos sino para mí mismo y para cualquiera, enfermo de impresencia, herido de alteridad, desubicado, hueco, insonoro, insípido. Alguien que no sabe nada y que no sabe ya a nada. Una especie de muerto en vida, pero, eso sí, con bastante apetito.    

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