domingo, 11 de febrero de 2018

ACURRUCADO

No fue hasta mucho después cuando se dio cuenta de que llevaba horas en la misma posición. El tiempo se le había pasado volando. No, quizás, porque hubiera estado entretenido en nada –pues nada había hecho desde que había llegado allí–, sino porque, de alguna manera, el haberse quedado quieto, inmovilizado, en una posición intermedia entre estar en cuclillas y arrodillado, semiescondido entre dos arbustos, había tenido para él el efecto de olvidarse de sí mismo: y olvidarse de uno mismo es uno de los modos de conseguir que el tiempo desaparezca o se transforme. Sobre cómo llegó hasta allí no sabe nada. Se encuentra en un lugar indeterminado del barranco que une la ciudad con la cumbre, cerca de una de las grandes curvas que la fuerza del agua ha trazado durante milenios. Hay un bosquecillo de arbustos en uno de los laterales del cauce y ahí se encuentra él, entre acuclillado y de rodillas, vestido con pantalones vaqueros y una chaqueta gris bastante envejecida, como las que se ponía de adolescente y no se quitaba casi ni para dormir. Mira las piedras del lecho. La tierra humedecida. Hierba temblorosa. Hormigas que acuden en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Recupera recuerdos de anoche, sabe que se internó entre la multitud que bailaba en la primera noche del carnaval: esa forma ondulante de atravesar las calles abarrotadas le hacía regresar a lo que en sus primeras veces, en sus primeras salidas de carnaval, le había hecho sentirse devorado por la multitud y a la vez aislado dentro de ella, poseído y desposeído al mismo tiempo, como un alma en pena que busca su cuerpo entre los cuerpos o como un animal acorralado que intenta escapar de sus depredadores. Ahora, tantos años después, las sensaciones son otras, y todo se ha vuelto más lúdico, menos serio, como un reto que se precia de lanzarse a sí mismo para saber de qué será esta vez capaz, si podrá como entonces ir hasta el final de la muchedumbre que baila y regresar a través de los quioscos, deteniéndose en algunos de ellos para absorber el carácter de cada uno, el ambiente que lo define, cada quiosco con sus peculiaridades, sus enseñas y blasones, su público, su música. Como otras muchas veces, recorría aquellos vericuetos sin disfraz alguno, vestido de calle, con esa chaqueta que reservaba para este tipo de noches, una chaqueta que guardaba en casa de su madre y que lo transformaba en una especie de vagabundo, un ruinoso ejemplar de buscavidas que, al pedir un ron en uno de los quioscos, miraba con desgana al camarero y amagaba con no pagar su consumición, aunque al final colocaba sobre el mostrador de metal tres euros o cuatro, lo que costara, sin mirar otra cosa que su vaso de plástico, concentrado en el sabor dulzón del ron barato y perdido en las circunvoluciones de la música mezclada con la brisa que soplaba desde el mar. Ahora, acurrucado entre los dos arbustos que lo protegen de las ráfagas de viento frío, no recuerda cómo llegó hasta allí, si lo trajo alguien en coche o vino caminando desde la parte baja de la ciudad. En épocas menos solitarias de su vida, cuando jugaba a la promiscuidad y todas las noches terminaba en distinta compañía, alguna vez había conducido o sido conducido hasta aquellos parajes, por la carretera que bordea el barranco, para encontrar un lugar en el que beber la última cerveza o mantener relaciones sexuales. Recuerda el frío de la capota del coche contra su espalda desnuda y un cuerpo, o muchos cuerpos, incapaz, incapaces de brindar el calor suficiente para contrarrestar aquella tiritera. Recuerda recodos apartados en los que era fácil retirarse de la vista de cualquiera para abandonarse al más salvaje de los actos. Ahora, sin embargo, se encuentra solo, y sin coche, en el interior del barranco, entre dos arbustos, sin saber cuánto tiempo lleva allí, como si hubiera llegado por sus propios medios para escapar de algo o para esperar a alguien. Más arriba, lo sabe por sus otras visitas, hay unas casas dispersas, en las laderas de las montañas, en las que viven familias poco sociables, incluso algún individuo introvertido que de vez en cuando baja a la ciudad a comprar alcohol para sus noches en vela. En el tiempo que lleva sin moverse de allí no ha pasado ningún coche y el único movimiento ha sido el de un par de conejos que, bajo la luz indecisa de la luna, ha visto deslizarse entre las piedras del barranco, sus cuerpos de lana plateada como monedas que la cumbre lanza a la ventura de los barrancos. Un poco más adelante, en el lado contrario, hay una hacienda que nunca supo si estaba habitada o no, un lugar con un portón junto al que alguna vez vio coches aparcados, quizá visitantes ocasionales de fin de semana, o cuidadores de cultivos no siempre prósperos, pero que ahora parece completamente silencioso, incluso lóbrego. Se mira los zapatos y los encuentra sucios, no sólo manchados de bebidas y meados, sino cubiertos de polvo, lo que le hace pensar que debió de llegar allí a pie, incluso por medio del barranco y no tanto por la carretera, como si en algún momento de la noche festiva hubiera decidido cambiar de aires, buscar la soledad, echar a andar por el barranco, refugiarse en un bosquecillo de arbustos. Se imagina estar esperando a alguien, quizá tras concertar una cita a través de alguna aplicación de móvil. O, simplemente, agazapado para saltar sobre el primero que pase, aunque sabe que, aparte del susto, sería incapaz de causar daño alguno a hombre o a mujer. Lo más probable es que se encuentre a la espera de una experiencia cuya condición desconoce: un ruido proferido por alguien, el derrumbe de un risco, la aparición de una cabra asustada, la comparecencia de un ser humano parecido a él y la subsiguiente conversación como si ambos se conocieran desde hace mucho tiempo. Cualquiera de esas experiencias, se dice, le valdría para justificar su presencia allí, probablemente debida a su cansancio de la fiesta, a la idea de que la transformación de lo festivo en una convención perfectamente previsible conlleva el desencanto y conduce al desvío, a la búsqueda de una contrafiesta, en el envés de la ciudad, es decir: a quedarse quieto en mitad de un barranco en medio de la noche. De su estancia allí tampoco recuerda apenas nada, como si no hubiera ocurrido nada, salvo el transcurso apacible de las horas. En algún momento debió de apagarse el fragor de la música, el griterío de la gente debió de quedar definitivamente a sus espaldas, y entonces comenzó un silencio por el que se dejó envolver con sumisión: no había que hacer nada para sentirse mejor, sólo estar allí sin moverse, permanecer a la escucha sin nada que escuchar, pese a los mil pequeños ruidos de la noche, y sin nada que ver, pese a los mil destellos de la luz de la luna diseminada alrededor. Fue entonces cuando, sumando todos esos pequeños ruidos, esos destellos, los olores y las sensaciones de todos sus sentidos, llegó a la conclusión de que llevaba mucho tiempo allí, gran parte de la noche, y que quizá no faltara demasiado para el amanecer. Su posición no había cambiado, su mirada había permanecido, quizá por efecto del alcohol o de alguna otra droga consumida, fija en lo que parecía un montículo construido para separar el barranco de la entrada a la hacienda abandonada. A veces, por el rabillo del ojo, veía las piedras del barranco, la tierra humedecida, hierba temblorosa, hormigas que acudían en fila a rematar el cadáver de alguna abeja o escarabajo. Veía y escuchaba como si lo más importante estuviera por llegar. Un coche en el que viajaran cuatro jóvenes, uno de los cuales iba a ser violado y asesinado y cuyo cuerpo iba a ser lanzado al barranco, unos metros más allá de donde él se encontraba. Los aullidos de una perra parturienta perteneciente a la hacienda. Un chubasco que duraría diez minutos y que haría brillar con más viveza el lecho del barranco. Un cuerpo joven que aparecería desnudo por la carretera, con los jirones de un disfraz enredados en la cintura, y que se tumbaría a dormir en medio del asfalto. Pero lo cierto es que cualquiera de esas apariciones o epifanías, improbables aunque no imposibles, lo hubiera perturbado y hubiera deshecho el instante infinito de su bienestar, de su estar allí acurrucado entre dos arbustos en medio de un barranco en lo más profundo de la noche.

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