miércoles, 7 de febrero de 2018

A POCOS DÍAS DEL CARNAVAL, RECUERDAS…

Una y otra vez, las sombras de la mente. Las mentiras oblicuas. Las mondas resbaladizas de la fruta. Sombras de la mente son las mentiras calladas. Callejeas. Cada casa, un fruto podrido. Una y otra vez, manos detenidas en quicios de ventanas. Manos resguardadas ante los méritos del día. Desvías la mirada. Miríadas de sombras, milagros de modorra, miradores de la mente. Te vas dejando raspar por las calles. En una esquina los árboles fruncen sus raíces en la mermelada de asfalto. Frotas los ojos contra todas las resoluciones. Frenesí. Fritura. Cada casa, una punzada de sombra. Frutas, una y otra vez, en la memoria. Un miércoles de ceniza, hace no mucho, entró el amigo, alelado, en un bar de siluetas, todo estaba sombrío, colmado de coca el aire del local, embebidos los ojos en el alcohol de muchas horas. El amigo lo contó y tú viste su casa al pasear por las calles que esconden las respuestas. Dijo que había entrado en el bar y se había dejado apretujar entre las sombras, en turbia soledad, confianza ciega, consentida desaparición del ser. Aún no estaba enfermo entonces el amigo. Calles que callan. Sombras de la mente, una y otra vez. Fisgoneas tras los cristales arrebujados en las sombras. Torres cilíndricas, jardines laterales, vidrieras ovaladas de los vestíbulos. Casas que no se ven, que no se oyen. Casas de porcelana en calles de cristal. Algunas veces, una casa de piedra, envejecida, como un menhir silencioso en medio del arrebol: su fachada como dada la vuelta, basta detenerse frente a ella para estar del otro lado del mundo, muy lejos de donde se está, en el revés de uno mismo, dando volteretas de instante en instante. Fijeza. Frenesí. Mentiras espolvoreadas. Por calles mojadas cruzas. Mondas de fruta secas, resbaladizas, como bragas sucias dejadas en un charco tras un minuto de sexo silencioso. Miríadas de seca sombra sobre los mismos pasos que hemos dado siempre. Calle arriba, calle abajo. Metros de obsesión. Esquina tras esquina, contenedores en cada una, cada esquina más mugrienta a medida que avanzas. El amigo no sabía entonces que ahora tendría un tumor. Penetraba resquicios entre los cuerpos. Barajaba su propia sombra con la de los demás. Supuración de todo acercamiento. Chispa de cualquier conversación. Festivo, salvaje, licencioso, el amigo había entrado en un bar repleto de máscaras. Se había acercado a la barra entre el sudor del frufrú. Un ron cargado y al baño para drogarse. Así es aquí. Sombras de madrugada. Morir es fácil con los ojos abiertos. Menos fácil con la mirada ciega. Se irá de este mundo, el amigo de las máscaras, con ojos vueltos del revés, apadrinando sombras, celebrando en la trastienda rituales de intervenciones mínimas, sembrando certezas con que rehacerlo todo en el último segundo. Musitando palabras más para los demás que para sí mismo. Él es así. (Tú callejeas, pero no entras en los bares si no es para desayunar. Huyes de las sombras que te aguardan enmascaradas en arcenes y solares, tras postigos y dédalos, dedos de dulzura aferrados al perímetro de los recuerdos. Das, dados o dedos, demoledores informes a jardines impasibles: el uno es la mejor de las tiradas; cuatro unos seguidos son un cáliz de bienvenida unidad: uno, uno, uno, uno; dos dirán que dan más, pero son muchos, muchos doses sin ningún uno son dosis delicadas de asimilar: dos dosis, dos, dosis de doses; tres veces tres y cuatro veces cuatro a saber cuántos seises suman; el cinco sigue al cuatro como el tres al dos y a todos los sigue siempre un síncope; cinco cincos seguidos suman veinticinco y entonces la jugada se vuelve arisca: cinco, cinco, cinco, cinco, cinco; infame, ¿no?) Todas las combinaciones posibles de las tiradas de dados son como las sombras que los dedos trazan cada tarde en el resol de las ventanas. Dedos solos que se han descolgado de la mano y que, como dudas o dados, atruenan en los tableros huecos de fachadas mudas. Una y otra vez, las sombras de la mente. Están ahí en una aureola de insatisfacción, de perdido contacto con la vida, saturado tropel de irrealidades. El amigo contaba el estupor y el brío del contacto, la tropelía del sudor, el pistoletazo de las risas, los arabescos de los disfraces locos. Nada de esto se perderá para él en el último segundo, en el último consciente, al menos, cuando aún no se haya hundido en el pérfido sopor del infortunio. Lanzas ahora para él los dados de los dedos, avanzas: uno, tres, dos, cinco, cinco, uno, seis, tres, tres, tres, cuatro, dos, seis, cinco. La única fortuna, poder lanzarlos otra vez. Y otra, y otra. Vivir entre dos puntos seguidos, un instante más. O entre comas, al menos. La máscara, la plaza, los palacios, la inconsistencia, el milagro, las sombras, las mentiras, el jardín, los bares, las casualidades, el tira y afloja de los dados diarios. El amigo contó más cosas, pero no las recuerdas. Pronto no las contará más y tú las recordarás. Un cuento y un recuerdo, un cuerdo y un recuento: ¿qué te apuestas?   

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