martes, 9 de enero de 2018

CHINYERO

Ahora ya no intento nombrar: me contento con que las cosas me penetren. Me dejo columpiar en medio de los pinos y no busco nombres para lo que desconozco. Sé que llevo en mí todos los nombres y ninguno. La arena es como mi propia piel: rasposa y cenicienta. Si hubiera venido aquí hace quince años estaría aventurando metáforas y ripios en vez de avanzar en círculos, desentumecer los huesos, disipar toda tentación de hablar mientras el paisaje se convierte en un nuevo surco, una nueva inscripción borrosa en la mente.


¿Alguna vez escuchaste cómo el viento soliviantaba las copas de los pinos, mientras abajo, al pie de las raíces, junto al camino, el silencio se escondía, se refugiaba en los pies, rebotaba entre los troncos?  Hay árboles que saben cuándo va a cobijarse en ellos un pájaro, y para qué. Los hay de lomo azulado, los hay grises y casi transparentes, los hay del color de la miel y la pinocha. Pájaros y pinos, digo.


Allá, a lo lejos, la lava se contrajo,  ¿hace cuántos milenios?, y engendró esos roques, incisiones, frentes negras. ¡Así que aquí es donde se celebran esos conciliábulos sobre los que leímos en libros quemados por la sal de tantas mareas! Asustan, son máscaras negras carentes de ojos, de bocas, puras narices que nos olfatean al pasar y reconocen en nuestro aliento el hedor de las alimañas. 


Pero hay que continuar, seguir en círculo la estela de lo irreparable. Supe entonces que me dirigía hacia otro tiempo, pero empeñándome en acudir a él desde el otro lado, desde el lado de acá, sin darme cuenta de que ese rodeo era impracticable. Para llegar a aquel otro tiempo –soñado o recordado, qué más da– debía hacerlo desde el lado de allá, debía situarme justo al revés, intercambiar mi posición con la del vigilante del origen y esperar a que empezaran a desplazarse nuestros respectivos lugares. Había, era cierto, otro tiempo más allá, no sé si en medio de la memoria o el olvido, pero para llegar a él no podía hacerse sino de esa extraña manera.


¡La frontera entre la colada y los pinos! Pon tu pie aquí, me dije, y siente cómo se quema. Salta hacia atrás para salvarte. El volcán es nuestro mejor dibujante. ¡Menudo Pollock está hecho para manchar de lava lo que se le ponga por delante! Pero sabe pararse cuando corresponde. Prevé que unos cuantos milenios después su gracieta será admirada como un ejercicio de precisión y que se propondrá como modelo de equilibrio entre la desmesura y la armonía, entre el caos y la elegancia.


Cuando, en algún momento del camino circular, surge el volcán a la derecha, tenebroso, intacto, protegido incluso por la normativa (“está terminantemente prohibido ascender a los volcanes”), lo miro casi como si, de algún modo, ya lo conociera. Este volcán, me digo, entró en erupción cuando mi abuela tenía cuatro años de edad. Ella decía recordarlo, o quizá se lo contaran años después. En cualquier caso, no hace tanto de esto: 1909. Poco más de un siglo. Ante un volcán como este, uno tendría que subir al cráter y dejarse caer por él como el loco de Empédocles. Alimañas, alimañas es lo que somos, ya lo he dicho.


Más sencillo y menos irresponsable que transformarlo todo en palabras es caminar en silencio, apagar los restos de toda combustión interior –con el riesgo de aproximarse demasiado a ese otro borde del que no se regresa–, para probar al menos si no es así como mejor se puede percibir lo que un lugar como este nos brinda: un poco de calma, aire muy limpio, realidad, tiempo, cordura. No digo que, si hay oportunidad, no pueda uno preguntarse, asombrarse o desear a partir de determinados indicios, marcas, señuelos, pero sí que quizá lo más importante aquí es darse cuenta de que en ese momento es este el mejor lugar del mundo para estar; y no sólo darse cuenta, sino sentirlo con toda el alma, sin ambages, sin trabas.


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