viernes, 26 de enero de 2018

ALGUIEN QUE MANOSEA SUS MUÑONES


Ahora son las imágenes, a falta de vida, lo que bulle en mí. Imágenes que tuvieran vida propia, se diría, y que se mueven por los recovecos de mi memoria –aunque en mí no hay ya memoria, sino otro tipo de reducto, menos sólido, de lo que una vez existió– como peces en el agua. Es decir, que las imágenes flotan, circulan, se desplazan, giran, se emboscan… ¿no hay un nombre para lo que hacen los peces en el agua? Pasan bajo los párpados bancos de imágenes tan parecidas como peces multicolores, alineadas como los soldados de un batallón, gráciles en su desfile y sobrecogedoras en su silencio, y ni una sola de esas imágenes es idéntica a otra, de cada una de ellas se desprende un matiz, una burbuja, una sombra que la distingue de las demás. Son las imágenes de lo que una vez fue vivido, o de lo que se supo que vivía, de lo que se escuchó en una historia viva –contada por una boca viva en medio de una noche carnal– lo que bulle en mí ahora, en este tiempo mío de la imposibilidad de vivir o de la imposición de las imágenes sobre la costra de la vida. En los anaqueles, dispuestas en un orden aparentemente caótico, en el interior de tarros sin etiquetas, en uno de los pasillos menos visitados de la despensa, adonde no llega apenas la luz de la bombilla que no siempre consigo encender, brillan, sin embargo, como con un brillo propio, o con el reflejo de un brillo, las más oscuras imágenes. Todas tienen que ver con aquel hombre. Un asesino, decían. Alguien que había matado a alguien y que había pasado algunos años en la cárcel por ello. Un hombre al que recuerdo ya en mi infancia, antes del asesinato y de la cárcel –si los hubo–, paseando por las mismas calles que yo, cruzándose conmigo frente a la farmacia, siempre con una bolsa en la mano, con ropa oscura, barba de tres días, mirada de piedra, frontal. Una de esas tantas personas que desaparecieron cuando me marché, que se evaporaron en el curso de la vida, en medio de mis múltiples viajes, como si fueran ellas las que habían dejado de existir y no yo el que me había ido. ¿Adónde van todos aquellos que se quedan en el lugar que abandonamos, todos aquellos que no nos llevamos con nosotros, ni siquiera en un frágil hatillo que nos permita luego recordarlos? La ciudad se los traga. Los devoran las calles. Y esas mismas calles los vomitan años después, cuando volvemos, otros, otros ellos también, pero los mismos, los de antes. Otro aquel hombre, con la misma mirada de piedra, algo más ladeada, su bolsa en la mano, quizá ahora de papel y no de plástico, la ropa oscura, más deteriorada, la barba poblada, canosa, descuidada. Transitamos ahora entre los vómitos de entonces, vómitos también nosotros, heces de quienes fuimos, en escupitajos transformados nuestros sueños. Hay un lugar en el que ese hombre, cada noche, se detiene, se embosca, fuma no sabe ni él mismo qué, visita a sus ancestros, viaja en el tiempo, manosea sus muñones, toca el tronco de un árbol para respirar, investiga los huecos de la realidad, permanece en silencio. Una vez lo vi allí, en ese lugar que sólo él conoce y que yo preferiría olvidar –¡pues yo no soy él, yo no soy él!–, pura imagen que se ha dado la vuelta y ha regresado al mundo de los vivos. Sombra viva en medio de la sombra muerta, silencio de la verdad en el huerto de la mentira, un hombre junto a un árbol sin que pueda saberse cuál es uno y cuál es otro. Eso aterra. Entre la persona asesinada, el asesino y yo, en ese mismo instante, parece haberse establecido un pacto, no un pacto de silencio sino de verdad: la verdad es esto, la verdad es esto, se escuchaba susurrar a las ramas del árbol –o a sus raíces–, sin que cupiera rebatir de modo alguno tal declaración. La persona asesinada, una equis en medio de toda esta ecuación diabólica, no parecía tener inconveniente en reunirse con quien había sido su asesino –si es que lo era– y alguien que pasaba por allí, un testigo, abogado defensor, fiscal o juez, fuera cual fuera mi misión en aquel aquelarre con trazas de juicio. Hubiera debido volver al cabo de unos días para escarbar en la tierra y encontrar quizá una cadena de plata, la foto de carné de un presidiario, una pata de gallo o una navaja de bolsillo. Ahora sólo puedo lamentarme por no haber dado el suficiente crédito a tal escena de fantasmas y por haber dejado sin investigar a aquel sujeto: yo, él, ello, el otro, quienquiera que fuese. Las imágenes cruzan también como bandadas, si levantamos la vista al cielo, o como proles de roedores camino de las alcantarillas menos sucias de nuestra conciencia. Su desfile es como el de los adioses de otro tiempo: levantan mucho polvo y no dejan sino cadáveres.  

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