miércoles, 22 de febrero de 2017

A LA SALUD DE ENTONCES


Era en aquellas instalaciones, sobre todo en la piscina que habían construido bajo el piso acristalado de la cafetería, de modo que quien se refugiara allá abajo, a los pies de los demás clientes, pudiera observar mientras flotaba boca arriba, a través de los cristales, las piernas vaporosas envueltas en toallas, unos muslos de vello rubio y rizado o, aún más de cerca, como ventosas contra el techo-suelo, las plantas de unos pies que reposaban junto a la barra, al lado de otros pies –casi nunca están solos los pies si se los mira desde abajo, le daría luego por pensar–; era en aquellas instalaciones, entonces, donde alguna tarde conseguía olvidarse del tráfico de sensaciones dolorosas en el que había desembocado su vida en esos años: allí los golpes se atenuaban, se recubrían las animadversiones de una fragancia de descuido y los lamentos se fundían con los más progresivos deslizamientos del placer. La calle Larra invitaba, sin embargo, a detenerse, aquellas tardes, para intentar aprisionar en una burbuja de tiempo el efecto de las nubes reflejadas en los balcones acristalados, una burbuja que un paso después estallaba para que pudiera formarse otra: y esas burbujas aparecidas y desaparecidas, formadas y deshechas a medida que andaba y se detenía en la calle Larra pasarían a formar parte, mucho más tarde, de un poema que titularía “Desplazamientos, nubes” y que ahora no sabría dónde encontrar. No sería sino mucho más tarde, años después de mudarse de barrio, cuando visitar la calle Larra hubiera supuesto un viaje en metro con tres cambios de línea, y no como entonces, cuando le bastaba cruzar dos calles y una avenida para encontrarse de lleno en la entrada de las instalaciones mencionadas; no sería sino mucho más tarde, pues, cuando volvería a acordarse de una vez, de una tarde pasada allí, diferente de todas, espigada quizá entre las demás, años después, por su condición agridulce, por el hecho de no haber conllevado ni una decepción ni una alegría, es decir, por la simple razón de que lo allí ocurrido entonces había conducido a una vía muerta, a un sinsentido, a lo que los pedantes llamarían un impasse. Y era justamente la falta de sentido de aquello lo que determinó que cobrase sentido, imaginaba, recordarlo, aunque en su momento no pudiera prestarle más atención que la que reclamaban otros recuerdos, otros hechos ocurridos en otras circunstancias e igualmente insistentes como material recuperado del pasado. ¿No es el presente, en definitiva, como una fortaleza asediada por los mamelucos de los recuerdos, un castillo que vierte a todas horas toneladas de aceite hirviendo para desembarazarse de los ataques protagonizados por las tropas de la memoria? Y, si no, ¿qué hacía él entonces, años después, ensimismado en su piso a medio amueblar, en una cuarta planta sin ascensor, buhardilla de por medio, balcón sin vistas, patio interior con tiestos de geranios, flotando de nuevo como cuando extendía sus brazos y se entretenía en contemplar los dedos gordos de los pies de imberbes plantígrados apostados en la barandilla de la escalera que bajaba desde la cafetería a la piscina de agua templada en donde el cuerpo entero se había convertido en un gran ojo dispar, y las aguas, reflejadas en los grandes cristales de las paredes, en miríadas de mirillas que permitían mirar a través de ellas los cuerpos sumergidos, flotantes en el piso superior, recostados en sofás o escondidos más allá de los espejos, entre los pliegues de sus toallas, disimulados los muslos entre las toallas de otros, doblegados dobles de sí mismos, cuerpos doblemente mirados, ojos dormidos en el cuerpo que flota, cristales empañados en la revelación del revés, bajos fondos de la piscina que se abren bajo el suelo de la cafetería en la que, una tarde cualquiera que se volverá luego simpar, bebemos a la salud de lo que no existe una copa que no será la última que compartamos pero que, sin embargo, nos lo parecerá. Sí, era absurdo estar en aquel instante en el interior de la piscina y fuera de ella, en la barra, flotando en el tiempo y balanceándonos en una silla de bar, conociéndonos y rechazándonos, reconociéndonos y desconociéndonos a un tiempo, extraño y absurdo mantener una conversación y a la vez callar, suponernos un nombre y ocultárnoslo, desearnos y escondernos, avanzar y detenerse, tocar y no sentir. Era la contraposición de todo aquello, la simulación unida a la verdad, el tiempo rehuido y a la vez ansiado lo que nos convertía en los portavoces de la más reprobable de las comedias. Y esa comicidad que nos diferenciaba con la más regocijante de las diferencias se convertía, por su propia capacidad de negarse a sí misma, en la más desnuda de las tragedias: la de los cuerpos que se poseen y se despedazan, la de la piel que se traspasa y que al instante se recompone.