jueves, 30 de noviembre de 2017

LA HUIDA

Huyó, por el devastado salón, hasta el otro extremo de la casa. Pero la casa no era demasiado grande. Sólo disponía de dos habitaciones. Su única solución era huir unas veces a una y otras veces a otra. Llegar a una de ellas era olvidar lo que en la otra lo estaba amenazando, y viceversa. Descansaba por un tiempo, intentaba pensar en otra cosa, se desentendía de lo que hacía un instante lo mortificaba. Y luego, cuando volvía a sentir los traqueteos, los zumbidos, escapaba de nuevo: se iba hasta la otra habitación, unos cuantos metros más allá. Se serenaba otra vez, respiraba hondo, miraba un cuadro colgado en la pared. Subía la persiana, aspiraba un poco de luz, cada vez menos luz, pues se acercaba el invierno. Se sentaba en el filo de la cama. Y entonces volvía la inquietud, como un globo que explota, otros globos que explotan, alguien que comienza a martillear un tabique. Sale zumbando hacia la cocina, bebe un poco de agua, se come unas nueces, friega la loza, mira la fecha de caducidad de unos yogures. De pronto resuenan unos pasos, y un fragor de voces, amplificado por la caja de la escalera, se filtra por debajo de la puerta. Un coche arranca. Se le rompe una copa, recoge los pedazos, tropieza con una silla, la pata chirría al arrastrarse por el suelo. La persiana de madera se golpea contra el marco de la ventana. La puerta de la calle se ha quedado abierta. El coche lleva ya un rato con el motor encendido. De la cocina pasa al salón. No hay donde estar. El teléfono suena. Lo coge y lo lleva al dormitorio, lo pone sobre la cama. Al otro lado, alguien se desgañita, creyendo que él lo escucha, y reclama una respuesta. Sale del dormitorio, cruza el pasillo hasta la habitación que da a la calle. Por la ventana entreabierta ronronea el motor encendido. Debe de hacer ya diez minutos desde que lo arrancaron. Otro coche se detiene a su lado. Cree que el aparcamiento va a quedar disponible y toca la bocina. El coche aparcado le responde por ese mismo medio que no, que no se va a marchar. El otro reanuda bruscamente la circulación, acelera, frena en la curva que hay un poco más abajo. Deja con un par de zancadas la habitación que da a la calle, cierra la puerta, intenta olvidar el chirrido de las ruedas marcado en el asfalto, en las venas de la garganta, entra en el baño, cierra la puerta. Abre la ventana del patinillo, introduce la cabeza y mira hacia arriba. Por las tuberías circula, reconfortante, el agua de la cisterna de los vecinos de arriba. Se deja extasiar por esa cantilena, pero enseguida lo sobresalta un portazo, no sabe bien si del segundo o del tercero. Resiste un poco más con la cabeza dentro del patinillo, que sigue pareciéndole, a pesar del eco del portazo que retumba todavía, el lugar más tranquilo de la casa. Se lava las manos, varias veces. Espera un poco más dentro del baño, quizá ya hayan bajado los vecinos del segundo –o del tercero– y no se oigan sus pasos en la escalera. Sale del baño y vuelve al dormitorio. La cama es un remanso de dos metros de largo. Se tumba. No hay nada que hacer. Respira. Deja que el aire se quede unos segundos en el vientre. Lo repite tres veces. No está seguro de que el coche siga arrancado todavía. Se deja caer al suelo, se tumba boca abajo contra el frío de las losetas, sin camisa. La habitación no se lo traga como desearía. Todo raspa. Todo es borde que rebota. Todo reverbera inquietud, cansancio. No permanece sino unos pocos segundos en esa posición de decúbito prono. El silencio no existe. Las paredes son de papel; las puertas, de seda. Por el vientre suben hasta su cerebro los quejidos de las tripas. No es hambre: es infección, gastritis crónica, la consecuencia de haber comido mucho y mal durante años. Se levanta, se desviste, se ducha. El ruido del agua lo libera por unos minutos. Se sincroniza con su corazón. Lo alivia. Sale del baño, ya está de nuevo en la sala. Se sienta en el incómodo cheslón, mira la estantería. Nada es de verdad. ¿Todo está contrayéndose? ¿Todo está dilatándose? Vaga sobre la alfombra, entre los vasos amontonados en un rincón y la pila de libros sin leer desde hace meses. Coge uno de ellos, se recuesta a leerlo, la luz no es suficiente. No consigue concentrarse más de un párrafo seguido. Se levanta, va al baño y deja que el agua le caiga cinco minutos sobre la cabeza, necesita volver a sentirla sobre su piel. Sirenas, bocinas, motores suenan a lo lejos. Cuando dejan de oírse, los sigue oyendo.  

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