jueves, 9 de noviembre de 2017

EL ACCESO

Como si se tratase de una de esas visiones que sólo se tienen en el lecho de muerte, del modo más tardío e inesperado, un día, sin buscarlo, dio con el acceso al submundo en el que vivían los puniti, esos seres que cantan con la boca cerrada y viven atados a las raíces de los árboles. 


Era una de esas tardes nebulosas, típicas de la ciudad. Se había levantado algo de viento. Durante unos minutos vio el agua de la dársena precipitarse contra los diques, sin salida. Los pocos paseantes se tapaban los cuellos porque el aire llegaba de través, no de frente, y era viscoso, grasiento, como si contuviera trazas de petróleo. Los hoteles, o al menos sus terrazas, lucían, sin embargo, esplendorosos, llenos de turistas de mediana edad que parecían disfrutar de un clima apacible. Deambuló por entre las distintas terrazas, con su típica figura de personaje poco sociable, mirando sólo de reojo a un lado y a otro no fuera a encontrarse de pronto con algún viejo amigo dispuesto a darle la tabarra. Ese día no había trasatlánticos estacionados en el puerto, sino buques de carga: era una de esas tardes grises, comerciales, en las que la ciudad no es sino un apéndice del puerto, sin que el puerto tenga, por el contrario, nada que ofrecerle a la ciudad. Dos mundos paralelos que no se tocan ni se conocen, pero que fluctúan el uno hacia el otro y que no podrían existir por separado. 


Fue justo en el límite entre ambos, en algún lugar de esa avenida construida para delimitar el final de la ciudad y el comienzo del puerto, o viceversa, donde encontró la entrada al mundo subterráneo donde vivían los puniti. Como casi todo el mundo, había oído hablar de ellos, conocía algunas de las leyendas que les contaban los padres a los hijos, pero nunca imaginó que un día podría encontrar un acceso a ese trasfondo que para los habitantes de la ciudad era siempre un tabú, un misterio, un mito. Los puniti, se decían, eran los responsables de que la ciudad supurara casi siempre esa extraña inestabilidad que sólo quienes vivían en ella desde niños alcanzaban a identificar con claridad: había lugares que parecían succionar lentamente a quienes allí se detenían, había zonas que, al atravesarlas, producían leves mareos, aprensiones. También se atribuía a los puniti el zumbido permanente que buena parte de los residentes sentía, un ronroneo que a algunos acababa desquiciando y que la mayoría creía debido a causas fisiológicas, a desarreglos mentales. En fin, nunca se sabrá cuándo comenzó la costumbre de trasladar a determinadas personas, acusadas de puniti, al subsuelo de la ciudad. Tampoco se sabía bien quién lo hacía, con qué medios, bajo qué órdenes.


Lo cierto es que los puniti, en esas raras circunstancias, debido a la incomunicación y al contacto con los miasmas del mar y del subsuelo, habían desarrollado la capacidad de cantar sin abrir la boca –que les era escrupulosamente cosida al ingresar en su cautividad–, no estaba claro si para comunicarse entre ellos o para provocar una molestia sutil pero constante en la ciudadanía que los había condenado a vivir bajo tierra. Para evitar que los puniti se escaparan se los había sometido a otra humillación: se les dejaba crecer el cabello, que era atado fuertemente a las raíces de los árboles plantados por toda la ciudad. Había quien decía que había tantos puniti como árboles y que cada vez que se arrancaba un árbol, lo que ocurría con frecuencia, se debía a la muerte de un punito. De hecho, el zumbido que producían llegaba en ocasiones a ser tan punzante –aunque había quien ni siquiera lo notaba– que su intensidad sólo era achacable a un número elevado de individuos.


Por eso, encontrar la entrada al reino de los puniti fue para él, aquella tarde, como una especie de regalo envenenado. Había entrado en un pequeño jardín por imperativas necesidades fisiológicas. Fue allí donde encontró la rejilla. Miró por ella y vio el acceso. Llegó a pensar, mientras bajaba por una mohosa escalerilla de metal, si acaso no era así como ingresaban los puniti al mundo del subsuelo: por propia voluntad, por azar. Estaba en medio de un oscuro laberinto. Se alumbró con la linterna del móvil y echó a andar. Creyó que sentía cierto alivio, que el zumbido no resultaba tan molesto allá abajo. Quizá los puniti no fueran, al cabo, sino una invención de las autoridades para atemorizar a la población. O acaso hubieran existido alguna vez y no fueran ahora sino parte del pasado. Quizá, se dijo, el zumbido, los mareos, el malestar, todos aquellos padecimientos, no fueran al cabo sino los estigmas de lo que una vez existió. Siguió andando. Las paredes, húmedas, exhalaban salitre. Sabía que del otro lado estaba el mar. 

Unos días más tarde encontraron su cuerpo entre los tetrápodos, sin dientes, como si se los hubieran arrancado uno a uno las olas.   

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