lunes, 4 de septiembre de 2017

MONTE DEL AGUA



No sé qué escribí entonces, aunque podría releerlo. Está publicado en un librito de pobre factura y escasa difusión. Creo que se trataba de una especie de relato sin continuidad, quizá la primera muestra de este tipo de escritura que me aventuré a practicar después de muchos años componiendo poemas en razón de una fórmula que, como todas las fórmulas, acabó por revelarse fallida y castrante. Quizá el truco estuvo, aquella vez, en no partir de un momento vivido, sino justamente de algo no vivido, de lo que había quedado encapsulado en el revés de lo vivido y que, precisamente por eso, era más intenso, se desataba con menos rigor, se desparramaba casi libremente por la página. Relato sin continuidad quería decir que los personajes, si los había, no representaban sino el armazón sobre el que se sostenían las sensaciones descritas, las conversaciones inventadas, las capturas silenciosas de los rostros al trasluz. No recuerdo tampoco en qué condiciones tuvo lugar el paseo real que engendró aquel relato, si el día era nítido o si, por el contrario, dominaba la niebla. Supongo que, si no la había, niebla, quiero decir, el relato la habría inventado. Qué mejor que la niebla para revelar lo discontinuo, lo amasado en el torpor de un intercambio sin fisuras, lo deshilachado a lo largo de los pasos dados por los excursionistas. El Monte del Agua es como un turgente pezón humedecido por un deseo innombrable. Se entra en él como si no fuera a salirse de él. Cuanto más se adentran los pasos más oscuridad se cava y más humedad se respira: se diría que fuera a entrarse en el ombligo del agua, en la fosa de la negrura última y, sin embargo, también la oscuridad se respira y también el agua lo cubre todo allí, del modo más sutil, como si se mezclaran, apenas indivisas, agua y oscuridad, lo húmedo y lo tenebroso, ombligo y pezón, raíz y nervio. Aquel relato sin continuidad que recogía una aventura posadolescente que posiblemente yo mismo, y menos con las herramientas de que por entonces estaba dotado, ni siquiera había comprendido bien no debió haber figurado nunca en aquel librito de pobre factura, compuesto, sin embargo, por otros textos algo menos endebles, un pequeño adelanto de lo que por entonces me encontraba escribiendo. Es curioso cómo la memoria construye o deja que se construyan en ella lugares que no han existido sino en un mapa muy distraídamente trazado. Las curvas, por ejemplo. Son las mismas que entonces. Dos o tres curvas que parecían sacadas de aquel relato que no he querido releer y que dibujan en el interior de lo recorrido el sentido sinuoso del bosque, sus recovecos cada vez más escondidos, su ascenso en espiral, la serpiente que se retuerce debajo de los pies. Y algún claro, también. Uno de esos huecos en los que los árboles parecen haber dejado espacio para que algo ocurra, y algo debió de haber ocurrido, si no en aquel relato sin continuidad, sí al menos en otros, no escritos por mí, apenas intuidos, ¿o si no qué hacían allí esas cáscaras de manzana esparcidas junto a unas piedras y ya resecas junto a esos clínex en lo que parecía la escena de un crimen, un crimen sin más víctimas que los personajes de una novela no escrita, de un cuento no narrado, de una leyenda de amores imposibles? Investiguemos un poco. O, más allá, “seis árboles plantados en recuerdo de los seis ángeles que murieron en el accidente de la galería Piedra de los Cochinos en 2007”, o algo similar, escrito por una mano temblorosa junto a una piedra cubierta de muchas otras piedrecillas de la memoria. ¿Cómo irse de allí sin añadir una más a aquella colección en equilibrio, incluso, si no una oración, sí un pensamiento con relativa capacidad para imaginar las vidas de los seis ángeles devorados por el extravío, por la bouche d’ombre, la galería asesina? Más allá, las telas de araña flotan entre dos ramas, mágicos encajes de la licuefacción. Aparecen de pronto en el borde del camino, sin que parezca haber arañas en ellas: han sido dibujadas con las gotas más gráciles y están allí para que el genio del bosque juegue con ellas lamiéndolas con su lengua invisible. Columpios que la brisa distribuye a lo largo del bosque para que las hormigas sepan lo que significa estar en el aire, ellas que no juegan nunca. Voy en dirección contraria a la otra vez, a aquel otro domingo de cuando tenía veinte años y el silencio no era tan necesario como ahora. Ahora lo bebo y lo aspiro con desesperación, me lo llevo conmigo aunque a la menor bocina, al menor grito se disipe, y con él el bosque entero y sus helechos, sus telas de araña y sus musgos trepadores. En algún momento habrá que dar la vuelta. El bosque no tiene límites. Descubrirlo es negarlo. No siento ninguna apetencia ahora por los símbolos, por las significaciones. No busco compartir ningún sentido. Ni siquiera puedo inventar un nudo de correspondencias, pues lo que hay es la imposibilidad de la lectura y la desaparición de las señales. En medio de esta soledad, en el mismo centro de este vértigo de todas las disoluciones, surge, aún, el resplandor del bosque, el silencio de su mundo verdeoscuro, el imposible sueño de estar y no estar en él a la vez.  



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