jueves, 28 de septiembre de 2017

LOS FANTASMAS (O EL HOMBRE SENTADO EN UN BANCO)


Lo bueno –o lo terrible– de llevar mucho tiempo sin vivir en un lugar es que, poco después de regresar, un día, de pronto, empiezan a aparecer fantasmas. Esos fantasmas se parecen a personas que en otro tiempo, reales, uno frecuentaba. Creo poder afirmar que se ponen de acuerdo para aparecer todos el mismo día, uno de esos que están a punto de terminar sin mayores novedades, un jueves como el de hoy, por ejemplo. Entonces, cruzando un paso de zebra de la avenida marítima, se nos materializa una pareja de ancianos que en nuestra otra vida –si podemos hablar así– fueron los padres de un amigo del colegio, un compañero que alguna vez nos invitaba a merendar en su casa, en el salón comedor que ostentaba un piano de pared y unos ventanales con vistas al puerto, y en el que su madre, por entonces una mujer de treinta y cinco años, nos servía unos bizcochos que parecían acabantes de sacar del horno mientras nos sonreía desde su juventud recién abandonada. Ahora va cojeando del brazo del marido, que arrastra los pies, mientras la avenida ha sido literalmente tomada por hordas de practicantes del footing y del running que confrontan sus miradas perdidas con una ciudad que parecen no reconocer. ¿Serán ellos también fantasmas? Si acaso lo son, no pertenecen a la misma especie que los otros, pues aquellos, los ancianos que fueron un día los padres de mi amigo, o esta otra pareja igual de mayor que pasa ahora junto a las antiguas instalaciones del casino, son fantasmas personales, quiero decir, seres que una vez existieron y que quizá todavía sigan existiendo en lo que llamamos realidad, mientras que esa masa anónima de incivilizados corredores son fantasmas, diríamos, advenedizos, refractarios a cualquier identificación con un mundo precedente; es más, son fantasmas sin rostro, descabezados, a los que apenas si se les ve una espalda cubierta con un chándal sucio y prolongada por extremidades desproporcionadas. La ciudad misma, el espacio en el que todas estas apariciones tienen lugar, está cubierta de una pátina de alucinación: el puerto navega perdido entre los contenedores, las grúas levantan los brazos como pidiendo auxilio, unas plataformas petrolíferas amenazan con volver más negro el cielo de la noche negra y donde antaño hubo una estación de viajeros hay ahora luces fluorescentes que anuncian la celebración de una fiesta privada. Todo está patas arriba y todo está a la vez como revitalizado. Las antiguas categorías no nos sirven para describir lo que pasa. Nos detenemos en medio de esta marabunta de fantasmas desaforados y no nos damos cuenta de que estamos ocupando un carril bici por el que vienen a toda velocidad unos faros que se nos clavan en los ojos. En el barranco crecen lo que en algunos relatos rioplatenses llaman yuyos y cuyo nombre local hemos olvidado o quizá nunca supimos. Sentado en un banco solitario, cerca de la sede de los prácticos del puerto, un hombre delgado fuma junto a un hato en el que parece llevar resumida su vida. Los fantasmas pierden por un momento su preponderancia. Frente a esa figura salida de una novela, o llegada desde un país muy lejano, quizá nórdico, los fantasmas se desmaterializan y toda la luz mental de este instante recae en ese personaje aparentemente anodino que parece descansar de un largo viaje. Quiere contarnos una historia, estoy seguro. Pero o bien nosotros no tenemos tiempo para escucharla o bien son demasiado estridentes las voces que nos rodean, las voces de todos estos fantasmas que parlotean sobre sus fútiles vidas. Otro día, si está sentado en el mismo banco y si la fiesta privada no se lo lleva por delante, hablaremos con él, nos sentaremos a escuchar su historia y nos hablará de una hija a la que perdió en un accidente ferroviario, o de su primer amor, hace más de treinta años, una iraní a la que conoció en una discoteca de Roma y que años después regresó a su país para cuidar a sus padres –y él nunca la ha olvidado, aunque no volvió a saber de ella. Nos contará también sus aventuras en un barco que hacía la ruta entre Trinidad e Isla Margarita y en el que llegó a formar parte de un cártel que traficaba con drogas sintéticas. La historia de su vida, a falta de alguien que la escuche, se disuelve por ahora entre el enjambre de muertos vivos que abarrotan las calles. Algún día me gustaría ser, en una ciudad como esta, pero en la que no se hable esta lengua, en la que nadie pueda entenderme, en una ciudad de otro océano, dejada de la mano del tiempo, como esta, un personaje sentado en un banco junto a una fiesta privada, fumando mientras piensa en lo que dejó atrás, un personaje que recuerda un relato escrito hace mucho en el que un hombre estaba sentado en un banco rodeado de fantasmas.

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