jueves, 3 de agosto de 2017

ADOLESCENCIA

¿Recuerdas cuando escribías a ciegas, en aquellos grandes cuadernos para dibujar, con la letra hipertrofiada por culpa de la oscuridad, entre una fisura abierta entre la vigilia y el sueño? Entonces tenías quince años, adolescente dañado ya por el vicio de la escritura, pequeño monstruo abúlico que te despertabas por las noches y contraponías una lámina al vacío de la ventana entreabierta.

Chamán de pacotilla, con tu pijama de franela azul, te asomabas por el rectángulo que quedaba libre y, como si fuera a ser guillotinada, tu cabecita se extasiaba al contacto con la brisa. La ciudad vociferaba a las tres de la mañana: lamentos de desaparecidos, chispazos de semáforos, gorjeos de estrellas, aleteos de pajarracos sin nombre ni número.

Te esperaba allá afuera un mundo que no estabas preparado para conocer, un universo que se entrelazaba con los que ya conocías de tus andanzas entre libros, maldito letraherido sabihondo, repelente sabelotodo encorvado. Alguna vez llegarías a darte cuenta de que el mundo que te llamaba desde los recovecos de la noche no se parecía en nada al que te habías formado en tu retorcida imaginación.

Agarrabas el cuaderno, lo ponías sobre las sábanas, buscabas el bolígrafo en la mesa de noche, garabateabas. “Lejos, la sabiduría / trazará su olvidado perímetro / más allá de esta vida / reducida a la sed.” Y, al rato, te volvías a dormir. Por la mañana el cuaderno aparecía en el suelo, junto a la cama, como si lo hubieras dejado caer estando ya dormido. No te atrevías a leer lo escrito. Preferías que se fuera acumulando en el cuaderno, noche tras noche, como las monedas que guardabas en la hucha o la arena que caía en las esferas gemelas del reloj.

Maldito aprendiz de brujo. Casi dejabas de vivir durante el día para que la noche te regalara esos pequeños diamantes dibujados. Despertar varias veces era para ti una increíble victoria. Y los “poemas” que escribías tanteando en las sombras eran las medallas que atestiguaban tu triunfo. Vencidos quedaban todos los momentos del día, ese territorio al que te arrojaban y del que deseabas volver lo antes posible para recostarte en la cama y empezar la aventura de cada noche. Vencidos quedaban los desmanes, las burlas, los silencios, las arbitrariedades, los cuchicheos, los pisotones, las falsas sonrisas.

En la escritura te sentías libre y nadie te abroncaba porque nadie sabía que por las noches hacías “eso”: escribir. Había que guardar lo escrito, protegerlo de la vista de cualquiera, reservarlo para “tiempos mejores”. El bolígrafo volaba por los meandros de la oscuridad, se retorcía como un ídolo utilizado para un sacrificio ritual, engendraba lo inesperado, perfumaba la noche, sacaba chispas de tus aletargados dedos. “Tienes, brisa, memoria de mi paso / por esta vida de huecos / unos dentro de otros. / No me olvides, recuerda, / pasa pronto a buscarme.”

Como si te creyeras un médium, formabas una ouija con tus palabras enlazadas en la oscuridad. ¿A qué espíritus convocabas? ¿Creías que alguno vendría a salvarte? El cuaderno se llenó de garabatos. Cada noche, la ciudad vomitaba sus desvaríos para competir contigo. Dentro de la habitación eras un pequeño dios que modificaba el mundo emborronando un cuaderno. Fuera, eras un crío insoportable, a quien sus compañeros evitaban, que se encerraba en los baños durante el recreo y recogía las cucarachas muertas para repartirlas entre los pupitres de los empollones de la clase.

La vida se encargaría de ponerte en tu sitio. Mientras tanto, tú seguirías tanteando cada noche el gigantesco cuaderno. “Surgida al filo de la madrugada / esta voz que no busqué, / me pregunta los nombres / de lo que está escondido: / y yo no sé responderle”.   

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