jueves, 27 de julio de 2017

LA EXPULSIÓN


Hay quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino, ni tampoco fulminante. Dicen que, en rigor, es difícil precisar cuándo comenzó y si a día de hoy ha sido definitivamente consumada. Según ellos, estaríamos, por tanto, ante un acto demorado e incierto, de carácter discreto, casi clandestino; sin difusión ni resonancia alguna. Las causas de la expulsión son igualmente objeto de debate: algunos presumen que se debió a la contravención de una norma, pero este dictamen ha sido refutado por quienes creen que el motivo principal fue una falta de respeto a la autoridad; minoritaria, pero no del todo descabellada, es la idea de que la verdadera causa de la expulsión habría sido la presencia del expulsado en un lugar donde no era bienvenido, al menos el hipotético día en que se decretó su expulsión. La mera mención del expulsado podría dar a entender que se trata de una persona concreta, identificada; pero nada más lejos de la realidad: lo único seguro es que se decretó una expulsión contra alguien, que esa expulsión se debió a uno o varios motivos y que tuvo consecuencias. Todo lo demás es pura especulación. Lo mismo que sobre los motivos de la expulsión se han elaborado varias conjeturas, sobre las consecuencias de la misma corren no pocos rumores. La persona expulsada, según algunos, tuvo que renunciar a una serie de privilegios trabajosamente adquiridos durante los años en que perteneció a la corporación que la acabó expulsando; según otros, la expulsión procuró un alivio infinito al expulsado, que a partir de entonces pudo construirse una personalidad, desempeñar libremente su profesión, comprarse una casa, fundar una familia. Nadie duda, sin embargo, de que estas consecuencias positivas, si las hubo, vinieron después de un periodo de suspensión en el vacío, de perplejidad ante la nueva situación vital, incluso de hondo desamparo.


Objeto de controversia sigue siendo asimismo el peliagudo asunto de si el expulsado pudo prever o no que iba a serlo. Quienes opinan que la expulsión no fue un proceso repentino creen, en buena lógica, que el expulsado debió de percibir determinadas señales durante los meses previos a la expulsión. Miradas de reojo. Llamadas sin responder. Facturas sin firmar. Risas abortadas. En esa fase que no sería descabellado denominar fase de pre-expulsión, el expulsado pasa de ser considerado un miembro más de la corporación a ser visto como un cuerpo extraño, como un intruso. De forma quizá no del todo consciente, sus todavía compañeros empiezan a tratarlo con cierta distancia, con menor camaradería; que quien luego va a ser expulsado perciba o no estas muestras de prevención estará en relación con la mayor o menor dependencia que haya llegado a sentir respecto de su integración en el grupo. Si se trata de un individuo dependiente, las muestras de rechazo lo irán minando hasta hacerle sentir su nueva condición de expulsado como un castigo o una condena por alguna acción que quizá ni siquiera consiga precisar. Si, en cambio, estamos ante un individuo más bien independiente, la exclusión o el alejamiento de sus compañeros no serán considerados sino un fenómeno transitorio de difícil explicación que se espera reconducir con el paso del tiempo. Que la expulsión constituya o no un mazazo para el expulsado dependerá en gran medida de cómo viva este periodo de pre-expulsión anteriormente descrito.


En lo que casi todo el mundo concuerda, sin embargo, es en que el expulsado merecía su expulsión. Al parecer se la había ganado a pulso. Es comprensible que una corporación no pueda seguir admitiendo en su seno a individuos en los que no puede confiar, miembros que no muestran plena convicción o simbiosis con las creencias corporativas. En estos casos, el periodo de pre-expulsión puede concebirse como una fase pedagógica orientada a la corrección de determinadas conductas o al reforzamiento de la comprensión del sistema de valores que rige la corporación. Son muchos los ejemplos de individuos reconducidos, de cuerpos que empezaron a ser considerados extraños y que tras un proceso de pulimiento y de afinación fueron reintegrados en la comunidad corporativa. La expulsión sería, así pues, la última reacción del sistema ante la presencia de cuerpos extraños sin ninguna posibilidad de ser asimilados. En el caso que nos ocupa, se cree que la expulsión tuvo lugar después de varios periodos fallidos de pre-expulsión correctiva, fases sucesivas en las que la corporación, de modos más o menos imaginativos, hizo esfuerzos por reeducar al individuo díscolo en aras de su reincorporación a la comunidad. Quienes han estudiado el caso enumeran los siguientes procedimientos: encuentros entre pares, charlas de concienciación, conferencias plenarias, entrevistas con la autoridad, talleres de autoexploración en dependencias aisladas. Se sobreentiende que ninguna de estas tácticas debió de dar resultado y que la expulsión se consideró el último recurso capaz de preservar la pureza de los ideales de la corporación. Los cuerpos extraños que se mantienen en un ámbito comunitario sin ser expulsados acaban contagiando a los individuos con los que conviven y la propagación de sus valores e ideas pone en peligro la integridad corporativa. El bisturí de la expulsión no es en estos casos sino una medida terapéutica que no tiene por qué dañar ni a una parte ni a la otra: se separa el grano de la paja y se deja que la paja intente dar grano por su cuenta. No hará falta explicar que el expulsado es aquí la paja y la corporación, el grano.

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