martes, 20 de junio de 2017

EL PAGO JUSTO DEL DESEO

* Sobre Noctilunia, de Roberto Toledo.



Tengo un amigo que publicó su primer libro hace ya muchos años. En aquella época mi amigo firmaba con sus dos nombres y sus dos apellidos. Debió de haber un momento en que se desprendió del primero de sus nombres y otro momento posterior en que lo hizo de su segundo apellido. Creo que no ocurrió al mismo tiempo porque yo, que soy algo más joven que él, lo recuerdo firmar de ese modo sólo a medias recortado: Roberto Toledo Palliser. En algún momento decidió firmar únicamente como lo hace ahora: Roberto Toledo. Yo no leí aquel primer libro suyo cuando se publicó. Por cronología, podría haberlo hecho, pues el libro tiene fecha de 1991, el año en que me encontraba cursando el tercer curso de la carrera; pero si tenemos en cuenta que el libro circuló tan sólo entre un pequeño grupo de “iniciados” y que en aquellos tiempos yo me contentaba con leer a autores como Lezama Lima o Marcel Proust, no había muchas posibilidades de que el libro de Roberto cayera en mis manos. Los libros tienen sus tiempos propios, no hay que apurarlos. Nunca se sabe cuándo llegan al lector que los desea, y tampoco el lector puede forzar los plazos: le basta con esperar y proyectar su deseo en un tiempo de lejanías que podrá o no ser fructífero, propicio. 


El libro del que hablo es un libro de portada negra. Las letras de su título y las del nombre del autor figuran en blanco sobre un negro brillante que tiene algo de espejo sombrío, nocturno. Un espejo que brilla iluminado por luces que sabemos oblicuas. Un espejo nocturno traspasado por el deseo de la luz. Noctilunia. Noche de luna. Libro noctívago y lunar, de reflectantes y turbios secretos. Su portada se completa con una extraña ilustración. Es una de esas imágenes que quedan resonando en la mirada sin que las comprendamos del todo. Durante un tiempo pensé que representaba una clave de sol desdibujada, un modo visual de aludir a la música que se desmorona, a la melodía desdibujada de las noches. Pero un día me di cuenta de que había algo más. Es como una decalcomanía o como uno de esos dibujos automáticos realizados por los pacientes de no recuerdo qué psiquiatra de mediados del siglo pasado. Una especie de laberinto en forma de espiral, la representación de un cráneo que gira hacia el interior de sí mismo. Una prisión con aberturas desconocidas que llevan a otra prisión, y así sucesivamente. Y todavía no hemos entrado en el libro. Estamos, de momento, al nivel de la portada.


Qué fascinación la de esos libros únicos, libros que son como el preludio a un gran silencio. Nos preguntamos qué hace que este tipo de escritores prefiera no seguir publicando. En el caso de Roberto Toledo, sabemos, porque todo figura manifiestamente expuesto en los primeros versos de este libro único, que la necesidad de crear nunca fue para su autor una pose, que no decidió callarse por no tener nada que decir, sino quizá por algo que era precisamente lo opuesto: el temor de decir demasiado, de quemarse en las palabras, o de desgastarse en la gesta de la creación, de desgastarse o corromperse en el incontenible apalabramiento de la vida. Para este tipo de escritores el mayor escándalo es la palabrería, eso que para otros es pan cotidiano y hasta necesaria deriva en su compulsivo deseo de estar siempre presente, de decir por decir. “Detente, instante”, dijo al parecer Goethe en algún momento de su vida, o le hizo decir a Fausto. Este tipo de autores dice: “Detente, palabra”. Prefieren retener el impulso de escribir antes que tener que confrontarse con un discurso que no esté a la altura de sus vivencias y convivencias. De Roberto Toledo se conocen, además de Noctilunia, unas pocas plaquettes, materiales escasos que revelan quizá también el distanciamiento de quien quiso permanecer fiel a un modo de ser sin por ello dejar de convertirse permanentemente en otro. Como si el silencio fuera lo único que le permitía esa transformación y esa lealtad radicales, su obra fue creciendo hacia adentro, hacia la dispersión y la profundidad, hacia donde sólo podrían llegar a encontrarlo quienes estuvieran dispuestos a sumergirse en un viaje difícil, abrupto, una especie de particular viaje a la semilla
 

Lo único que queda es el anonimato para quien rompe con su historia: no se puede decir más claro. Hay que pagar un precio por ser otro, por deshacerse de la gastada piel, por reinventarse. El precio es el olvido, el olvido de sí y el de los otros, el anonimato, es decir, la carencia de nombre, la innominación, el desnombramiento o como quiera que podamos llamar a la acción de arrancarse el propio nombre como si se arrancara una máscara del rostro. La historia, en el caso de este libro, es una especie de secreto desmenuzado en poemas que son como los pecios de un enorme naufragio. Los poemas están ahí como testimonio de una parte de la historia, pero muchas veces parecen estarse escribiendo en medio de la historia, como si historia y poema fueran las caras inseparables de una misma moneda. Como toda moneda, refulge, es manoseada, pierde su valor, se oxida, es enterrada y acaba siendo descubierta mucho tiempo después. Con la particularidad de que aquí, en todos los casos, hay una cara que se ha borrado: la cara de la historia, la cara de la carne, la cara de los labios ha desaparecido para siempre y lo único que queda como recuerdo o como olvido de aquella cara borrada es el poema, la cara del poema. 


Un libro escrito así, con las vísceras, desde lo interior de la carne, sin otros filtros entre lo vivido y lo dicho más que esas fantasmales y brumosas formas del olvido que llamamos palabras no pretende tanto contarnos una historia cuanto hacernos partícipes de ella. De algún modo, el lector se convierte en la cara que falta. Viene a ser como el amigo o el confidente al que, a altas horas de la noche, se le cuentan entre lágrimas las vicisitudes de los últimos meses, los adioses, los desgarros, los desprecios, los olvidos. Es en esa figura tan difícil en la que hemos de convertirnos: porque es difícil ese papel, sentir todo el peso de la historia sobre nuestros hombros como si fuéramos el último sostén, el débil hilo que impide que la historia se pierda para siempre entre las sombras.


Pero en Noctilunia no hay una sola historia. Las historias son varias. Cada una tiene su tiempo propio. No se nos cuentan, pero están ahí. Una historia sobrevive a otra historia. Y a veces una historia no es sino el estremecimiento de otra historia dejada atrás. Igual que en el bosque forman un manto las capas de las hojas otoñales, un tejido del que sería difícil saber su exacta composición, su estratificación más precisa, las historias de este libro se superponen y encadenan, resuenan una en la otra, se despedazan, a veces, como si el sentido de una historia fuera desembarazarse de todas las demás. Yo he andado siempre desprendiéndome, dice Roberto Toledo. Y más adelante, en el mismo poema: Nada tengo y tantas cosas me acompañan


La última parte del libro, “Oniria”, describe un paisaje después de la batalla. El poeta ha regresado a la isla, regreso del que da cuenta la sección central, “Archipiélago”, que configura una personal poética de lo insular caracterizada por la exaltación y la melancolía. En algún momento, ese regreso ha debido de convertirse en rutina, desencanto, ruina. Se levanta entonces acta de un encuentro con las sombras. Como mercaderes en una plaza, las sombras se han reunido para cobrar sus mercancías al mejor precio posible. Sólo hay un comprador. El poeta regatea; sabe hacerlo, pues en ningún momento ha dejado de regatear con la vida. Sin embargo, los mercaderes están ahora perfectamente conjuntados. Se inicia la sangría. El expolio. Es entonces cuando el poeta saca la última carta que le queda. La que nunca ha querido usar en medio de las anteriores pujas y refriegas. Se adentra entonces en los sueños. Son ellos los que van a salvarlo. Los mercaderes desconocen ese lenguaje de monedas sin valor, quizá aquellas mismas monedas de las historias borradas, pero convertidas ahora, por obra de la poesía –esa alquimia precaria–, en talismanes capaces de salvar al poeta que ha arribado a la última frontera. Los mercaderes, las pérdidas, la mentira, el desamor, el envejecimiento, la soledad, el mundo, se enfrentan a un enemigo para el que no están preparados. Tendrán que negociar, así pues. Habrán de asumir que el intercambio no va a darse en los términos que habían previsto. El poeta sabe que habrá de poner sus sueños en las manos ávidas de los comerciantes. Pero, al desprenderse de ellos, va a salvarse a sí mismo. Ofrece sus sueños para la salvación de su alma. Lo dice mucho mejor, en el último verso del libro, Roberto Toledo: Todo lo que devoramos nos devora, es el pago justo del deseo.




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