lunes, 20 de marzo de 2017

MUJER MUERTA JUNTO A UNA VÍA DE TREN


Hoy estuve a punto de contarte mi sueño. A veces nos los contamos, es verdad que casi siempre me cuentas tú los tuyos y no tanto al contrario. Yo llevo tiempo sin soñar y cuando lo hago considero que mis sueños son tan poco importantes que no merece la pena que los cuente o que, siquiera, los recuerde. El de anoche, sin embargo, sigue ahí, fijo en la mente, por mucho que no me haya preocupado de recordarlo, a pesar de no habértelo contado. Es un sueño que me perturba. Como casi todos los sueños, resultaba más perturbador en el instante de despertar, con esas imágenes flotando aún en la realidad de la duermevela, del pegajoso estado de indefinición en que solemos regresar de las interioridades del sueño: era como si todo siguiera tan perfectamente conectado como lo estaba en el sueño y como si, a pesar de haberse desvanecido, las imágenes siguieran teniendo vida en algún lugar, no muy lejos de mí, en ese mismo momento. Cuando algo así sucede con un sueño, su lógica enfermiza, su malsana tiniebla, parecen seguir intactas en algún lugar que no está del todo separado de nuestros cuerpos y eso nos turba hasta que, poco tiempo después, cuando estamos desayunando o vistiéndonos para salir, empiezan a disolverse las imágenes o, como mínimo, empiezan a distanciarse y a convertirse en piezas del museo portátil de sueños olvidados que cada uno de nosotros es. Con el de anoche no ha ocurrido, sin embargo, exactamente así. Es verdad que durante los inasibles segundos que transcurrieron nada más despertar lo seguía teniendo en la mente de ese modo íntimo, incrustado, pero no paradójico, que doy en explicar como la prolongación del sueño en la semidormida conciencia de la duermevela inmediata. Pero luego, al rato, fue como si hubiera habido un corte: el sueño se desgajó de su crisálida y fue a parar a una especie de congelada cámara en el interior de la conciencia que no se ha deteriorado por mucho que el tiempo haya transcurrido. Escribo estas líneas por la noche del día siguiente. El sueño sigue intacto ahí, en ese medallón que desafía hasta ahora las leyes de la disolución de los sueños. ¿Por qué no te lo he contado ya? Es verdad que no temo que pueda olvidarlo. Parece bien capturado ahí dentro, en esa cápsula de los milagros, y de algún modo parece un sueño que sólo yo, que lo viví, podría comprender. Contártelo sería someterte a la imposibilidad o, en todo caso, a la extrema dificultad de entender, a la ansiedad del que recibe un testigo que no va a poder devolver. Créeme si te digo que el sueño es aterrador. Hay algo inapelable en él, como cuando se escucha una campana y se sabe que dobla por nosotros, por algún deudo nuestro, por un padre, por una madre, llamados a mejor vida. Leer los sueños como una premonición, a estas alturas, no tiene ningún sentido, pero hay algo en el de anoche que me produce inevitablemente un malestar, una sensación de impotencia ante lo que pueda o vaya a ocurrir. Hay unas vías de tren. Un observador, que soy yo, situado a una distancia de unos diez metros, en cualquier caso suficientemente alejado para no poder intervenir en lo que va a ocurrir. Llega una mujer joven, rubia, con un vestido que es, creo, azul, muy fino, una mujer con el pelo recogido hacia atrás que viene caminando como una sonámbula o una ciega, fantasmal ya en su mera apariencia, una mujer que se convierte de pronto en lo único que yo veo mientras contemplo la escena. Las vías del tren se prolongan hasta el infinito, o al menos hasta más allá del sueño. La mujer se acerca y, de un modo brusco, violento, se golpea contra algo en la nuca, no sé contra qué, contra algo que hay cerca de las vías del tren, una viga, lo que quiera que fuera, y la mujer cae muerta en el acto. Pero, sorprendentemente, queda de rodillas con los ojos abiertos, su vestido la cubre por completo y cubre el suelo alrededor de su figura. Es casi como si llevara un velo que la cubre y dejara ver sus ojos vidriosos, ya muertos, fijos en algo que tiene delante y que fue lo último que vio. Es una mujer arrodillada en la muerte. Casi viva, como si un hilo de vida le permitiera mantener el equilibrio, pero muerta, absolutamente muerta para mí que lo he visto y sé. Yo la contemplo desde lejos y el nudo en la garganta me impide gritar. Poco a poco van llegando familiares suyos: el marido, que se abalanza contra el cuerpo de ella y llora desconsolado; varios amigos del marido que lo rodean y lo instan a permanecer firme, a ser fuerte. Todos hablan en ruso. A nadie se le ocurre hacer descansar el cuerpo, que permanece de rodillas, como el de una suplicante, como un tótem, junto a las vías del tren. Recuerdo poco más: es la escena esencial de la muerte instantánea, del cadáver arrodillado y de los instantes elegíacos en que el marido y sus amigos la rodean lo que, por algún motivo, contiene las avalanchas de nuevos recuerdos que hacen que de los sueños, por lo general, no se tenga ya memoria veinticuatro horas después. Ahora que te lo he contado, dime qué te parece. Qué crees que puede significar y si puedo estar seguro de que ese sueño terrible no tendrá nada que ver con mi vida.

2 comentarios:

  1. José Andrés Dulce23 de marzo de 2017, 18:56

    Hola, Rafael. En mis sueños aparece de forma recurrente una mujer que por así decir ya tiene su propio estatuto en mi paisaje onírico. Se trata, claro está, de una mujer "real", conocida en el pasado. Sin embargo, cuando en los sueños aparece una persona a la que no identificamos, y a la que no hemos conocido en la llamada realidad, esa visión suele ser irrepetible y suele tener algún tipo de significado secreto. Solo sabemos que nos está destinada. La mujer arrodillada y con los ojos abiertos, me sugiere una estatua de cementerio (cae muerta, pero en forma estatuaria, sin desmoronarse, con la mirada vacía, como si se hubiera desprendido de su pedestal, de algún modo se petrifica en la muerte), mientras que las vías del tren representan, creo, el viaje (o "un" viaje, en el sentido iniciático). No sabría darte una interpretación, pero en este tipo de sueños lo que siempre resulta mortificante (una vez los descompones y analizas) es la impotencia a la que somos reducidos como espectadores. Estamos ahí para ver, para presenciar. De acuerdo con tu relato, lo que tu presencias es un accidente y una escena de duelo. ¿Una premonición? No, necesariamente. A veces se trata de vestigios. ¿De dónde proceden? He ahí el misterio. Un abrazo, José Andrés

    ResponderEliminar
  2. Qué alegría leerte, José Andrés. A mí siempre me han interesado esos vestigios que la escritura rescata de los sueños. Es como doblar varias veces el pañuelo. Tu interpretación me ayuda a comprenderlo mejor: no había asociado la mujer con una estatua fúnebre, pero ahora lo veo más claro. En vez de cobrar vida, cobra muerte. O se petrifica en la muerte, como dices tú tan bien. Un fuerte abrazo, y espero leerte pronto.

    ResponderEliminar