jueves, 16 de marzo de 2017

ESTOY EN PARÍS CON UN LIBRO DE JEAN-LOUIS GIOVANNONI EN LAS MANOS


Estoy en París con un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos: me lo ha regalado un amigo y hace poco lo he estado hojeando en un café. Estoy en uno de esos cruces de París en donde el río pasa como al fondo de un escenario, el de las vidas ajenas, un río sucio y dorado al que tantas veces nosotros, y quizá también ellos, nos hemos asomado en busca de respuestas que sólo pueden ser amargas. Estoy en París a punto de cruzar uno de esos largos pasos de zebra junto al Sena, quizá cerca del bulevar Henri IV o incluso en los alrededores de la Gare de Lyon –recuerdo el momento pero no el lugar, la sensación pero no la vivencia, recuerdo las sombras sin la luz. Estoy en París, solo, al atardecer, deambulando después de salir de una de esas brasseries donde a los jóvenes trotamundos como yo un café les cuesta un ojo de la cara y por eso lo apuramos hasta que el camarero empieza a revolotear a nuestro alrededor con cara de pocos amigos y entonces, cuando nos pregunta qué más va a tomar el señor, nos hacemos los que no entendemos bien el francés… y nos marchamos. Estoy en París y Jean-Louis Giovannoni, con quien he hablado esa misma mañana por teléfono, me ha dicho que estará fuera unos días y que a su regreso podríamos vernos, y yo no sé aún cuántos días más me quedaré en París y le digo que volveré a llamarlo antes de marcharme. Recuerdo que el libro que llevo en las manos se titula Pas japonais y que sus poemas, al menos los pocos que he leído, son de esos que lo hacen a uno sentirse más frágil y a la vez más felizmente consciente de su fragilidad. Estoy al borde de una acera, a punto de cruzar una calle, quizá el bulevar Henri IV o quizá cualquier otra avenida de las que confluyen en la Gare de Lyon, y por algún motivo no me decido a cruzarla, me quedo contemplando la cubierta del libro de Jean-Louis Giovannoni, su finura radiante, sintiendo su delicado tacto en mis manos, y me digo: llevas ahora mismo un libro de Jean-Louis Giovannoni en las manos, o es el libro el que acaso te está llevando de paseo por París. Paso a paso, con paso japonés. El libro parece saber mucho más de lo que dice, incluso tan sólo hojeado, apenas presentido, con sus páginas apretadas como si escondieran un gran secreto, como si no hubiera sido fácil decirlo todo hasta ese punto, y recuerdo haber pensado que leerlo en esas condiciones, en la irrupción de una inestabilidad hasta entonces desconocida, como si fuera el libro a convertirse en el testigo de una catarsis, de una liberación, no podría significar sino destruir el propio acto de la lectura, volverse uno mismo una diana contra la que los poemas dispararían sus dardos. Estoy en París y no sé adónde ir. Los coches circulan a mi alrededor como si se dirigieran todos a la periferia: tan impetuosos, frenéticos, tan amenazantes. Los dedos se aferran al libro de Jean-Louis Giovannoni, se dejan seducir por la suavidad levemente rugosa del cartón elegido para la cubierta: casi diría al tocarla que las letras del título están estampadas en un ligero bajorrelieve y que puedo recorrerlas una a una mientras mi mirada se detiene en el balcón de una esquina, en su piedra recubierta de una capa de hollín, casi tan sucia como el río. En un piso como esos vivirá quizá Jean-Louis Giovannoni. Su voz al teléfono era la de alguien que lleva mucho tiempo solo, recluido como en el fin del mundo, acostumbrado al silencio y temeroso, por ello, del exceso de palabras. Paso japonés: paso dado en el reverso de la ansiedad, paso dado como una suprema desnudez, paso sigiloso que se da en las cenizas de la conciencia y de la percepción. Llevo Pas japonais en la mano, sin apenas haberlo leído, y creo que cualquier esquina de mi vida me devolverá a esta de ahora, como si los pasos que vayan a irse encadenando fueran dejando atrás una horma, un surco, una sucesión de huellas que me llevaría, aun con dificultad, con incertidumbre, hasta esta esquina indecisa. No hay adónde ir porque ya estoy aquí, en París, cerca del Quai des Célestins, saludando con una mano al que seré de mayor, visitando con el envés de la memoria las vueltas de la vida. Tengo veinticuatro años, mi tren ha llegado esta mañana desde Jena a la Gare du Nord y mi maleta está depositada en la pensión Ladagnous, donde madame Ladagnous me ha prometido que tendré una habitación libre esta noche. Allí habrá de ir a buscarme mañana Stéfan Drouart y yo no estaré porque habré salido una hora antes, pero esa es otra historia. Ahora mismo, con el libro de Jean-Louis Giovannoni entre las manos, la mirada distraída en los revoloteos de la luz que cae envuelta por la sombra, junto al río que fue, en medio de esta tarde de París que no tendría por qué regresar, me pregunto si algún día será posible volver a este lugar de otra manera, con el libro leído, con la indecisión transformada en incertidumbre, el tacto conservado y la mirada aún disponible, volver para dar unos cuantos pasos más, sin afán de saber adónde hubiera ido, adónde fui, simplemente por darlos, por cruzar quizá la avenida y esperar allí a que se haga de noche.

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