miércoles, 3 de agosto de 2016

CUADERNO DE AGÜIMES


La maldita tiranía de la escritura. Andaba sin bolígrafo. Entré en una tienda de cachivaches, en una especie de bazar en medio de un callejón de los milagros. Allí, Remigio, el dueño, me vendió un Pilot V-5 Hi-Tec. Suena a avión a reacción o a fusil de asalto. Pero no es más que un extractor de palabras para echar a andar con la maldita tiranía a cuestas.



El deseo de escribir como un síndrome de abstinencia. Las palabras como tiros de cocaína, como chutes de caballo, como rayas de mefedrona, como caladas de canuto, como ingestiones de éxtasis, como el sol bajo la losa de las nubes bajas.



Nada más, por ahora. Sigo mi camino. Pasa una furgoneta con el logotipo “Grupos de Animación”. Animémonos. Los perros ladran antes de suicidarse lanzándose de las azoteas abajo.



Hay chicos que desarrollaron unos pectorales impresionantes, dejaron de entrenar y ahora lucen unas tetas casi femeninas que se les bambolean indecorosamente bajo las camisetas: ese, por ejemplo. 



Escribo muy cerca de la que fue mi casa aquí. Frente a la casa de Diodoro y Tinita, cuyo hijo mayor, que era de mi misma edad, murió de cáncer con treinta y pocos años.



Poco más arriba vivía David, víctima voluntaria de un bote de barbitúricos. Toqué el revoque de las paredes de la que era su casa, que está siendo reformada. El tacto era el de las superficies rugosas que no conservan el calor de nadie.



Si no sé escribir, ¿para qué escribo?



Perro de los mil demonios, deja ya de ladrar. Escribir es otra cosa. Escribir es ladrar, pero al revés. Ladrar como lo haría un perro ahorcado.



Basta de paparruchadas.



Están vendiendo una casa pegada a la que fue mía.



No veo al perro que ladra, pero sé que no me ladra a mí. ¡Maldita sea mi estampa!



Ahora es un gato, un niño que ladra, una madre que ríe, unas castañuelas. ¿Dónde estamos, Remigio?



Perdí toda noción del tiempo. Estoy en el más amargo o extático de los regresos, el del que nada recuerda.



Otro día. Y como en otra vida, otra isla, otra dimensión. Sin ningunas ganas de escribir, con la sensación de no tener nada que decir ni que decirme. Como si no fuera ya el mismo de ayer. La hartura. La escritura como hartura que se deshace hartándose de cada palabra al escribirla.



Estas palabras derivan de lo visto en una tarde de regreso con la emoción de todo lo inconcluso, lo aún no celebrado, lo imperturbable y lo perdido. Tomé una copa de vino. Fue en un bar que por entonces casi no frecuentaba y en el que sigue atendiendo el mismo camarero, del que nunca había vuelto a acordarme, de manos temblorosas. Y su temblor es el mismo, pese a que se diría que hubiera debido aumentar en todos estos años: es el mismo temblor que hace temblar las tazas al apoyarlas en el mostrador, el mismo que hace gotear un poco, no demasiado, la leche del cortado al servirla, el mismo que hace que las monedas tintineen en su viaje de ida y vuelta entre mis manos y las suyas. Es el mismo temblor y, sin embargo, no queda nada.



Pasé frente a la casa de Artu (nombre ficticio) y todas las ventanas estaban cerradas. En el callejón de los milagros no había gatos, ni viento, eso, ¿dónde estaba el viento? ¿Acaso no me pareció que no había nada porque no había viento?



La segunda copa de vino la tomé en un bar de la plaza. Cuántos domingos pasé allí, o viernes por la noche, en ese reducto de ilusos –o garita de lunáticos– en donde quienes creíamos poder llegar, con tanta frecuentación, a entreabrir alguna vereda conducente a un cambio de vida, a cierta iluminación, a cualquier cosa distinta del simulacro o apatía vividos hasta entonces, hubimos de contentarnos no mucho después con el presente en el que todo desembocó: no, como preveía Mallarmé, en un libro, sino en una irrisión cualquiera de espaldas a la vida.



Calle de los muertos, calle de las tardes muertas, calle de los asesinatos, calle de los suicidios, calle de los poemas muertos, calle de las aves ahorcadas, calle de las noches muertas, calle de las palomas muertas, calle sembrada de recuerdos muertos, calle de cuántos muertos en unos pocos años, David, Diodoro, la viejecita que vivía frente a mi casa y cuya sonrisa era tan dulce como la de mi abuela, calle de los amores muertos, calle de mi vecino Salva (nombre ficticio), que vivía una minuciosa muerte cotidiana, calle de las risas muertas, calle del viento muerto, de las procesiones muertas, de los disfraces muertos, de las tendederas muertas, de los celajes muertos. ¿Cómo pude escapar de ti, si es que aún estoy vivo?



Un poco a la ligera, escribí en algún lugar que me aterran los regresos (“por eso he vuelto aquí”, continuaba mi payasada). Pero, ahora que lo pienso: ¿por qué nunca había vuelto aquí? O, mejor, ¿por qué las dos veces que lo hice fueron, una de ellas, en un estado deplorable de resaca que me impidió hacer otra cosa que un turbio acopio de recuerdos deformados e imágenes malsanas; y, la otra, el verano pasado, acompañado de un amigo con el que me limité a sentarme en un restaurante nuevo a comer algo rápido antes de regresar para montarme en el barco de vuelta en el puerto de la capital? ¿Por qué nunca había querido atracarme de estas sensaciones inexpresables del verdadero regreso: el que se hace solo y sobrio y ciego y sano y silencioso por entre las calles despobladas al atardecer?



Por qué hay lugares que evito, por qué encaramarme a las azoteas me parece descorazonador, como si desde allí no fuera a ver nunca más –fuera a seguir viendo siempre– los cachivaches, las toallas, los vómitos, los gritos en la noche de mi vecino Salva, sus jaranas de madrugada en medio del vuelo de los búhos. Seguir siendo todo eso para siempre como si fuera necesario estar atado a una azotea, como si fuera posible, una vez que se subió uno a ella, no quedarse encaramado al temor de esas noches sin nadie al otro lado del viento. 

                                                                                                      (Octubre de 2015)