martes, 6 de diciembre de 2016

UN MOMENTO DE PASMO: PARA UN HOMENAJE A PHILIPPE JACCOTTET

Hace unos dos meses, al regreso de un paseo hasta lo alto del Roque de Ichasagua, una montaña de mil metros situada en el sur de Tenerife, al regreso, decía, de un paseo que hice en compañía de un amigo hasta lo alto de ese lugar que llaman también el Roque del Conde, una vez dejada atrás la niebla de la altura, pero aún envueltos en esa fina humedad de los días de otoño en las medianías sureñas, nos detuvimos de pronto al borde de un barranco: estábamos escuchando unos cencerros en la lejanía --jierros los llamamos allí--, y poco a poco vimos llegar un rebaño de cabras. Venían como desde el interior de la isla y parecían dirigirse --estaba ya atardeciendo-- a su redil. Eran muchas y no se veía por ninguna parte al pastor. Eran como una aparición, como una alucinación provocada por la niebla fría. Mi amigo dijo que el aire se había llenado de una fragancia, ¿cómo dijo?, sí, de una fragancia antigua, mediterránea, griega, mitológica. El pastor llegó al final, con el perro, lento, silencioso.



Cuando estaba preparando el acto de hoy, me dije que un momento así, un instante concreto de un día cualquiera pero que se queda en la mente por alguna razón, era, de algún modo, lo que los textos de Philippe Jaccottet quisieran darnos a sentir. Es más, pensé que si yo había vivido aquel instante de ese modo pasmado, alerta y hasta cierto punto hechizado, pero solo hasta cierto punto, era porque la lectura apasionada de su obra durante años me había predispuesto a atender a esos momentos que son como bisagras, pues permiten abrir y cerrar zonas del tiempo, pero que no podemos crear a voluntad, sino que surgen ante nosotros como una sonrisa entre la multitud, como un reducto de calma en medio del bullicio. Habría muchas palabras para intentar describir esos instantes: rayo de tiniebla, pasaje, abertura, metamorfosis, caída, salto, visión… Jaccottet diría que todas esas palabras son vanas, meras imágenes que no nos sirven para nombrar lo verdaderamente importante: el momento de emoción compartida que el mundo nos brinda como un gesto discreto de consuelo en medio de tanto horror.

Creo que Philipe Jaccottet es uno de esos autores que un lector se encuentra un día y lee con una devoción que no tiene, por supuesto, nada de religioso en el sentido estricto del término: es una devoción como la que puede profesarse por un lugar en el que nos sentimos bien, o por un amigo que siempre sabe escucharnos y darnos una sincera palabra de apoyo. Leer a Jaccottet es entrar en un mundo que está, como él diría, "ici, tout près, mais très lointain", aquí, muy cerca, pero qué lejos, un mundo que de otro modo no hubiéramos entrevisto nunca. En realidad, él nos muestra y nos interroga, no intenta convencernos de nada, simplemente nos sugiere un modo distinto de ver y de vivir lo que ya estamos viendo y viviendo por nosotros mismos. Este extraordinario respeto por el otro, esta delicadeza, esta suma discreción, casi como si estuviera disculpándose por interrumpir nuestro propio discurso interior, es algo muy raro en nuestro mundo cada vez más poblado de pacotilla, de dogmatismo y de palabrería. Es algo que quienes amamos su obra le agradecemos profundamente.

* Texto preparado para el homenaje a Philippe Jaccottet celebrado en la librería Nollegiu de Barcelona el 4 de diciembre, en el que participé junto a su traductor al catalán, Antoni Clapés. Lo acompaño de un breve vídeo grabado en octubre de este año en las inmediaciones del Roque de Ichasagua al atardecer.


5 comentarios:

  1. Que texto tan hermoso, Rafael... parecería escrito por el propi PhJ !
    Sí, la lectura de su poesía detiene el tiempo, el aire, la respitración, la luz: todo deviene palabra esencial.
    Gracias. Y un gran abrazo, querido Rafael.

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  2. Gracias a ti, querido Toni, por tus palabras y tu amistad. ¡Un fuerte abrazo y ojalá que volvamos a vernos pronto!

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  3. Muy bello. La introducción es un ejemplo más da la importancia del camino en tu prosa y ensayos. La línea que es gentileza y amabilidad para el lector que desee entenderte. Abrazos. Fermín

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  4. Amigo Fermín: un camino es a veces el mejor antídoto contra el inmovilismo y contra el apoltronamiento, quizá los mayores enemigos de un creador. Por eso es tan importante andar, aunque no se sepa bien hacia dónde. Un abrazo y gracias por tus palabras. Rafa.

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  5. Aunque así exhiba mi ignorancia tengo que decir que este texto llama a conocer al autor del que se habla (que no conocía). No es trivial este logro. Saludos.

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