sábado, 17 de diciembre de 2016

LAS MILHOJAS DE LA MEMORIA (SOBRE FERMÍN HIGUERA)



Como un viaje en profundidad y en altura, me parece, puede leerse este libro de Fermín Higuera que hoy presentamos. Un viaje circular, espiral, retráctil, proyectivo, ascendente y descendente a la vez: un viaje de múltiples facetas que se inicia con unos recuerdos de mar nutricio, protector, y termina  con la imagen de un pájaro blanco, una garza “a un palmo del cielo” entrevista desde un avión. Entre una imagen y la otra, nuestro autor despliega una escritura de meandros, muy minuciosa, tan curvilínea casi como las viejas carreteras que recorren el sur. Nos vamos parando en lugares emblemáticos y allí no basta tan sólo con mirar, no se trata de un viaje de cortesía obturado por las ventanillas de un coche: también hay que escuchar, hay que oler (la escritura es espliego decantado), hay que bajarse y caminar, subir por caminos empinados, palpar las diferentes capas de la tierra, las cortezas de los árboles, las milhojas de la memoria.

Esta excavación —ardua, ininterrumpida búsqueda— en el interior de la memoria que se da en pleno movimiento, es más, que no tendría lugar sin ese movimiento perpetuo, es también una exploración metafísica, cósmica, de nuestro lugar en el mundo, o del lugar de una isla como la nuestra en el mundo. El autor excava en su propio pasado, pero también en el pasado arqueológico, en las ruinas de lo que se supone que estuvo en este mismo lugar que ahora ocupamos. Y hay quizá una reflexión sutil sobre lo que significa ocupar un territorio frágil como el nuestro: desde una cierta perspectiva, ocuparlo es ya deteriorarlo, minarlo, destruirlo; habría entonces que convertirse en lo que Whitman llamaba “aves de paso”, es decir, seres que van y vienen, seres conscientes de que su peso es excesivo para la tierra y prefieren aligerarla echándose a volar en un descenso sin fin por las laderas en dirección al mar.

Leerá este libro cabalmente, creo, quien se lo lleve a alguna excursión como una especie de guía de perplejos. Contiene la magia de esos sonidos cuyo origen no se sabe muy bien cuál es pero que solazan el espíritu. Infunde en quien lo lee una especie de conocimiento mistérico que viene aderezado de un hilo narrativo casi imperceptible, como si su autor fuera a aparecérsenos en cualquier encrucijada de la isla con la mirada distraída, jugueteando con una piña de pino, a medio camino entre el niño grande que aparece entre estas páginas y el adulto aniñado que es amigo de muchos de nosotros. Leerá estas páginas cabalmente, me parece, quien pase por ellas escuchándolas como esos lugareños que, según se cuenta aquí, se sentaban en noches especiales a escuchar una piedra, la “piedra del gallo”, que era capaz de cantar. Pues lo que suena aquí procede de inmemoriales vivencias, de un lugar apartado que dejó de ser y para el que Fermín Higuera ha querido inventar otros nombres.*


 * Texto leído en la presentación conjunta de Sinfonía de la sombra blanca, de Fermín Higuera, y Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta, de Rafael-José Díaz, en la Biblioteca de TEA, Santa Cruz de Tenerife, el 16 de diciembre de 2016.  

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