viernes, 8 de abril de 2016

VISIÓN DE UN GEMELO EN LA ORILLA DERECHA DEL PARQUE

Sí, han leído ustedes bien. No hay engaño posible en lo que nace encapsulado a ciertas horas de la sobremesa de un viernes, en ciertas visiones sumergidas en el extrarradio, de pronto, a veces, siempre que se esté dispuesto a dejarse caer por el tobogán de la juguetona y traicionera memoria. Mastico, mastico y saboreo lo que se desliza a trompicones, en cadencias no unánimes, deslavazado. Lo mastico y retengo en el paladar de la trasboca. Sí, han leído ustedes bien, no hay errata: las trasboca es el lugar en el que se declara lo intransferible, es decir, en el que se transfiere lo indeclarable (y, si no, hagan el favor de corregirme). Puse del revés la tarta para comérmela por el principio. Ustedes saben de lo que hablo. De aquel gemelo que no lo era y que quiso, trafullero, confundir mi propia identidad. ¿No lo he contado nunca? Pues preparen ustedes sus estómagos para una historia sabrosa, de esas que no se olvidan salvo por paliza interpuesta (prometo solemnemente ante ustedes que esta última expresión la acabo de cazar al vuelo mientras escribía en un cafetín junto a la plaza). Así las cosas, ya se imaginarán que el tal gemelo, que consiguió serlo en mi desbordada fantasía (dupliqué sus piernas, sus brazos, sus labios, sus ojos, sus orejas, sus cejas, sus pestañas: atesoré dos pares de cada parte duplicada de su cuerpo en el parque –¿o: atesoré dos partes de cada par de parques duplicado en su cuerpo?, ¡dejen ustedes de liarme!), aquel falso gemelo, decía, estaba dotado de una labia (¡y de unos labios!) como sólo existe en los relatos legendarios, en las cosmogonías, en los génesis: nombraba para crear, decía para que yo creyera, y yo me lo tragaba todo, sin desconfianza, sin aspavientos, pues él disponía de las palabras más certeras que he conocido nunca, palabras hechas para metamorfosear la realidad, su propio cuerpo, su identidad y la mía. Porque aquel gemelo –como adivinarán– había nacido de una placenta hipertrofiada, de un útero bendecido por la promiscuidad genitiva (de rerum natura o casi), y era capaz de trastocar todo concepto unitario que aquí el menda, por entonces una perita en dulce, un sapito con gafas (pequeño sabihondo simplotas), se hubiera formado de sí mismo. Me arrodillé y lo confesé todito: que sí, que aquello era posible y verdadero, que era inmanejable y rudo, que intoxicaba y discapacitaba para lo que quiera que uno quisiera ser o hacer. Yo era un pichón, dos pichones, una regaliz cuadruplicada, un merodeador o dos merodeadores, dos o cuatro trasbocas, seis polilenguas, ocho retrogustos, diez comisuras de labios, fricativas o africadas, ¡achís! Todo eso le confesé al gemelo que no lo era en la orilla derecha del parque (¡pero un parque no tiene orillas, cachiporro!) mientras él peroraba nada rácano sobre la condición simpar de su uniplacentaria gestación ocurrida veinte años atrás. No se detengan nunca, miren bien lo que les digo, en uno de esos peligrosos cruces de calles junto a la Plaza de Weyler: tendrán la sensación de que la ciudad se les cae encima, de que moles de seis plantas se desmoronan sobre sus inocentes cabezas, de que docenas de ciudadanos desorientados trastabillan entre sus tobillos y de que cientos de coches cochambrosos derrapan a sus espaldas: una amenaza múltiple se desatará en torno a ustedes y entonces comenzarán las visiones, lo que estaba enterrado (¡olvidado, somorgujado, sumergido!) aflorará a flor de pluma (ustedes: ¡cursi!; yo: ¿y cómo quieren que lo diga?) y un rostro vulgar, un perfil contraído se conjurarán para que tengan ustedes que desvestir un recuerdo, desamordazar un desamor hace tiempo olvidado, un fisquito de memoria tranquila, cavar de nuevo la fosa de aquella pantomima, de aquel rictus, decir, una vez más, que el cadáver transita transportado por filas de incansables hormigas entre página y página…

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