jueves, 3 de marzo de 2016

UN CAMINO, A VECES

                                                                          Para Bernardo Chevilly

¿Por qué, por qué, como si se asomaran a hurtadillas, vienen a visitarme a veces aquellas imágenes, los restos de lo que viví en aquel camino nevado, en la profundidad de febrero, en el acortamiento drástico del año, quieto y como alelado, casi como si el mundo me hubiera expulsado de su entraña y al mismo tiempo como si hubiera entrado en el interior de la más remota entraña del mundo: allí, donde nunca volveré a estar, en la diafanidad de febrero, en la congelación de las orillas, en la altura desprovista de nombre, feraz como un recién nacido, invisible como las pértigas de la más grácil música?

Nada dará nunca respuesta a esto que pregunto, pues de allí no procede ningún nombre, ningún recuerdo firme que pueda sostenerme, y desde aquí no hay conexión alguna con lo que una vez viví, no hay estremecimiento o huella de aquella detención, de aquella –fugacísima– estancia.

Y, sin embargo, a veces, digo, se asoman, sin que me dé apenas cuenta, como rostros de lo que fui, como máscaras intercambiables por un rápido instante, unos pocos fragmentos, ciertas pistas contra el gran despiste en que vivo, irisaciones de un febrero sin sol, de la gran heladura de febrero: todo intacto, las cuchillas de hielo amenazantes en la orilla, el aturdimiento de los meandros, toda esa fuerza devastadora de las cadencias que no comprendemos, más aún, de lo que de alguna manera fuimos a ver y nos vio, fuimos a decir y nos dijo, quisimos parir y nos parió, creímos comprender y nos comprendió –aunque no nos dijera qué somos ni qué sentido tenemos, si es que tenemos alguno.

¿Entonces todo se reduce a un intercambio de papeles, a uno de esos pases invisibles en un juego imprevisto, como si, espectadores a disgusto en una función de pacotilla, nos hubieran invitado a subir al escenario y los actores ocuparan ahora nuestras butacas y se rieran de nuestras ridículas posturas?

Sé que hubo algo allí, en aquel camino al que subí sabiendo que no llevaba a ningún lado –a pesar del cartel que indicaba unos cuantos kilómetros para llegar a uno de esos lugares de nombre indescifrable–, algo que yo debía conservar, algo que debía sentir y algo que debía sacarme de lo que había sido hasta entonces, algo que me decía que nada servía si no era acaso para llegar hasta allí, a un camino en medio de una montaña detrás de un pequeño pueblo en lo profundo de febrero. Algo que se revelaba sólo permaneciendo allí sin decir nada, sintiendo cómo la incorporación a lo desconocido ocurría de forma imperceptible, como esos abscesos que brotan en las ingles de algunos cuerpos y permanecen allí agazapados durante años hasta que un día se revelan como lo que nunca fueron: quistes, tumores, cáncer.

Lo diré de una vez por todas: el camino hacía una curva y en esa curva me detuve y me dije que mi vida no debió haberme conducido nunca hasta allí, o quizá que nada de lo anterior tenía significado alguno si no era para que yo estuviera en aquel momento en medio del invierno. No sé exactamente qué me dije, no sé si me dije algo allí, pero sé que hubo un instante en que yo sentía que hubiera debido decirme algo y que ese algo era importante para mí, al menos entonces, y por lo visto también ahora, pues a veces, pocas veces, pero de un modo enigmático e intenso, se asoma a mi vida de hoy aquello que no dije o aquello que dije y me cuestiona por entero, se deshace en reproches, reprimendas, me interroga por lo que dije entonces que haría, por lo que hago ahora que dije que no haría o por lo que, sin decirlo o no decirlo, hago o no hago o dejo de hacer.

Un camino perdido a media altura, tras Raroña, en el Alto Valais: esa es mi perdición, esa la fulgurante denuncia de que todo se encuentra ahora del revés, ese el interregno entre todas las vidas posibles de mi vida perdida. La lucidez que, por un instante, me hace ver lo que había detrás de todo lo vivido y yacía escondido entre las ruinas de las sensaciones y los desvaríos: es eso lo que, a veces, asoma como a hurtadillas y me desdice e incita a rebelarme contra lo que no tiene ningún sentido seguir repitiendo, lo que hace que suspenda todas las revelaciones y me limite a sentarme a escuchar, silencioso, en un recodo del camino…   

1 comentario:

  1. trato de recordar uno de esos instantes de estar sentado en medio de alguna parte intentando atrapar algo muy evanescente, muy esquivo, que se mueve por dentro, que, a lo mejor no es nada, imaginaciones, pero que a lo peor es la respuesta que andamos buscando y está ahí y no fuimos capaces de ...

    a esto es a lo que me suena tu texto y un paseo por los alrededores de Calatayud a lo que me recuerda. Saludos.

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