domingo, 13 de marzo de 2016

SOBRE EL DESEO DE SUBIR ESTA NOCHE AL MIRADOR DE LOS CAMPITOS


Si está hoy la noche así, tan cristalina, como si navegara por ella la memoria de estelas dejadas por astros repentinos, como si hubiéramos aterrizado de pronto aquí desde qué otros mundos imposibles y viéramos por primera vez el mar, la noche, un puerto, las montañas, grúas, dársenas, ventanas que titilan, la ciudad que llegó aquí casi como nosotros, desde otro tiempo, desde más allá del tiempo de su fundación, la ciudad cantarina en la que sólo resuenan a esta hora los ladridos de los perros insomnes; si está la noche así, como un pan de cristal, como la irrespirable, de tan pura, cadencia de una canción que sobreviene en la calma, remota canción de tumba, cantada por entre los dientes de los que ya no están (y nos vigilan: mírenlos, dicen, miren su extravagante vida, su desorientación, su necedad al borde de los acantilados); si la noche, sus bordes, sus caricias, son hoy como esas fricciones casi imperceptibles entre dos pieles ateridas en la madrugada, el roce que de pronto se revela como la única, precaria verdad –cuando todo lo demás ya ha callado y los cuerpos se hablan en el más profundo silencio–, transformada, la noche, en un biombo de finísima tela tras el que nos escondemos del ajetreo y de los nombres, un biombo que se pliega para dejarnos ver, para ser vistos y ver a nuestra vez lo único que en ese instante merece la pena verse, es decir, la transparencia del aire en una noche de marzo, pan recién hecho de delgadísima luz, luz cristalina a través de la cual todo se esconde para no dejarse ver sino en el momento preciso; si la noche está hoy llena de aromas, y no sólo de lejanos ladridos, y nos sostendría, lo sabemos, al salir del coche y dar unos pasos hacia el mirador, extasiados, después de haber hecho el amor en un coche aparcado al borde de la carretera, cansados como nunca lo habríamos estado, como si nuestros cuerpos se hubieran desplomado desde una de estas laderas y no nos respondieran, como atrapados en el fondo de la masa con la que se forma un pan de mudez y medianoche; si la noche está ahora detenida así, interpuesta entre un tiempo de miseria y otro de desilusión, abrigo de los cuerpos maduros que ya no saben hacia dónde volverse para contemplar las formas irradiantes, la gracia fugaz o el hechizo huidizo; si la noche, contraluz de nuestros días, irradiación desdoblada, pátina de todos los deseos vencidos, se hace hoy casi invisible, suspendida en un lugar que no es ningún lugar, dibujada en el corazón de lo que más quisimos de este lado de nuestras desdibujadas vidas, se vacía de todo lo inservible, de todo lo gastado, y se revela como lo que siempre fue, una vibración que resuena a la par que los latidos; si la noche se ha abierto, si la noche se entrega, ¿por qué no subir ahora al mirador de Los Campitos, ahora que aún podríamos, desde allí, incorporarnos a ella como partículas de sueño, como partes vivas de su oscura y silenciosa armazón?

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