jueves, 26 de noviembre de 2015

BORDES, PASADIZOS, PROMONTORIOS: MIS MINIFICCIONES (INSULARES) EN TRÁNSITO


Una extraña lectura vertebra esta comunicación. Lectura o, más bien, relectura. Una relectura con trampa, incómoda, hasta cierto punto perversa, destructiva al mismo tiempo que instructiva, avasalladora a la vez que paralizante. Para escribir estas líneas que ahora comparto con ustedes he procedido a releer todos los textos de ficción que escrito en prosa desde 2010. Se trata en la mayoría de los casos de lo que suele llamarse minificción, si por ello entendemos textos escritos de una sentada, textos que se pueden leer en unos minutos, textos de gran concentración verbal, textos que contravienen las volandas de los grandes discursos. Incluyo entre estos textos los fragmentos de una “novela” que titulé El interior del párpado y que, más que un texto unitario, es una colección de fragmentos que giran en torno a una misma anécdota afectiva. Un ejercicio perverso, les decía, y sorprendente. Pues, en primer lugar, me trae aquí como explorador de un universo que conozco desde dentro pero que, al situarme desde el otro lado (del espejo) me sale al paso con esa reversible vestimenta de la ambigüedad, con las sonrisas de la seducción y con las máscaras de lo olvidado. La escritura es un ejercicio de aproximación a los límites. Lo que ocurre es que los límites son siempre mudables, difusos, casi siempre imperceptibles, por lo que la escritura va tras ellos y, cuando cree haberlos alcanzado, se da cuenta de que está en el centro de su propia y soporífera esfera y tiene que salir a escape, una vez más. Así ocurre en ese trasfondo de bordes que se superponen, en esa respiración de pasadizos que se comunican, o en alturas vertiginosas como las de esos promontorios que dan a un acantilado en el que se abren huecos que dan a senderos que se precipitan en playas que llevan hasta faros que iluminan un barranco por el que se sube a uno de aquellos promontorios del principio: la escritura es una mutiladora de la continuidad, busca encontrar salidas hasta en las más desasosegantes situaciones y sacia su implacable sed de visiones incluso en la más anodina de las realidades. En una cosa titulada “Chispazo” (agosto de 2015), cosa a la que llamo así porque no sabría si se trata de un apunte, de un relato, de una evocación o de un retazo, hablo de dos calles paralelas y de dos tiempos paralelos que, en un momento dado, se encuentran y se reconocen: son los dos bordes de algo que, al tocarse, se lastiman, como dos labios, como dos notas musicales, como dos órbitas.  “No se trata, sin embargo, de nada extraordinario, de nada que no podamos encajar sin apenas notarlo y seguir caminando como si tal cosa, de nada definitivo o insoportable, de nada brusco o peligroso. O quizá sí, quizá se trate de algo definitivo, insoportable, brusco y peligroso pero no nos damos cuenta en ese momento, es decir, de algo que se dulcifica en el instante de darse, de algo que esconde su lado menos amable para que lo acojamos como un regalo que nos conviene y nos emociona.” Son muchas las imágenes que al parecer he debido emplear para hablar de ese “algo” de difícil descripción: filigrana, marca de agua, hechizo, dibujo, […], pero quisiera centrarme en la imagen del borde: estar sentado al borde de algo, con los pies colgando, o llegar hasta el borde de un terreno que a partir de ahí cambia de propietario, o recorrer con la mirada los bordes de un cuerpo con el intenso deseo de que se deshagan para fundirse con el nuestro: he aquí experiencias que probablemente cualquiera de nosotros ha vivido y que nos confrontan con una imposibilidad: la de dejar de ser o la de ser otros o, a veces, la de simplemente ser más o ser mejor. A comienzos de la primavera pasada, cuando mi vida tocaba uno de esos límites en los que ya casi no la reconocía, escribí: “Vivía en un borde que no era ya el borde de otras épocas, no era un borde imaginado ni dicho ni deseado ni mixtificado por ningún delirio o elucubración desgajados de vaciedad o impostura algunas. // Era un borde real. Podía llegar hasta el borde de aquel borde. Y hubiera podido caer desde él hasta donde no había nada para amortiguar la caída. // Y, sin embargo, sentía que el borde mismo lo retenía. Era, como aquella casa enterrada en la arena, un borde que lo tenía atrapado y del que no sabía si deseaba escapar.”  (“Como una marca de agua”, marzo de 2015). Todos ustedes habrán observado la referencia a la novela de Kobo Abe o a la película de Hiroshi Teshigahara en la que son los bordes, justamente, los que atrapan, los que succionan, los que finalmente salvan. A veces la minificción trata de lugares limítrofes con la inexistencia, de caminos que llevan hasta donde la ciudad se disipa o hasta un centro ilusorio donde la ciudad aparece hendida de irredención: “En los aledaños del barranco, en las plantas bajas de los párkings, en las terrazas del nuevo parque urbano en completo estado de abandono, en los extremos de los puentes por los que casi nadie cruza, junto a las ruinas de la grúa cuya función se ha olvidado, al pie de las escaleras manchadas de orines mezclados con cáscaras de pipas: ahí, en los aledaños del barranco, merodean todavía los caminadelado, los que, contra las paredes, encorvados, se inyectan sucedáneos de vida directamente en vena, los que, en la alucinación y la videncia, bajan hasta las cuevas, se desnudan junto a las madrigueras de las ratas y hacen el amor hueso contra hueso. Es la calaña, la escoria.” (“Cueva del barranco de Santos”, agosto de 2014). En textos como “La Caleta de Interián” o “Lo que no puede decirse” asistimos al peligroso acercamiento del narrador a costas en donde lo imprevisto adopta formas diversas: unos invernaderos junto a los que las mujeres de mediana edad se suicidan lanzándose al mar, una casa en la que un enfermo de elefantiasis parlotea con unos padres crueles. En constante mutación y deterioro, llega un momento en que los bordes se identifican con los muladares, con los vertederos. Entonces, muchas veces, y con cada vez mayor frecuencia en los textos más recientes, los habitantes de esos bordes son solamente las ratas.



Un asunto algo diferente es el de los pasadizos. Lugares altamente proclives a la comunicación, al avistamiento del otro lado, a la transformación de quien los atraviesa, los pasadizos llevan a menudo hasta uno de esos bordes desde los que ya no cabe regreso alguno. Sin embargo, no es infrecuente que los pasadizos representen también la escapatoria de situaciones límite. Recuerdo haber releído —recuerdo haber escrito y haber leído y releído— un texto titulado “Geesch”, en el que el narrador un extranjero en medio de un descampado suizo, relata cómo va abriéndose paso entre troncos, arroyos y hondonadas hasta llegar al pueblo en el que pasará la noche. Todo el relato gira en torno a esos pasadizos minúsculos que, casi imperceptibles, nos va suministrando la realidad en cada momento. La importancia de esos lugares entre lugares, de esos facilitadores de la continuidad, de esos conectores de límites, es tanta que en ocasiones el más mínimo desliz, la más breve suspensión de esa continuidad facilitada por los pasadizos, lleva a que nos perdamos por completo en medio de un mundo que tendría que resultarnos conocido. Somos entonces como fantasmas a plena luz. Vamos tanteando por un mundo de sombras que están únicamente en nuestro interior, donde algo se ha roto. Las preguntas no obtienen respuesta y todas las puertas permanecen cerradas. A veces el protagonista busca conscientemente perderse de este modo por hartazgo del mundo conocido. “Recuerda que, en vez de continuar caminando por la avenida, se desvía por una calle perpendicular en la que unas casas bajas, alguna rodeada por un tupido jardín de árboles, le hacen pensar en una traslación, en un cambio instantáneo de lugar, como si entrara en otro territorio dentro o fuera de la ciudad por la que camina. Recuerda que a partir de ahí empieza a sentirse perdido, y que, al llegar a una calle cuyo nombre busca casi con ansiedad, el tiempo cambia y empieza a llover, saca de la mochila el paraguas, escucha a un chico que pasa a su lado hablando por el móvil decirle a su interlocutor que sí, que se pensará lo de pasar esa semana allí, que la idea le tienta.” (“En cualquier otro sitio excepto allí”, octubre de 2011). El narrador o el protagonista busca convertirse entonces en lo que en un texto del año 2012 denominé un “botarate”. Botarates son muchos de los personajes de estos microrrelatos, incluido el “nadie” de la “Biografía de nadie” en la que intenté recrear la vida de un vecino muerto de sobredosis: “A veces se detiene en las escaleras, […] ese incierto escondrijo en fuga, esa desamparada espiral entre su casa y la calle”. Esta idea, la de un escondrijo en fuga, la de una espiral que expone y que salva, es la de un lugar fundamentalmente ambiguo: un lugar de paso convertido en un escondite, es decir, despojado de su función de pasadizo elemental entre lo de arriba y lo de abajo (y viceversa) y transformado en un lugar estático y oscuro, en una especie de cámara en la que estar a salvo de los infiernos antitéticos de la casa y la calle. Pero las casas, sobre todo las casas de la infancia, aquellas en las que se han vivido sucesos memorables en compañía de personas ya muertas como la abuela o el primo, son lugares que pueden constituir por sí mismos pasadizos inesperados. Sobre todo si se las visita pasado mucho tiempo. Sobre todo si quien las visita no espera casi nada de ellas y se entrega al irresponsable ejercicio de recorrerlas sin ninguna esperanza. “Sé que hay, detrás de alguna de estas líneas que ahora comienzan, un fondo indecible” (“Calle José Naveiras”, octubre de 2010). Y un poco más adelante: “La casa era como un diamante de muchas facetas, pero la luz nacía siempre de la sala desde la que se veían balancearse las ramas de los castaños mecidos en una brisa que parecía perpetua”, es decir, que ese laberinto de luz que era la casa de la abuela contiene ya desde su propio centro de irradiación la posibilidad de hacer circular una “brisa que parecía perpetua”; entiendo que esta supuesta peculiaridad de la brisa la capacita para llegar hasta el presente —y más allá—, lo que hará que toda la casa, y hasta sus habitantes, se llenen de una intemporalidad inquietante. Es entonces cuando el narrador dirá de la casa de su abuela: “Todo era una giratoria mudez de escombros ordenados: la ropa en los armarios, las cortinas solemnes que llegaban hasta el suelo, las jaulas que colgaban de aros de metal, las esquineras, el televisor, las sillas. Todo era un peso que se desplomaba en la hora ingrávida de aquel atardecer, un cuerpo que cruzaba los pasillos en busca de otro cuerpo que ya no los cruzaba. Todo era tan simple que no lo comprendía. Yo la veía y no la veía sentada y no sentada en el sillón que ya no era su sillón. Y no sabía si era más fuerte el vacío de la ausencia o la insistencia del recuerdo, la irradiación de cada huella o el silencio de todo.” (“Calle José Naveiras”, octubre de 2010).



Por último, los promontorios. Hasta ahora no he hablado a propósito de “lo insular”. La isla, me parece, se puede definir por su propensión al desbordamiento. La isla cree no caber en sí misma. Siente la necesidad de mirarse constantemente más allá de sus límites. Lo que encuentra allá al fondo, al final del espejo del mar, al final del espejo del cielo, es siempre el horizonte. El horizonte corta la mirada de la isla y cercena cualquier ilusión o espejismo de sobredimensión. El horizonte es el límite verdadero de la isla, es donde esta termina definitivamente, al menos para los insulares recluidos en sus medianías, en sus ciudades o en sus pequeños reductos de la costa. Otra cosa —tema quizá para otra comunicación y otro simposio — es el de los insulares aventureros, los insulares que han roto el “maleficio del horizonte”. Visto desde la orilla, el horizonte es demoledor. Avizorado desde una cierta altura, desde un promontorio o una atalaya —como hay tantas, naturales y artificiales, en las islas— el horizonte parece mucho más domeñable, se deja por lo menos acariciar y no infunde un temor tan visceral como contemplado desde la costa. Los promontorios permiten a veces mirar el horizonte a la redonda, o dos horizontes a ambos lados de una misma isla. A esas alturas se llega después de atravesar terrenos escarpados, tras horas de viaje a pie o por carretera. En “Punta de la Rasca”, un texto de septiembre de 2010 compuesto de breves fragmentos, se dice: “Va haciendo equilibrios por un estrecho promontorio de roca hasta llegar a una punta desnuda desde la que, si no fuera por el vértigo, bastaría estirar un poco la mano para tocar el mar.” Es decir, que, de alguna manera, el promontorio es aquí también un pasadizo por el que llegar hasta un borde, hasta uno de esos bordes que constituyen lo que en un poema ya casi prehistórico denominé un confín: es entonces cuando, en una especie de revolución o alucinación instantánea de la realidad, el mundo empieza a comportarse de un modo contrario a como lo conocemos. El confín se abre así al espacio de lo propiamente poético si entendemos por poesía la transvaloración de todos los valores. No somos entonces nunca lo bastante audaces para llegar hasta el final. No es nunca ahí lo suficientemente radical la escritura. Mientras sigamos retenidos por las palabras, mientras ante el borde del mundo que es el final de la vida sigamos atados al pensamiento y a las cosas, a los nombres y a las imágenes, no conseguiremos alcanzar el verdadero sentido del confín: ese no pensamiento de no palabras sobre las no cosas, el chasquido de esa ola que mece a la gaviota en el balancín de la eternidad.*

* Comunicación leída el 25 de noviembre de 2015 en el I Simposio Canario de Minificción celebrado en la Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna.