viernes, 22 de mayo de 2015

LOS SUCESOS DE LA CALLE TENERIFE


Informe anónimo sobre los sucesos ocurridos entre el 21 y el 23 de mayo de 2015 en la calle Tenerife de esta capital



Hacía ya bastantes meses que la calle Tenerife de Madrid se había convertido en el reducto de todas las infamias. Alguien que viniera a visitarnos desde cualquier otro barrio habría pensado que todo radicaba en lo que alguno de nosotros denominó más tarde el color apesadumbrado de las puertas de garaje. Pero esto no hubiera sido más que una explicación engañosa, extemporánea. Quizá el hecho de que se viviera aquí en casas tan pegadas las unas a las otras, con escasa ventilación, con ventanas que daban normalmente a los exiguos patios traseros de las casas vecinas, casi nunca a la calle, no era un asunto baladí, así como tampoco lo era el hecho, relacionado con el anterior, de que fuera en los garajes, normalmente más estrechos de lo debido, donde los habitantes de las casas pasaban las calurosas tardes de finales de mayo desmenuzando en cada palabra, en cada gesto, en cada risotada, en cada voz, las costumbres heterodoxas de sus vecinos, sus contravenciones a las normas básicas de higiene, su impericia en el uso del idioma vecinal, su falta de integración en el vecindario, su nefasta tendencia al aislamiento. No se soportaba que un vecino, sobre todo si pertenecía a la comunidad racial minoritaria, contradijera una norma establecida en las ordenanzas callejeras, opinara de un modo contrario al de comunidad racial mayoritaria o simplemente prefiriera abstenerse en las reuniones convocadas con el fin de aprobar un edicto de convivencia dirigido a la totalidad del vecindario. Si se establecía, por ejemplo, que los cartones de huevos vacíos, que se apilaban en el contenedor situado en la esquina sur con la esquina oeste, sólo podían reutilizarse para insonorizar los dormitorios, pero en ningún caso los salones de las casas, el incumplimiento de esta norma conllevaba que la fachada de todo aquel que la incumpliera (y eran siempre los miembros de la comunidad racial minoritaria quienes la incumplían) fuera bombardeada con huevos durante diez minutos seguidos. Si se establecía, póngase por caso, que los gatos no podían permanecer asomados a las ventanas más de una hora por día, sin que hubiera, en el momento de la aprobación de este tipo de ordenanzas, ninguna necesidad de argumentar por qué se permitía o prohibía algo, el incumplimiento de esta norma tenía como consecuencia que a través de las ventanas del vecino que la incumpliera (y eran siempre los miembros de la comunidad racial minoritaria quienes la incumplían) se lanzaran cubos con meadas de gato en plena madrugada. Y así sucesivamente.


Pero lo más perturbador, lo más infame, ocurrió cuando, en la tarde del 21 de mayo, a un miembro de la comunidad racial minoritaria que pasaba tranquilamente por la calle le fue arrojado un objeto desde una de las casas. Este vecino informó de que un representante, en concreto, dijo, el presidente de la junta vecinal, apostado en el balcón de un primer piso cercano a la esquina norte con la esquina este, le había lanzado a su paso un muñeco de plastilina. (Más tarde se supo que la confección de este muñeco había sido encargada a uno de los talleres situados en las calles colindantes.) El muñeco de plastilina, de un tamaño aproximado al de una pelota de golf, fue a impactar contra el pelo de la víctima, que en aquel momento se encontraba pegajoso y, como es costumbre en la comunidad racial minoritaria, sin lavar desde hacía días. Esto hizo que el muñeco se quedara enredado entre los cabellos, sin que en las horas posteriores fuera posible desenredarlo mediante el uso de loción o crema alguna. El afectado por el impacto se vio obligado entonces a acudir a una de las peluquerías del barrio para que le cortaran el pelo al cero. Al parecer, el muñeco de plastilina, con el calor de finales de mayo, se había derretido casi del todo y se había empezado a infiltrar ya en los poros capilares. Desde la junta vecinal se informó solemnemente que se rechazaba la acusación de que uno de sus componentes, y mucho menos su presidente, hubiera atacado con un muñeco de plastilina al miembro de la comunidad racial minoritaria. Se le exigieron a este pruebas que no pudo ofrecer. Se le incoó un expediente por calumnia. Se le amenazó con una sanción que podía consistir en que las paredes laterales de su vivienda sufrieran un revestimiento íntegro de plastilina corrosiva.


Así las cosas, el miembro de la comunidad racial minoritaria, que en aquellos momentos buscaba ya tan sólo que la junta vecinal le reintegrara el importe que había pagado por su corte de pelo, decidió tomarse la justicia por su mano. Encargó en uno de los talleres de las calles colindantes treinta muñecos de plastilina, dejando como garantía del pago un reloj de oro que era casi la única herencia recibida de sus antepasados. Una vez recogido el encargo, se dedicó durante toda una noche, con paciencia, a rehacer los muñecos dándoles formas siniestras, es decir, dotándolos de una mano de más, de dos narices, de cinco ojos, de un rabo o de cuatro cabezas. A uno de ellos lo dejó sin brazos ni piernas y le dio el nombre de El Gusano. Aquella noche, mirándose la reluciente calva en el espejo del cuarto de baño, tras la transformación de los muñecos, dijo: “Os voy a dejar a todos pelones”. Al día siguiente, 23 de mayo, a media mañana, abrió el garaje, se apostó a la puerta, a aquella puerta del color apesadumbrado de las puertas de garaje de nuestra calle de todas las infamias y se dispuso a cumplir su venganza. Cada vez que pasaba uno de los miembros de la junta vecinal le lanzaba un muñeco a la cabeza. Lo hacía con tanta saña y con tanta puntería que el muñeco quedaba fuertemente enredado en el pelo de la víctima. El calor hacía el resto. En pocos minutos, la plastilina se derretía y se derramaba por todo el cuero cabelludo. Las víctimas gritaban, gemían, padecían crisis de ansiedad. Veintinueve muñecos fueron lanzados aquella mañana. El único que quedó intacto fue El Gusano. En el juicio que tuvo lugar unos días más tarde ante la junta vecinal, el acusado, que fue condenado a la demolición de su casa, a la pérdida de la propiedad del solar y a la expulsión definitiva de la calle Tenerife, declaró que había reservado El Gusano para lanzárselo, no al pelo, sino a la boca al presidente de la junta vecinal, con la intención declarada de que la plastilina le bajara hasta el estómago y se le derritiera en los intestinos. Pero, por una de esas casualidades de la vida, aquella mañana el presidente de la junta vecinal no se había movido de su casa.          

martes, 5 de mayo de 2015

SOLO LA PUNTA (O LAS PROFECÍAS DEL LORO CORINO)

Cuando el perfumista, que se (semi) había curtido odorizando a contrapelo las moquetas de algún que otro vetusto inmueble del antiguo barrio de los hoteles, le preguntó al ornitólogo el nombre de aquel pájaro –un simple loro enjaulado que en la tenebrosa trastienda de la peluquería clamaba o reclamaba cada dos por tres: “Solo la punta”, “Solo la punta”, “Sooooolo la puntaaaaaa”–, la ciudad aún no tremolaba (aún no había amanecido). Lo haría poco más tarde, “con el arrebol preñado de horizonte”, como podía leerse en el último libro publicado por la exbailarina (El año que viví en el castillo de Naipes: un prometedor libro de poemas-goma cuya principal virtud consistía en que, una vez leído uno de los tales, se borraba inmediatamente el leído con anterioridad, lo que, en la florida presentación del volumen, la autora, en una prodigiosa pirouette verbal, había relacionado con la capacidad “amnésica, genésica y sinestésica” –sic– de la poesía). Lo que el loro ocultaba (el loro se llamaba, y este era y fue siempre todo el intríngulis del asunto, Corino) o, más bien, lo que el loro no había aprendido a pronunciar eran las eses implosivas que, como todo el mundo sabe, en las hablas canarias se pronuncian levemente aspiradas, por lo que lo que el (por el que lo que el) loro quería en realidad decir era: “Solo las puntas, solo las puntas”, esa razonable petición que tantas veces había escuchado desde su pavorosa trastienda a los parcos clientes que reclamaban sobriedad en el corte a la Parca, como se conocía a Engracio, el peluquero del barrio. Quizás si el perfumista de marras no se (semi) hubiera tanto curtido odorizando las cochambrosas alfombras de los antaño palacetes, quizá si usted, lector (oh ingenuo, oh cándido, oh mon semblable, oh mi hermano), estuviera menos atento a las sucesivas vocales que en este texto espejean entre gigantescas consonantes que, como acantilados titánicos o pérfidos promontorios, amenazan con desplomarse ahora mismo sobre usted (oh ingenuo, oh cándido, oh mon semblable, oh mi hermano); quizá si el ornitólogo hubiese aquel día preferido un corte de pelo mucho más estofado, al estilo de aquel acrobático periodista que pisoteaba el idioma como los antiguos lugareños pisoteaban las uvas para obtener un mosto más que dudoso; quizá, digo. Pero lo cierto es que el ajetreado cambalache que se traían aquella mañana entre manos, las prolíficas escorrentías de la gran perorata que estaban llamados a regalarle al mundo no permitían el más mínimo desvío. “Da igual el nombre del loro, lo que importa aquí son las puntas”, le dijo al perfumista el ornitólogo. Y fue así como, después de aquel amanecer amnésico, genésico y sinestésico (sic), los pintalabios de todos los adioses, las pasamanerías de todos los abrazos, los correquetepillo de todos los tejemanejes saltaron a la palestra y dijeron: pies-para-qué-os-quiero, aunque el loro Corino, obtuso, se empeñara en escuchar –y en repetir: “pies, parque, os ostio”, casi un haikú si no fuera por dos o tres sílabas de menos (dos o tres sílabas de nada). El capellán (¿quién es el capellán?), a todas estas, ni a pelo, ni a la pela ni a capella. Es decir: mutis mutandis, mutis por el forro, mutilación o génesis. Lo que, escuchado por el loro, en uno de sus tantos desvaríos, se transformó más tarde en: “Mustio de gente”, que era ni más ni menos como andaba el negocio de la Parca (ya saben a quién me refiero). Si a estas alturas, corazones, no han adivinado el hilo argumental de esta historia, puro devaneo, sería preferible que no siguieran devanándose los sesos. Dentro de unos años, cuando sus nietos youtubers les pregunten cómo era la vida en estas grises estribaciones del final del milenio, podrían ustedes ofrecerles un pálido resumen (para qué complicarse más) que rezara: “Todo giraba en torno a un loro que se comía letras y sílabas”. Sus nietos, ávidos consumidores de pornografía soft y nanoplastilina, lerdos nerds de prominentes pedipalpos, se imaginarán a un periquito de fina boquilla que deglutía trocitos de manzana y de fresa con formas de aes, enes o zetas. Este es todo el sentido de la consumación de los tiempos. Y, si no, consúltenle a la lánguida benefactora de todas las artes, la indescriptible y no por ello menos célebre neoescritora experta en microhurtos y carnestolendas, la irradiante y sinuosa exmís dotada de un inigualable poder para la escritura de novelas de intriga pop que en aquellos días, minuciosa y voraz, minimizada quizás por otros nombres estelares, caricaturizada no sin cierta gracia en una de sus crónicas por el periodista que atrapaba las moscas al vuelo, se paseaba grácil y sin par (sin pareja ni aparejo) por entre los bambúes que circundan la más impúdica y ponzoñosa de todas nuestras piscinas públicas. Allí (y esto no se lo cuenten ni siquiera a sus esposas, a sus tigres o a sus masajistas) se desató un combate desigual entre la almibarada catequista de los fulares vívidos y nuestra destacada nanoescritora. Dicen que debatieron, que se distendieron, que disfrutaron, que disimularon, que se distinguieron mutuamente con distinguidas distinciones. Dicen. Yo lo único que sé es que el alcuzcuz les hizo decir: “Fos, puf”. (Esto el loro ni siquiera lo oyó.) Sus labiodentales no eran demasiado refinadas, les faltaban grasa, aceite, pez. Sus bilabiales rechinaban, sus bivalvas sangraban, fos. En fin, un auténtico desastre. Los organizadores anunciaron por la megafonía el final de todos los debates. Vierais allí a los ponentes engullir la última croqueta justo antes de detenerse en la sílaba que iba a darle cuerda al mundo. Vierais a los conferenciantes estremecerse en medio del hálito en medio del cual la sílaba dorada en medio de la cual nace la mandorla iba a rescatar la esencia sagrada de lo que la vida ya nunca podría llegar a ser. En todo aquel trajín, o en toda aquella desastrada comitiva, no había nadie comparable al coleccionista de pócimas de amor. Era este señor una especie de hipogrifo montado en un columpio al que vitoreaban los televidentes (pues todo aquel sarao se teletransmitía) cada vez que pronunciaba la palabra “amor”. “El amor es para mí la más apasionante de las cosas” (vítores). “Considero que el amor es como navegar: unas veces se llega a buen puerto y otras se naufraga” (vítores). Y así, de vítor en vítor (y vítor porque nos toca), la cosa se desmelenaba y propendía, entre tanto amor, a la indecencia. Todos se amaban: el catequista amaba al ornitólogo y la nanoescritora amaba al perfumista; los conferenciantes amaban a las amapolas y las odaliscas amaban a los peluqueros. Todos se amaban los unos a los otros. Decir chacho era tan chachi y decir chacha no era chungo. Nunca se vio tanto chorvo junto y nunca tanta chorva fue tan chusca y fue tan chévere. No piensen que había allí palabrería o chusma alguna. Nunca la excelsitud de la palabra hablada, nunca la revelación del ser por el lenguaje cobró tanta importancia como en aquellos señeros días de la historia de nuestra ciudad. Se había encargado a un loro transmitir la lengua de los dioses. Si decía “Para mí que no”, los altavoces proclamaban, tintineantes: “Creo que nunca perfumó el todopoderoso con tanto tino los matices de la brisa”. Si el loro repetía “Donde digo digo digo Diego”, la megafonía anunciaba que “donde hay peligro florece lo que salva” (Hölderlin). Fueron tantas las palabras que pasaron de mano en mano, tantas las palabras que se inventaron y se transmitieron, tantas las mentes que quedaron iluminadas para siempre desde aquellas memorables jornadas, que quienes no las recuerdan son una panda de singuangos, de mamelucos y de memos. Oh gelatinosas mañanas del siemprevivir y de la nuncamuerte, oh sutiles engranajes del hazmerreír y del hazmemearme. “Solo la punta”, repetía el loro Corino, “solo la punta”.