martes, 23 de diciembre de 2014

AGRI(E/A)TADA PALABRA

Con permiso del autor y del editor, doy a conocer el prólogo que escribí para el libro Tratado de entrañeza, de Mario Martín Gijón, publicado el año pasado por la editorial Polibea. Completo la entrada con los cinco poemas que componen la primera sección del libro. 

Pocas veces asistimos al nacimiento de un lenguaje nuevo, quiero decir a la invención de un código surgido a raíz de una necesidad profunda. Para una buena parte de nuestras actividades cotidianas no precisamos de lenguaje alguno, pues se realizan en silencio, dentro del ritmo de la respiración o del movimiento, del sueño o de la mirada, del tacto o de la digestión. Para otra buena parte de nuestros quehaceres usamos nuestras lenguas maternas, esos códigos aprendidos que viajan con nosotros desde la infancia a la muerte y nos permiten quejarnos, manipular, recordar, pedir, pensar, seducir, convencer, contar y mil hazañas más de nuestras vidas de homínidos. Hay, sin embargo, un reducto inaccesible tanto para la ausencia de lenguaje como para los lenguajes aprendidos. Se trata de un fondo de experiencias que necesitan imperiosamente una verbalización pero rehúsan, igualmente pertinaces, el empleo de cualquier código pragmático. Es entonces cuando surge la poesía. O cierto tipo de poesía muy poco frecuente a la que le resulta imposible acogerse a los lenguajes consabidos. Se trata de una excepción, de un proceso de simbiosis entre el lenguaje y el silencio. En estos casos el lenguaje se desmorona para que entre sus pedazos puedan aparecer, de pronto, los restos de una vivencia indecible. Es un proceso contradictorio, pues, en rigor, lo que ocurre es que con los fragmentos dispersos de lo que anteriormente conformaba un código unitario el poeta ha creado un lenguaje nuevo, un lenguaje que no está destinado a comunicar nada. Lo que ha vivido no puede comunicarse, está entrañado en la propia sangre y es a la vez tan extraño a lo que sabe de sí mismo que el poeta se enfrenta con una especie de espejo roto, inservible. Se mira en los fragmentos y no se reconoce. Tampoco está ya seguro de tener un rostro. Sin embargo, esas piezas, esas teselas, esas ruinas son lo único que le queda. Con ellas no va a intentar reconstruir lo que quizá ni siquiera existió nunca, ese espejo entero en el que una vez creyó ver la unitaria imagen de sí mismo, sino que va a componer algo nuevo. Esas piezas son sílabas, fragmentos de palabras, fonemas, desinencias, raíces, resonancias, ecos, filamentos, huecos, paréntesis, vacíos, el otro lado del lenguaje tal y como lo conocemos. La poesía de Mario Martín Gijón responde a la necesidad de asomarse al otro lado de la experiencia desde ese otro lado del lenguaje. El literal entrecortamiento de las palabras, el hecho de que se desdoblen constantemente o de que generen nuevas palabras aunque parezcan ya haber concluido, responde al parpadeo indecible de una intensidad que no es otra que la intensidad amorosa. Trátese de la plenitud o de la separación, trátese del beso o de la ausencia, el instante vivido está irrigado por la corriente de la indeterminación, es inestable, carnal y fantasmal al mismo tiempo, y las palabras que genera, como un vaho que enseguida se borra en un cristal, son ellas mismas y son otras, no quieren o no pueden estabilizarse en una única forma, se transparentan y se desmienten, se responden para anularse: como un intenso diálogo de amor. Despojadas de ritos y retóricas, reducidas a un balbuceo de sílabas que se atropellan como en un afán por revelar lo imposible, estas palabras imprecan y conminan, ruegan y acarician, desvelan y ocultan, soplan y abrazan el cuerpo amado o la imposibilidad del cuerpo amado. Nada, sin embargo, es aquí lo que parece y cualquier lectura puede superponerse a otra lectura hasta la casi disolución de la necesidad de leer. Pues a lo que asistimos, precisamente, es a una nueva fundación del acto de la lectura. Estos poemas son palimpsestos de sí mismos, contienen numerosos dobles de sí mismos porque están vivos como los impalpables instantes de la vida. Ya no es posible continuar leyendo del mismo modo en que lo hemos hecho hasta ahora. La monotonía de un proceso lineal y consecutivo debe ser sustituida por el balanceo de un movimiento que se parece al de quienes, en vez de avanzar por los caminos señalados, se van por las ramas o se descuelgan por los abismos. Debe leerse de arriba abajo y de abajo arriba, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, entre líneas, entre palabras, entre letras, en los huecos, en cascada, en el aire y de través. Imagino incluso una lectura estereofónica, en la que cada partícula debiera ser leída por una parte de la mente, por una voz distinta dentro de nosotros. No en vano se trata, creo, de una poesía que, quizá sin pretenderlo, podría estar muy próxima de ciertas experiencias extremas de la música contemporánea. Tal vez sería posible hablar de nudos o de puentes sonoros, de ensamblajes o de acoplamientos, pero nada de esto daría cuenta de la radicalidad esencial de estos poemas. Poemas hueso, poemas hueso de un hombre de barro, palabras en cuyos adentros se sopla para que echen a andar tambaleándose y arrasen con todo lo que encuentren a su paso. Estas palabras abiertas por dentro, estas entrañas expuestas pero nunca desentrañadas, no dejan de balbucear a su vez nuevas palabras en una especie de discurso abarcador sin principio ni fin. En nuestros oídos —o en nuestra lengua— quedan resonando las distintas sílabas que las conforman, cada una con su pulso propio, su textura, su succión, su vida, y es justamente esa resonancia lo que constituye el verdadero sentido del poema. Una resonancia compuesta de múltiples generaciones simultáneas de sonido surgidas con la dulzura de un ruego o con la impetuosidad de una imprecación. Y al mismo tiempo, como al trasluz o como en filigrana, este cuaderno Mario Martín Gijón no deja tampoco de ser un maravilloso diario de amor, un conjunto de albadas, lamentos, oraciones, éxtasis, un ramillete de extrañas flores regaladas, desde la entraña, a un omnipresente u omniausente tú. 



e(x/n)trañas
lo v(í/i)vido
                    nado
entre dos (a)gua(s)
                              ntes
que es
          crib(e/a)n
de-más-ya-do
                       y






desfiliado
               lo(o)r
de ausenci(a/e)
                        no
en que me [quemo]
(d/r)ebato
hasta el vómito
                         logías
invento






divin(i/ae)dad ausente

perdías
            bal díos
sin mirada
                 ría igual
(de) lo que fueras





tiempo
            ema
                   durado
en el instante
                      ado
                             rado
sobre t(u/o)do lo(o)r





la voz e(n/x)trañada

le désir / el decir
                           realisable
que corta
                se(a)
hasta la e(n/x)traña
de la(s) lengua(s)

como un ósculo oscuro
grabado sobre p(ap/i)el.  

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