domingo, 18 de agosto de 2013

ENTREVISTA DE INVIERNO PUBLICADA EN VERANO

(Entrevista realizada por José Andrés Dulce y publicada el 18 de agosto de 2013 en el periódico El Día)

miércoles, 14 de agosto de 2013

LAS CINCO ALMOHADAS: TEMA CON VARIACIONES


Sobre mi cama, aquel verano, había cinco almohadas. Los días eran calurosos, sobre todo por las tardes, y la mayor parte del tiempo lo dedicaba a leer, tumbado en la cama, con la cabeza apoyada en dos o tres almohadas, libros que llevaban esperando incluso décadas. Algunos días de aquel verano los pasé completos sin usar calzoncillos, igual que lo había hecho años atrás, no recuerdo por qué motivo. Desde una de las ventanas de la habitación de la planta superior del chalé veía cómo un cernícalo descansaba posado en un cable del tendido eléctrico y ejecutaba, parsimonioso, lo que parecía ser una limpieza al sol: introducía su pico entre los costados, por debajo de las alas, y todo su cuerpo parecía estremecerse de placer, como si ese sencillo acto solitario le produjera cosquillas. Todos los días, incluso varias veces cada día, comprobaba si estabas conectado al programa de videollamadas y de mensajería instantánea, aunque no fuera más que para engañarme creyendo que el estar ambos conectados a la vez creaba entre nosotros una especie de vínculo, un sucedáneo de vínculo, un reverso de conversación que consistía en no conversar por mucho que la mutua conexión simultánea nos hubiera permitido en cualquier momento hacerlo. De las cinco almohadas que había sobre mi cama en el momento de acostarme solo dejaba una, una única almohada que poco antes de dormir acababa acompañando a las demás en el improvisado revoltijo de almohadas formado en el suelo a un lado de la cama. Fue aquel, a diferencia de otros, un verano sin nubes: las montañas ardían bajo el sol sin un solo lamento, con la fila de árboles que coronaban las cumbres como tótems amenazadores de alguna religión solar, y alguna tarde, poco antes del anochecer, desde la costa, a través del valle, subían lentas bocanadas de niebla que por la mañana, al despertarnos, seguían allí cubriendo las montañas como si su única misión fuera refrescarlas antes y después del intenso calor que durante el día las caldeaba. No usar calzoncillos durante aquellos pocos días del verano propició una mayor rapidez a la hora de desnudarme antes de solventar con éxito los dos o tres escarceos que tuvieron lugar con gente de la zona conocida a través de las aplicaciones de contactos que aquel verano instalé en mi nuevo móvil. Nunca sentí ni vi y ni siquiera escuché pasar a esos búhos o corujas que, según mis padres, vuelan rasantes algunas noches, hacia las once o las doce, por encima del chalé. Aquel verano conseguí dejar de tomar los somníferos que llevaba usando durante los últimos nueve o diez años. Algunas mañanas me levantaba con un dolor en una o en las dos piernas que no venía a aliviarse hasta por la tarde, un dolor que era como si por dentro, más por los huesos que por los músculos, algo se estirara o algo tirara de algo. En el momento en que el pene entraba en erección en los instantes previos a uno de aquellos escarceos, lo sentía bailar dentro de los pantalones, ladearse, inclinarse, descontrolarse mucho más que si, como era lo habitual, hubiera estado sujeto por unos calzoncillos. Aquel fue el verano más sedentario y apático de mi vida: no quería ir a la playa, ni caminar por los senderos de los montes, ni quedar a cenar con los amigos, ni salir por las noches. Saber que, aunque tiradas en un revoltijo junto a la cama, había disponibles allí cinco almohadas contribuyó quizá a que no me resultara demasiado complicado aquel verano dormirme sin somníferos. Las pocas veces que no te veía conectado al programa de videollamadas y de mensajería instantánea pensaba lo peor: que te habían atracado para robarte el móvil, que habías tenido un accidente con la bicicleta, que unos neonazis te habían pegado una paliza, que estabas en la unidad de cuidados intensivos de un hospital sumergido en un estado de coma irreversible. El verano se había convertido en la maravillosa estación en la que disponía de muchas horas seguidas para leer acostado en la cama, vestido únicamente con unos pantalones cortos que solo me quitaba para cumplimentar algunas de las citas también cortas con que amenizaba las tardes antes de que, por la noche, tras comprobar una vez más que estabas conectado mientras probablemente estudiabas para alguno de tus exámenes y tras esperar inútilmente el vuelo misterioso de los búhos, me disponía a apartar cuatro de las cinco almohadas que cubrían la cama y me preparaba para, sin necesidad de tomar somnífero alguno, dormir rodeado por la niebla hasta la mañana siguiente.

lunes, 12 de agosto de 2013

PALABRAS QUE EL POETA ESCUCHA CUANDO ESTÁ SENTADO POR DEBAJO DEL SUEÑO


Palabras que el poeta escucha
cuando está sentado por debajo del sueño,
enharinada su tez como recién salida de un baño de luz blanca:

no visites las ruinas,
desenfunda la espada con que cortarás la cabeza del dragón,
atiende al milagro de una tela de araña tendida en el ojo de la brisa,
afánate en la perplejidad,
lame tus heridas,
desenvuelve sin prisa los pequeños regalos imprevistos,
pulveriza los límites que una vez te impusiste,
graba a fuego unas pocas palabras en tu corazón,
construye como entonces castillos en la arena que defenderás de la marea que crece,
destruye como entonces los castillos que construiste como una señal dejada contra lo
                                                                                                                                  inexorable,
alienta la división,
comparece en la pérdida,
refunde el desamparo hasta que se convierta en la amalgama de esperanza y lamento
                                                                                                           en que ya apenas creías,
arde,
alimenta el ardor hasta en las horas más frías,
desnúdate solo para quien se desnude a su vez con la pura intención de fundirse
                                                                                                                                    contigo,               
no ayunes si no es para alimentarte de inocencia,
nada hasta la boya y rodéala al llegar para trazar el círculo de lo nadado en el interior
                                                                                                                                      de tu alma,
escóndete antes de que quien cuenta hasta diez se vuelva para buscarte, pero
         escóndete en un santiamén, sobre una rama o en un pliegue del aire,       
imagina tus vísceras expuestas, tus miembros amputados, tu sangre derramada como
                                                                           nuevos modos de ser, como reversos tuyos,
no toques a la puerta de la casa frente al parque sino con la aldaba de entonces que
                                                                                                    desapareció hace ya tiempo,
colúmpiate sin parar,
pasa con sigilo junto a las jaulas en que duermen los pájaros que están a punto de morir,
tatúate en la yema del dedo corazón un corazón de ángel, un músculo de éter destinado
                                                                                               a latir hasta el fin de los tiempos,
enciérrate en un cuarto con miles de libélulas nocturnas para que, cuando salgas, todo
                                                            tu cuerpo brille, tiemble y vuele a través de la noche,
pedalea,
revuélvete en la sombra,
arranca de cuajo la cadena que te ata a la celda que algunos llaman la no vida,
sal,
siéntate por debajo del sueño,
escucha otras palabras, no estas, siempre otras, otras palabras.

              

sábado, 3 de agosto de 2013

PALM-MAR

Unas pocas piedras agrupadas en forma de una especie de círculo. Yo venía de hipnotizar junto a la costa a unos pequeños peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea. Los pasos habían auscultado las montañas, unas montañas que eran como jorobas amontonadas en el malpaís, jorobas pardas cubiertas de cardones. No se oía nada. Ni brisa, ni pájaros, ni crujidos de lagartos entre las aulagas, ni el mar ni el resquemor de nada. Tierra blanca, arena roja, pequeñas piedras negras que siglos atrás habían ardido lanzadas por los cráteres. Caminos que se bifurcaban y desaparecían. Aviones que llegaban, majestuosos, desde el interior del océano. Junto a la casa abandonada se había construido el túmulo, una especie de círculo de piedras que recordaba a una persona muerta en aquel lugar. Los peces que habían quedado atrapados en un charco al bajar la marea se quedaban inmóviles cuando yo me acercaba, se escondían entre los guijarros y las algas como si mi sombra los hipnotizara. ¿Había vivido aquella mujer allí, en la casa abandonada, en los cuartuchos cuyas paredes rebosaban de pinturas y nombres? Malpaís de minúsculas piedras negras que nadie parecía haber tocado nunca. Extraños brotes de vida entre la grava que pisaba al pasar en dirección a la costa. La isla en el horizonte era una gran montaña que se había desprendido de algún sueño o de la propia mirada que la contemplaba. La noche envolvería los pasos hasta que no pudiera ver ya por dónde caminaba. Un nombre, unas palabras en inglés, una fecha de casi una década atrás recordaban en medio de una especie de círculo a la mujer que había muerto junto a la casa abandonada. Restos de fogatas y gaviotas posadas en el mar. Cicatrices de los pasos que hendían el camino al borde de unas montañas que apenas si lo eran. Qué paciencia indecible la de un pez atrapado en un charco hasta que la marea que sube vuelva para rescatarlo. La aridez junto al mar, como una contradicción, como un revés contra el cielo, como la única respuesta al comienzo de la noche. Hay quien se hubiera quitado la ropa y se hubiera lanzado al mar, en brazos de las tinieblas, para escapar de la vida. Es posible que decir todo esto sirva apenas para nada. La costra de tabaibas resecas que cubría las montañas entraba en los ojos como una canción escuchada desde siempre pero no comprendida nunca. Una especie de círculo, como si de dentro de él no pudiera escapar el recuerdo de quien allí había muerto, como una frase que resumiera la vida de alguien para siempre. Regresé por la costa hasta la urbanización en la que había aparcado el coche. El mar, el tierno, mimoso mar del sur, se diluía en la noche. No había hecho más que asustar a un par de peces cuya espera yo no comprendía aunque pensara que quizá debía aprender de ella. Me había detenido a leer las palabras inglesas que recordaban la muerte de una mujer a la que imaginaba joven y que no era para mí más que un nombre protegido por una especie de impenetrable círculo de piedras. La luz se contraía hasta quedar reducida a una franja rosada que se superponía a la isla dibujada o soñada en el horizonte. Cuántos secretos, malpaís. Parecía vacío tu vacío. Si pudiera aprender a atravesarte en silencio, sin llevarme conmigo nada de lo que guardas...