domingo, 24 de marzo de 2013

ZENTRIEGENHAUS


El respeto que impone verse de pronto viviendo en una casa de más de quinientos años de edad. La madera del suelo, las vigas de las paredes y del techo no solo crujen, sino que parecen atesorar no sé qué secretos o suciedades inconfesables.

Los primeros días se siente un deseo de aprender lenguas extrañas: albanés, retorrománico, rumano, guaraní… Luego se ponen los pies en la tierra y resulta mucho mas práctico aprender a preparar una ensalada fácil pero sabrosa o un muslo de pato al estilo del Valais.

La primera noche da un poco de miedo acostarse porque la mañana de ese mismo día uno se despertó en otro lugar y teme ahora despertarse en un tercer sitio que no sea este ni aquel y del que no se sepa ni siquiera cómo pudo llegarse hasta allí.

Los diez minutos que, haciéndome a medias el ingenuo y a medias el caradura, pasé en el vagon de primera clase del tren Ginebra-Visp me recordaron ese almuerzo que disfruté un día —por recomendación de un amigo que se las sabía todas— en un bufet libre de un hotel de Fuerteventura en el que el descontrol permitía llegar, hacerse con una bandeja, confundirse entre la clientela, recoger los platos que más apeteciera comer y sentarse luego en una mesa bajo unas palmeras o junto a una piscina a disfrutar de un almuerzo opíparo aunque convencional, apetitoso sobre todo por lo que tenía de furtivo. Aquellos, me temo, eran aún tiempos de vacas gordas o de morsas instaladas en las direcciones generales de turismo del Gobierno de Canarias.

Nadie en el mundo está más expuesto a un encuentro azaroso que un taxista… salvo el cliente de un taxista.

Una tumba a la que siempre llega un rayo de sol. Puesta frente al sol del atardecer que se esconde tras las montañas nevadas. Con una pequeña cruz de madera en la que solo figuran dos fechas y unas iniciales: 1875-1926, R. M. R. Un lugar en el que quien reposa parece seguir respirando en un aire que no es de este mundo. Respirando por las flores que la tierra transpira. Una tumba que casi nadie visita y junto a la que no se puede descansar mucho tiempo. Ya sé que no soy más que uno (o un par) de esos párpados que sueñan la rosa que no desea ser soñada por nadie y que por ello es pura contradicción. Si cierro los párpados ante la tumba estoy muriendo aquí antes de mi propia muerte aunque siga viviendo allá de donde vine. Un río corre siempre bajo los párpados que sueñan su propio sueño aquí arriba. O un mar encrespado como el de Duino. O un tajo silencioso como el de Ronda. Los ángeles se posan como ciervos que, sedientos, aletean sin saber que el agua que los sacie no ha brotado todavía.

No sé si con su cría o con su madre, tampoco si jugaba o si escapaba, pero aquel cervatillo que apareció desde la parte baja del bosque y atravesó los árboles brincando entre la nieve hizo que me detuviera y sintiera —o deseara sentir— que en aquel momento no había intervalo ni distancia entre la naturaleza y yo.

Una escritura pedregosa la de Maurice Chappaz en La haute route —pedregosa en el mejor sentido del término—, una escritura no previsible y laberíntica que siempre conduce adonde no se esperaba. Pero cuesta traducirla y a veces, en determinadas expresiones, no hay forma de descubrir a qué nos remite. Está íntimamente apegada a un paisaje que desconozco. Entonces solo me queda inventar o fantasear. O ponerme en camino para intentar vislumbrar algo del mundo que recrean las palabras. En este caso, el traductor tendría que calzarse los esquís y recorrer por sí mismo la alta ruta que quiere traducir.

Cuando ya había anochecido llegué hasta el río para escucharlo unos instantes. Me pareció que uno de los funiculares que suben la montaña llegaba en ese momento a la base. ¿Funcionan también por la noche? La gente se saluda en Raroña cuando se cruza por la calle. Dicen “Salü”, su saludo informal, o algo que se parece a “Guten Abend” pero que quizá sea otra cosa. Saludan como hacia dentro, aunque algunos sonríen. Al parecer, pronto se celebrará el carnaval. Prefiero no imaginármelo. Trajes de brujas o espantapájaros con latas de cerveza de medio litro en la mano. Los suizos ensucian más de lo que se cree, pero lo hacen en lugares escondidos, como con la peor de las conciencias.

Ha muerto el hermano de un tío político mío, según me ha contado mi padre. Se encontró mal anoche, acudió a la casa de un hijo suyo, médico, que estaba reunido con otros amigos médicos, pero no hubo nada que hacer. Para unos el final es cosa de un instante y para otros dura una eternidad. La sucursal de uno de los bancos radicados en Raroña me recuerda, por su fachada fría, a la vez esterilizada y acogedora, a una de esas clínicas a las que los millonarios deshauciados acuden para que les sea practicado el suicidio asistido.

Una casa en Visp, erigida como una enseñanza, como un teorema del equilibrio. Un grácil entramado de vigas, de estacas, de tablones y leños que parece sonreír. Más de quinientos años desde que el arquitecto tirolés —cuyo nombre olvidé apuntar— la levantó. Una casa teológica, se diría, una casa sacramental. Con las maderas —y uno casi las huele— de los bosques cercanos se ha levantado un templo cuyo dios es la geometría o la armonía. Las flores que la adornan no están ahí sino para que la recordemos mejor al marcharnos.

Es el escritor con mayor capacidad para perderse que conozco.

De un correo enviado a un amigo el 14 de enero: «Todas esas moles nevadas, con esas llagas blancas que parecen supurar una pus de otro mundo.» Y en su respuesta: «Esa pus de otro mundo tal vez se supure en el nuestro, o en nuestros ojos y, tal vez, no sea más que agua, más que aire lo que brilla y se oculta con tanta fuerza sobre las montañas.»

Pasan las avionetas entre las montañas. Imagino que van a aterrizar en el aeródromo. Habrán zigzagueado a gusto entre los desfiladeros. Su misión es decirnos lo arriba que se puede llegar.

Sueños escatológicos en estas noches profundas. Duermo como un tronco —y literalmente entre troncos—, pero me despierto como si hubiera estado manoseando excrementos de cuerpecitos inocentes. Una analidad turbia dialoga con miradas vírgenes en habitaciones atestadas de muñecos de peluche. O un profesor universitario alemán me enseña su culo sucio para que haga con él lo que nadie estaría dispuesto a hacer. No crean que no me preocupan todas estas imágenes que nada bueno dicen de mí. Soy consciente de que, a veces, cuando me preparo para acostarme, puede inciarse un ritual coprofágico en el que la caca y la leche de cualquiera se ofrecerán en el altar para que otros o yo las consagremos.

La letra de Rilke cambia según escriba alemán o francés. Sus vergeles o sus cuartetos valesanos son más gráciles, más ligeros, más luminosos que sus elegías duinesas o sus sonetos órficos. Y esto es así ya desde las figuras que la mano conforma sobre el papel.

Lejos lleva su plata el río, la plata que rezuma desde las cumbres nevadas y que baña silenciosa la última luz de la tarde. Dejo atrás la estación, cruzo el puente y, sin detenerme, miro a ambos lados para que origen y desmbocadura no se separen ni un instante de la corriente que fluye. El río frío, de aguas verdosas, que cruza como un animal agazapado entre las moles amenazadoras. He acariciado tu lomo, río. Ahora, si quieres, llévate lejos tu plata.

La traducción: qué extraordinaria oportunidad para perderse en el interior de un texto ―proceloso, radiante, perturbador o tierno― como quien se introduce en el interior de un cuerpo para explorarlo o disfrutarlo. El texto se abre o se resiste a abrirse, depende. El íntimo intercambio, el boca a boca o palabra a palabra que allí tiene lugar es uno de los procesos más secretos del mundo. El traductor y el texto, como el pintor y su musa, pasan horas, días, meses juntos en la misma habitación hasta que uno de los dos vence o desiste, rasga lo que ha hecho o se entrega ya sin cortapisas a la voluntad del otro.

No hay nada contra la tristeza salvo más tristeza, salvo tristeza de otro tipo, salvo tristeza procedente de otro dolor.

Hay un momento extraño, cerca del final de una traducción, cuando casi todo está corregido pero falta aún una última supervisión, el visto bueno final, en el que el traductor se da cuenta de que, en medio de la ilimitada inestabilidad que lo rodea, lo único estable, lo único seguro y lo único cierto es el texto original que está a punto de desaparecer para siempre para él.

Ningún libro de verdad es un libro más. Escribir para prolongar una trayectoria, un nombre, la imagen que uno se ha hecho de sí mismo, es una imbecilidad y, lo que es peor, una patética triquiñuela. Cualquier libro que se escriba habrá de ser el libro al que el escritor se entrega, el último libro de su vida, el libro en el que muere sin saber si habrá otros.

miércoles, 20 de marzo de 2013

UN POEMA DE CLAUDE AUBERT

En una nota al pie de la magnífica edición que en 2011 realizó Pierre-François Mettan de Journal intime d’un pays, una minuciosa recopilación de los artículos que Maurice Chappaz publicó en periódicos y revistas entre 1940 y 2009, el año de su muerte, se habla de la amistad que unió durante casi treinta años a Chappaz con Claude Aubert. En los años en que Chappaz vivió en un pequeño pueblo del Alto Valais, Geesch, es decir, entre 1943 y 1947, después de su participación como soldado en los trabajos de defensa de la frontera suiza ante el peligro de la invasión alemana, con frecuencia venía a visitarlo Claude Aubert. En una ocasión se fueron caminando desde Geesch hasta Lugano, es decir, atravesaron casi media Suiza. Claude Aubert, nacido en Ginebra en 1915 y fallecido en 1972, era tan solo un año mayor que Chappaz. Viajero empedernido --como el propio Chappaz y como su paisano Nicolas Bouvier--, Aubert pasará largas temporadas en España y traducirá al francés a poetas españoles e hispanoamericanos. También realizará numerosos viajes a Alemania, en donde le interesarán especialmente las grandes ciudades portuarias. Sus libros, desde Paysages (1941) o Découvrir (1944) hasta L’unique Belladonne (1968) y Soleil et Venin (1969), componen una obra poco conocida incluso en la propia Suiza, una trayectoria de la que forma también parte el legado de textos manuscritos que, depositados actualmente en la Universidad de Ginebra, permanecen inéditos. En palabras de Jacques Chessex, «en la obra de Claude Aubert, como en un palimpsesto, se puede leer constantemente otro texto, más abrupto, más afilado, doloroso hasta el pánico: como si el poema ahí legible, y deseado, publicado por Claude, fuera el resto de un canto casi borrado, salvaje, rebelde, un canto del que él reescribe hoy una versión clara, a menudo luminosa, atravesada, es cierto, por zarpazos, por fallas abiertas, pero de una franciscana sencillez armoniosa». El poema que he traducido, «Diálogo», pertenece al libro Le Passager, de 1948.



DIÁLOGO

Sorprender los objetos en su loca materia
cuando el cielo es más fluido que el trigo de los mares.

Sorprender los objetos, las raíces de las piedras
Hacer que bailen todos en los huevos de luz
cuando duerme la noche como un ave solar.

Sorprender los objetos en los muros soñados
escuchar las antiguas palabras de las sillas
que cavan en la mente extraños orificios.

Revolver los objetos en aladas ventanas
cuando el dedo del día se aproxima a un desierto
donde oro, espigas, hierro gobiernan nuestros párpados.

Tocar esos objetos en días de miseria
acoger a los cuervos en las mesas de fiesta
cuando ciegos los árboles reinan sobre el invierno.

Examinar las nubes, la abeja del cristal
mechones de cabello ocultos en armarios
cuando sombra y ceniza nos lanzan a los ojos
mil astrágalos negros.




DIALOGUE

Surprendre les objets dans leur folle matière
quand le ciel est plus fluide que les épis des mers.

Surprendre les objets, les racines des pierres
Faire danser les objets sur l’œuf de sa lumière
quand le soir est plus calme que les oiseaux solaires.

Surprendre les objets sur les murs de ses rêves
écouter les paroles très anciennes des chaises
qui creusent dans nos songes d’étranges fondrières.

Mêler tous les objets sur l’aile de ses fenêtres
quand les doigts du matin s’approchent d’un désert
où l’or, les blés, le fer sont rois de nos paupières.

Toucher tous les objets dans les jours de misère
accueillir les corbeaux sur nos tables de fête
quand les arbres sont princes aveugles de l’hiver.

Contempler les nuages, les abeilles des vitres
les cheveux solitaires cachés dans les armoires
quand l’ombre et la poussière jettent dans nos regards
mille jonquilles noires.

martes, 19 de marzo de 2013

CASI UNA DESPEDIDA

                                                                                       Para José Andrés Dulce

Qué raro es todo. Me quedé mirando una terraza y supe que había pasado al otro lado. Al otro lado de qué, me decía. La terraza me recordaba algo, algo antiguo, algo no del todo cancelado, algo vivo quizá en el otro lado de algún otro lado. Luego descubrí un mapa tirado entre unos arbustos. Un croquis hecho a mano. En él se señalaban siete partes de lo que parecía un edificio, cada una de las cuales ostentaba una letra mayúscula destacada con un color diferente. En la esquina superior izquierda una leyenda contenía las instrucciones que debían seguirse en la construcción o rehabilitación de cada parte y, además, otras informaciones de interés, por ejemplo: A) La rampa debe ser de madera y no podrá permanecer cerrada más de tres meses o E) Junto al garaje, que dispondrá de un techo desplegable, se situará la caja del restaurante. El croquis era un laberinto de letras, colores, líneas, palabras y espacios que no logré descifrar. Quiero decir que no fui capaz de descubrir cuál era el lugar que representaba, aparte de tratarse de un conglomerado de rampas, tribuna, restaurante, garaje, caja, piscina y biblioteca. Si no hubiera sido por este último elemento perturbador, hubiera pensado que se trataba de un complejo de ocio, una especie de macrodiscoteca o sala de espectáculos multiusos. Me desorientaban el mapa, la terraza, el camino —Judenweg— en el que había desembocado después de saltar un par de cercas metálicas de lo que parecía una granja abandonada. Detenerme unos cuantos segundos más significaba tal vez lograr permanecer en ese otro lado o perderlo para siempre. La terraza pentagonal me invitaba a que siguiera mirándola, a que intentara desentrañarla. Había un vacío, una desolación en su limpieza impecable, en su trazado perfecto, en la serenidad que desprendía. Yo he estado jugando ahí en alguna otra vida, pensé tontamente. Quizá el otro lado en el que me encontraba era el de la locura. Pero no era la primera vez aquella tarde que un lugar me retrotraía a otro, fantasmagórico, de mi memoria. Descubrí un club de tenis. Solitario, de tres pistas, con pelotas desperdigadas en las jardineras que rodeaban las canchas. Las puertas de una oficina, unos paneles informativos de campeonatos y clases, un bar con una pequeña terraza. Todo se correspondía de un modo demasiado simétrico con ese otro club que nunca ha dejado de rondar mis recuerdos. Qué raro es todo. Ahora mismo, mientras escribo, acaricio la concha de un caracol que recogí junto a una capilla. En vez de contener un molusco, contenía tierra. No se sabía si era un caracol que había terminado sus días en el jardín que rodeaba la capilla o si se trataba de un concha puesta a propósito allí con devoción mucho tiempo después de que muriera el molusco. Era una tarde en la que no había manera de saber nada. Cañerías que no transportaban agua. Un tronco cortado en medio de una esbelta hilera de abedules. Planchas de metal abandonadas en medio de un cruce de caminos. Arroyos tan delgados que no se sabía cómo podían seguir existiendo. Montículos cubiertos de una hierba pajiza de la que de pronto se alzaban unas plantas finísimas, casi transparentes, que el viento desequilibraba. Un perro desapareció con su dueño detrás de uno de esos montículos. Se los tragaron la hierba, el arroyo, los árboles o los caminos, no sé. Parecían tan felices. Y después no hubo tampoco manera de desentrañar nada, pues caminar era el más frágil de los ejercicios. El corazón no daba ninguna seguridad de volver a bombear la sangre que ya había transitado por él. Podía detenerse en cualquier momento y dejar como únicos testigos unos ojos abiertos en medio del campo que miraban sin verla la media luna de algodón apenas insinuada en el cielo. Qué más daba, en el fondo, si el mapa de la verdad nunca podría descifrarse, si estas y las otras vivencias, y todas las del tiempo todo, las mías y las de cualquiera no eran más que rasguños en la piel de lo inconmensurable, la caricia que un gorgojo le hace a un gigante dormido. La iglesia con su torre puntiaguda empezaba a entrar lentamente en un sueño. Decía el epitafio de aquella tumba célebre que había un sueño de nadie y que eran muchos los párpados que se cerraban para dormirlo o soñarlo. Y que la contradicción es la flor que somos.  ¿La concha de un caracol sigue indicando tras su muerte el camino que trazó, la espiral permanente en que se arrastró mientras vivía? Vi lo que eran quizá las primeras flores, diminutas, tan blancas como si acabaran de nacer, como si no pudieran decirse. Todo lo demás era la hierba cansada y la amarga andadura y la vencida tozudez y la impaciencia. El otro lado no era ningún asunto metafísico. Yo estaba simplemente donde me había imaginado otras veces estar cuando no estaba aquí. Una coincidencia, un espejismo, una contradicción. Algo parecido a una lejanía mental, como un aire entretejido de vibraciones extrañas, me había transportado de donde yo creía pertenecer adonde no sabía si estaba a punto de extinguirme. Eso era, sencillamente, el otro lado. La tarde, de repente, parecía expulsarme. Tenía que encontrar un modo de volver. Quedarme quieto frente a aquella terraza para siempre conllevaba el riesgo de que empezara a llenarme de tierra, de que con el aire que respiraba entrara más polvo que oxígeno, de que las venas se fueran convirtiendo en cañerías que llevaban una sangre cada vez más espesa, de que también yo me convirtiera en un objeto inservible abandonado en medio del campo, en un mapa sin significado.

miércoles, 6 de marzo de 2013

GEESCH

                                                                              Para José-Flore Tappy

También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. No encontré en Geesch la casa de la que me habían hablado. Solo había unos antiguos graneros destartalados que, según dejaban ver los buzones que aún seguían ostentando los nombres de los inquilinos junto a las puertas, se habían usado alguna vez como viviendas. Los únicos rastros de vida comunitaria o vecinal en Geesch son un panel y una cruz. En el panel se exponen anuncios de conciertos de música de cámara en las iglesias del cantón, convocatorias de conferencias, ordenanzas municipales referentes a la tenencia de animales domésticos, cursos de musicoterapia y los horarios de los autobuses cantonales. En cuanto a la cruz, se encarga de velar por la incorruptibilidad de los vivos y por la devota memoria de los muertos. En el momento exacto en el que ya no se distingue a un metro del propio torso el contorno de los dedos de la mano, es decir, cuando ya es más de noche que de día, se encienden las luces del alumbrado público, que no son ni blancas ni amarillas, sino de un color entre anaranjado y rojizo que se acentúa a medida que uno se aleja de las poblaciones. Tomar por una de las calles que no conducen sino a un par de casas solitarias más allá de lo que en Geesch se considera el núcleo y desviarse de pronto por la llanura en dirección al río no es sino un modo de cambiar la perspectiva, de retroceder para darse la vuelta cada cierto tiempo y de ver el racimo de las viviendas como flotando por encima del mundo, allá en su nimbo anaranjado o rojizo, silencioso y voraz. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. La noche descendía como una manada de lobos que empieza a dispersarse entre las casas asustadas. Uno de ellos, pensé, se enredará con mis piernas en busca no sé si de calor o de palabra. Dejé que anduviera por allí ese lobo concreto que no me pareció muy peligroso. Pasó un par de veces bajo mis piernas, gruñó casi como un bebé y luego se quedó esperando no sé si a que lo acariciara o a que lo espantara. Lo que debían de ser pastos no eran entonces más que encharcados barrizales de espigas aplastadas sobre los que los días anteriores se había derretido la nieve. Algo nacerá de todo esto, pensé, de estos pastos que deben de ser comunales dado que no se impide el acceso mediante ningún cercado o protección. Me atrajo un grupo de árboles a los que luego ignoré porque me parecieron estar confabulando demasiado apegados los unos a los otros. Quien escapa de una población opresiva como Geesch necesita total libertad no solo en la determinación de su destino sino también en todos y cada uno de los elementos con que se va conformando su vida de supuesto paria irrisorio. Dejé los árboles a un lado y continué por la llanura. Llegué a una parte en la que el sol no incidía nunca a lo largo del día y que por eso seguía cubierta por la nieve. Unos pasos se hundían más que otros. El cuerpo parecía el de un torpe plantígrado que, sin compostura alguna, sin la mís mínima coordinación de sus miembros, se lanza a atravesar una llanura nevada. A nadie se le ocurre sino al extraviado de turno. La nieve crujía con cada golpetazo de los pies. El hundimiento era a veces tan fuerte que me desestabilizaba. Veía Geesch a lo lejos como un lugar repelente en el que una serie de extranjeros debían de haberse refugiado hacía más de cuarenta años y de cuyas vidas solo restaban las placas con sus nombres en algunos buzones oxidados. Apellidos portugueses, quién sabe si de refugiados políticos o de emigrantes económicos, por emplear dos términos acaso en el fondo sinónimos. La casa que buscaba debía de estar en la parte más alta del pueblo. Allí iría otro día. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. De pronto me encontré con una pequeña hondonada: ¡un arroyo! Pensé que iba a ser el final del camino porque me obligaría a dar la vuelta, pero, como en estos divinos cantones está todo previsto, un tablón de madera sólidamente encajado entre una orilla y otra estaba puesto allí para salvar el obstáculo —y acaso una ordenanza señalaba sobre el tablón comunal las penas para todo aquel que se atreviera a retirarlo. Geesch no se divisaba ya sino como una muy remota posibilidad de encontrar almas no sé si gemelas la mayoría de ellas entregadas a la musicoterapia, la tenencia de animales, el estudio de la música de cámara o la preparación de una conferencia sobre el mejor aprovechamiento del ganado caprino en los establos de la región. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para mis pasos. Poco después de atravesar los últimos metros de la llanura me encontré con un obstáculo peor que el arroyo finalmente salvado hasta con un poco de gracia —el tablón resultó no ser tan sólido ni seguro y dio ocasión para alguna pirueta. Se trataba de un bosquecillo, si puede llamárselo así, de árboles enmarañados, con ramas partidas caídas de un modo caprichoso sobre otras ramas aún unidas a los troncos. Tenía que internarme en ese selvático madreporario de malezas y troncos de dudosa confianza para intentar alcanzar el camino que, sobre eso no albergaba dudas, transcurría paralelo al río. Me armé de valor, aparté una rama aquí, bordeé un tronco allá, escalé taludes cubiertos de nieve con ayuda de arbolillos esqueléticos a los que me agarraba y al final, sin mucha dificultad, alcancé el sendero comunal. Aclaro que aquí todo es comunal desde el momento en que no resulta inequívocamente señalado como privado. Los extranjeros, a los que nada privado nos está permitido, tenemos que limitarnos a ocupar los espacios comunales para, desde ellos o a través de ellos, acceder a otros espacios comunales; y, así, sucesivamente. Mi finalidad, extranjero como era yo también, no era sino buscar una orientación para mis pasos. La encontré en cuanto accedí al sendero comunal. Y esto ocurrió del modo que diré a continuación: acompañado por el río, que, aunque cambia en todo momento de color, permanece siempre estable en el mismo cauce y dirige sus aguas siempre en la misma dirección, supe que me encontraba en lo que llaman «el sendero que va por la orilla del río» y supe, por tanto, que al final de ese sendero se encontraba la población donde había podido instalar mi residencia provisional en aquellos tiempos. Hay en ese camino un lugar especial que descubrí no hace mucho —no sé si sobre las huellas de otros descubridores—: un mirador escondido desde el que uno puede ponerse a contemplar el paso del Ródano apartado de todo y de todos, en una abigarrada simbiosis de las innumerables realidades que somos y la simplicidad alentadora del curso de agua que se limita a correr sin más preguntas hacia donde quiera que esté su destino. También yo fui un extranjero que buscaba al atardecer una orientación para sus pasos. Me senté en las tablas preparadas al efecto y dejé que los pensamientos nunca suficientemente serenos o coherentes armonizaran por un instante con la fluidez inmutable del río. No sé si lo que entonces busqué, dada mi condición de extranjero a estas alturas ya perfectamente conocida por el lector, fue lo que alguna religión llama «la hermosura del retorno» o simplemente un lugar donde seguir siendo en secreto el extranjero que era entonces, tan en secreto que nadie pudiera decir que lo era.